ARTÍCULO

Del pesimismo español

Foca, Madrid
240 pp. 14 €
Ediciones B, Barcelona
416 pp. 19 €
Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona
1.040 pp. 29,50 €
 

La crisis económica –convertida ya en la crisis sin más, a secas– ha vuelto a poner de moda el concepto de pesimismo. Fueron tantos (relativamente, claro) los años de expansión, tan dilatado el período de bonanza que, como manifiesta Enric Juliana, toda una generación –la de los jóvenes que se incorporaron a la vida activa a mediados de los noventa– creció y se formó, profesionalmente hablando, en términos de desarrollo y prosperidad, sin sombra o límite alguno, en el convencimiento de que estaba fraguándose un nuevo «milagro español». Esta «locomotora del sur» iba a conducirnos no sólo a una convergencia real con los países más avanzados de nuestro entorno, sino a superar fácilmente a Italia y –¿recuerdan?– a igualar a Francia en los principales indicadores macroeconómicos. Hasta tal punto había calado el discurso oficial y se había interiorizado la buena nueva, que el discrepante o disidente –hasta en los mejores eventos tiene que haber algún aguafiestas– era tildado despectivamente de «catastrofista». Por seguir con el aludido Juliana, «España se resistía al pesimismo» o, mejor dicho, se negaba en redondo a admitir la más leve mácula en su nuevo estatus de país rico, abierto, moderno, democrático y hedonista. «Presos de un optimismo inédito, los españoles se sentían casi en el centro del mundo: cada vez viajaban con más frecuencia al exterior, sus hijos aprendían idiomas y muchos de ellos marchaban a estudiar y trabajar al extranjero» (La deriva de España, pp. 22-26). Significativamente, en este aspecto poco pueden echarse en cara los dos grandes partidos que se alternan en la gobernación del país, pues el optimismo iluso y adanista de Zapatero sería la versión progre (España liderando la «alianza de civilizaciones») de la ambición y prepotencia aznarianas que tan bien simbolizaba aquella foto del dirigente popular con los pies en la mesa, rodeado de los grandes del mundo: ¡como uno más!
Abran los periódicos ahora, ojeen artículos de opinión, asómense a las encuestas, escuchen y vean radios y televisiones diversas, oigan a los «expertos» y al «hombre de la calle». ¡Qué contraste en pocos meses! Ahora todo aparece fosco y la frase «crece el pesimismo» se aplica a troche y moche como peaje inevitable en toda radiografía social. Más allá de la espuma de este panorama –es decir, de los aspectos obvios y previsibles, como los relacionados con la evolución del desempleo–, y más allá también del vuelo alicorto de un debate que trasluce con frecuencia altas dosis de oportunismo, amén de esa facilidad para el desplazamiento pendular tan característico de estos lares, me interesa destacar que el nuevo estado de ánimo descubre perspectivas inquietantes de nuestro presente, encuentra negruras ominosas en nuestro pasado y, como no podía ser menos, vislumbra un futuro más tenebroso de lo que nos aseguraban hace dos días, como quien dice. Así, al hilo de recientes disfunciones de carácter comercial y administrativo, han saltado las alarmas no ya sobre la operatividad concreta de la descentralización española sino, pudiera decirse, sobre los pilares mismos del régimen autonómico español y su evolución; en otras palabras, es ahora cuando se reputa menos procedente y justificable una tendencia centrífuga que, no lo olvidemos, viene de lejos. Es ahora, sin embargo, cuando saltan las alarmas y las denuncias contra unas reivindicaciones que se califican de insaciables, alimentadas (sigo la línea argumental) en el mejor de los casos por un particularismo romo y en determinados territorios por la dudosa lealtad constitucional de quien gobierna.
Con la autoridad que le otorga su pasado de socialista que ha desempeñado altos cometidos en la Administración, el profesor Francisco Sosa Wagner se ha señalado en esta labor de denuncia, primero con un libro que, por venir de donde venía, sacudió la inhibición de los sectores progresistas sobre este temaFrancisco Sosa Wagner e Igor Sosa Mayor, El Estado fragmentado. Modelo austro-húngaro y brote de naciones en España, Madrid, Trotta, 2006., y luego con artículos en distintos medios de comunicación sobre aspectos concretos de nuestro sistema que, en resumidas cuentas, terminan por ilustrar su tesis central, auténtico caballo de batalla político: la inviabilidad estructural de nuestro actual régimen autonómico. Así, por citar un caso muy representativo, una anécdota nimia sobre deslices cinegéticos de un ministro, le servía para una reflexión general sobre un país que necesita diecisiete licencias distintas de caza, y otras tantas de pesca y otras actividades recreativas. Una dispersión legal y administrativa que se extiende a aspectos tan variopintos como los calendarios de vacunas, planes educativos, política hidráulica, compra de vehículos o ayudas a la vivienda, de manera que el triste resultado no es otro que «el navío averiado de una Administración ineficaz y cara», un «Estado cada vez más inerme, [...] fragmentado y esqueletizado», abocado poco menos que a «sucumbir en el desbarajuste»Francisco Sosa Wagner, «Meditación sobre la caza y el Estado», El Mundo, 12 de marzo de 2009.. ¿Es esto catastrofismo? Pues vean entonces el tono de otro comentarista, alejado como el anterior de la «derecha cavernícola». Para el catalán Arcadi Espada, «el desvarío moral nacionalista ha acabado con los restos del orgullo común de los españoles: por el sistema práctico y drástico de acabar, no ya con el orgullo, sino con los españoles, hoy sustituidos por catalanes, vascos, gallegos, andaluces, aragoneses, y mil etcéteras deficitarios hasta la insolvencia». Si miramos a las estadísticas e indicadores más incontrovertibles, sigue diciendo Espada, la conclusión es obvia: se acabaron la prosperidad y la eficacia, mera capa de barniz que disimulaba «la caspa» y «la chapuza» de siempre. Fin del sueño. «El final de una historia feliz que empezó a la muerte de Franco»Arcadi Espada, «Respira hondo», El Mundo, 25 de abril de 2009..
Traigo a colación esos testimonios porque están, con las variantes y matizaciones que luego expondré, en la misma onda que los libros de Artal y Juliana, dibujando un estado de opinión que, como dije antes, se aleja claramente del optimismo que se había extendido desde hace años y hasta hace bien poco en el discurso oficial y –¿por qué no reconocerlo?– en el seno mismo de la sociedad española. En el primero de los volúmenes citados –desde el propio título: España, ombligo del mundo– se hace patente un distanciamiento irónico acerca de nuestro papel en el concierto internacional; si hablamos en términos cartográficos podríamos decir, para aprovechar la filosofía del segundo de los libros, deriva de España, un país al que se califica –también desde la misma portada– de vigoroso a la par que desorientado. Es verdad que Juliana aclara que «deriva de España» no es lo mismo que «España a la deriva» y que la desorientación misma queda compensada con el vigor de un país con múltiples recursos y muchas posibilidades. En este sentido no sería justo ni exacto hablar de pesimismo sin más o sin introducir pinceladas de signo contrario. Más bien cabría hablar de incertidumbre y perplejidades a la hora de definir la actitud del autor. El ensayo principia con un capítulo dedicado explícitamente al fin del sueño –«Carolingia ya no vive aquí»– y continúa planteando sombríos interrogantes sobre la futura inserción de España en Europa. Con la geografía siempre presente en sus reflexiones, Juliana, que juzga una «bobada» eso de la «España balcánica», examina en sus diversas variantes la articulación de partidos, sectores productivos y territorios peninsulares, y no deja de insistir –auténtico leitmotiv de su obra– que estamos ante un momento de decisiones cruciales. De cuál sea el rumbo que finalmente se adopte para salir de esta crisis –que no es sólo económica– dependerá en su opinión el futuro de España en varias décadas.
Más ligero y anecdótico, el repaso que ofrece la periodista Rosa María Artal coincide, sin embargo, en lo esencial con el fondo y el tono del anterior, hasta el punto de que cabría hablar nuevamente de actitud expectante ante un futuro que no quiere describirse en tonos lóbregos, pero que tampoco parece que pueda ser como para echar las campanas al vuelo. El panorama general del país incluye como elementos esenciales la picaresca –todo lo que rodea al «ladrillazo»–, la ineficiencia, la chapuza, el fraude y otros vicios seculares convertidos en auténticos tópicos, aunque no por ello menos reales (véase en especial el capítulo VI, «En el fondo del corazón»); pero también un intento de situarnos en la historia, de valorar nuestro presente teniendo en cuenta de dónde venimos («Han pasado sólo treinta años desde que España empezó a ser un país democrático») y de mirar, por tanto, al futuro con una moderada esperanza en nuestras propias fuerzas. Con esta dualidad se cierra el libro: frente a estos «momentos de incertidumbre sin salidas claras», la convicción de que «el futuro está en nosotros mismos» (pp. 231 y 232). En cualquier caso, el abanico de posiciones desde la expectación cautelosa hasta el dictamen francamente negativo no deja de constituir un mero reflejo de la situación y, en este sentido, cabría hablar en mayor o menor grado de un pesimismo coyuntural, directamente derivado de la percepción del momento. Pero lo que, en mi opinión, es más característico del caso español no es tanto eso –que al fin y al cabo sucede en todas partes casi de la misma manera– como la propensión a sacar los fantasmas del armario y hasta recrearnos en que los males de hoy o del inmediato futuro no son en el fondo más que los males de siempre, los vicios, defectos y errores que no hemos querido o podido superar, y que se nos presentan cíclicamente como una maldición. Como hice antes, he aquí dos o tres apuntes a modo de brochazos para bosquejar la situación antes de acometer el examen de dos libros que abordan directamente el asunto.
Con el título de «¿Otro 98?» denunciaba esa tendencia el escritor Andrés Ibáñez. Permítaseme la cita, un poco larga, porque condensa perfectamente ese estado de negativismo llamémosle estructural: «Nuestras peores sospechas: que toda esa España rica, moderna y europea que llevábamos disfrutando durante los últimos años no era más que un sueño, y que en realidad España es, como siempre lo ha sido, un sitio donde nada funciona y donde nos engañan como a chinos (perdón por la expresión). Y la actitud que nos es más querida: el fracaso. La poesía del perdedor, el desengaño y el desastre. Porque en España nos encanta fracasar y nos fascinan el fracaso y los fracasados. El éxito siempre ha sido una noción odiosa y extranjera para nosotros. El fatalismo, el pesimismo programático, siempre ha sido en España sinónimo de inteligencia y sabiduría profundas»Andrés Ibáñez, «¿Otro 98?». ABC De las Artes y las Letras, núm. 899 (25 de abril de 2009).. Por las mismas fechas, esta evocación del 98 podía completarse con una Tercera de ABC del profesor Manuel Ramírez, que llevaba un título que me dispensa de glosa alguna: «Otra vez dolor de España»Manuel Ramírez, «Otra vez dolor de España», ABC, 20 de mayo de 2009.. Y, a modo de pincelada suelta para completar el cuadro, el músico Tomás Marco, evocando el centenario de Albéniz, se descolgaba en una revista cultural con esta perla (por otro lado, tan usual entre nosotros): «Albéniz es un gran compositor de ópera que, si no tuviera la desgracia de ser español, sería universalmente conocido»Tomás Marco, «Mucho más que Iberia», El Cultural de El Mundo, 15 de mayo de 2009..
Así las cosas, ya está el toro puesto en suerte para recibir la andanada apocalíptica que nos corresponde cada cierto (poco) tiempo. Como en los casos anteriores, desde la propia portada –en esta ocasión, desde luego, los títulos no engañan–, Fernando de Orbaneja parece clamar: España, historia de un fracaso. Y lo que sigue no es un fracaso, no, es una catástrofe permanente, la que dibuja nuestra trayectoria histórica desde los iberos hasta hoy mismo. El tono es tan exaltado, los reproches –sobre todo a la Iglesia– tan viscerales, los cuadros históricos tan poco matizados y el conjunto, en fin, está trazado con tan negras tintas y brocha tan gorda, que Orbaneja despierta el efecto opuesto. No puede tomarse, en efecto, en serio un relato que comienza calificando, aunque sea entre interrogantes, de «primer caso de genocidio» la desaparición del hombre de Neardental, que aplica el «¡Que inventen ellos!» a nuestra historia antigua como si fuera una constante o una maldición desde hace milenios, que retrata a Felipe II de una pieza como «enfermo físico y mental», que presenta a Cánovas de «meapilas disfrazado de liberal» y que, en esa línea de descalificaciones rotundas, ya en la historia de nuestros días, despache a toda la derecha española y a la Iglesia como franquistas «en el fondo y en la forma» y al rey como «jefe de Estado antidemocrático e ilegítimo». Por si no hubiera quedado suficientemente claro, se insiste en la recapitulación que toda la trayectoria hispana es la historia de un fracaso; la gran culpable, la Iglesia; el resultado, «un pueblo convertido en vulgo, en masa, incapaz de escuchar, de pensar por sí mismo»; la vergüenza, en fin: que seguimos siendo «el furgón de cola de Europa».
El libro de Orbaneja no vale por lo que contiene, sino por lo que refleja y representa. Ante él, ante casos así, la lectura del volumen de Carmen Iglesias constituye no sólo un bálsamo, sino, antes que ello, una llamada al buen sentido y a la mesura –dicho en términos generales– y al rigor analítico y la sólida documentación, dicho en términos historiográficos. Iglesias demuestra que el legítimo afán divulgativo no tiene por qué significar simplificación o trivialización. No siempre lo peor es cierto –una vez más, el título es de una rotunda expresividad– recoge un verso de Calderón de la Barca y lo aplica a la actitud pesimista que ha sido tradicional en nuestro entorno cultural a la hora de valorar nuestro presente, juzgar nuestro pasado y esperar el futuro. No puedo dejar de consignar, sin embargo, que el contenido del libro se dispersa en muchos capítulos (y en múltiples temas) que no tienen nada que ver con lo que aquí estamos dilucidando. Se trata de un volumen muy grueso –más de mil páginas– que contiene estudios muy heterogéneos, hasta el punto de que ni el subtítulo, «Estudios sobre historia de España», puede dar cuenta de tal variedad, porque predomina en efecto la historia hispana desde el siglo XVIII hasta nuestros días, pero también se incluyen anexos sobre Marsilio de Padua, las utopías o la mentalidad renacentista. En realidad, son muy pocos los estudios de esta recopilación que abordan directamente la imagen negativa de España (algunos más la bosquejan de modo indirecto) e incluso cuando afrontan la cuestión, predomina la mirada extranjera, el «cómo nos ven», sobre las consideraciones propias. Entre éstos destacan especialmente los capítulos I, «España desde fuera», y III, «Una imagen “oriental” de España en el siglo XVIII». También hay interesantes observaciones sobre la imagen y la transmutación de valores en la España democrática en el capítulo XVIII, «Cambios culturales en la sociedad española contemporánea».
Otra materia distinta, pero relacionada con la anterior, es la aplicación del paradigma historiográfico de «normalidad», que Iglesias reivindica en el prólogo siguiendo a sus maestros José Antonio Maravall y Luis Díez del Corral. Esa normalidad que, como categoría aislada, carece de sentido (¿qué es «lo normal»?), adquiere toda su significación como combate contra el excepcionalismo en la interpretación de la trayectoria histórica de España. En consecuencia, frente a la especificidad hispana en cualquiera de sus vertientes –esa nación «oriental», «decadente», «quijotesca», «dramática» o «diferente»–, esta otra perspectiva que ha ido imponiéndose desde la segunda mitad del siglo pasado trata de situar al país en su contexto y su circunstancia, sea cual fuere la vertiente que se examine. Resultaría de ello que no habría diferencia española o, al menos, no más diferencia de la que distingue a cualquier país de otro. Por expresarlo en términos casi deportivos, el reconocimiento de que no hemos sido siempre y en todo los mejores no implica lo contrario, que nos hayamos distinguido por ser los peores. Recuerda Iglesias a este propósito, parafraseando a Geoffrey Parker, que si «el éxito nunca es definitivo», «el fracaso tampoco lo es».
La generalizada aceptación de este criterio en la comunidad historiográfica, y su consecuente aplicación de un tiempo a esta parte, no debe llevar, sin embargo, a falsear el pasado con otra vuelta de tuerca, negando ahora la importancia que de hecho –como creación de realidades a partir de percepciones distorsionadas, como expectativas generalizadas que terminan materializándose– han tenido las actitudes pesimistas en nuestra historia, en la percepción del país y en la consideración de nosotros mismos. Como resultado de ello, una última cosa: hasta qué punto ese rescoldo está apagado o listo para reactivarse a la menor oportunidad. Cita también Carmen Iglesias a John Elliott –un hispanista fuera de toda sospecha en este aspecto–, cuando sostiene que «en España siempre se espera lo peor» y añade, y esto es todavía más importante, que «a veces con independencia de los propios datos reales». Es decir, que aunque lo peor no sea cierto, seguimos apostando por lo primero y luchando por conseguirlo con empeño digno de mejor causa, como si estuviéramos decididos a que la realidad no nos estropee el pronóstico negativo. ¿Hemos arrumbado definitivamente este abandonismo fatalista, esta pereza secular, esta desconfianza en las propias fuerzas? El repaso que hemos dado a la actualidad deja abiertas no pocas incógnitas sobre el futuro y sobre nuestra disposición para afrontarlo.

01/09/2009

 
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