ARTÍCULO

La seda y la lana

Anagrama, Madrid
Trad. de Laura Emilia Pacheco
702 pp. 27 €
 

Enfrentado a la tarea de pergeñar una reseña de El Esposo Divino, y abrumado por la larga media docena ya leídas acerca de esta novela, lo primero de todo es declarar mi amarga envidia de los colegas que las hicieron. Porque es evidente, a juzgar por el unánime elogio, que todos la han leído en su original inglés. No de otro modo me explico que ninguno de ellos haya aludido para nada a la problemática calidad de la traducción, en apariencia incontrolada por parte tanto del autor como de la editorial.
Debo añadir que, antes de meterme a escribir estas líneas, he consultado de manera exhaustiva con mis corresponsales guatemaltecos, y el tenor de sus respuestas también es unánime: que Paco –como llaman a Goldman– ha tenido mala suerte porque no fue traducido al español sino al gachupín (= español de España). A lo cual he tenido que contestarles que el problema no es que la traducción haya sido al gachupín, sino a algo «más pior», al Spanglish.
De Francisco Goldman no puede predicarse que sea un autor guatemalteco, pese a tener una madre de esa nacionalidad, y a pesar de que el imaginario y la temática de sus narraciones se ocupen sólo de esa Guatemala que parece ser el polo magnético de su prosa. Pero esa prosa, en inglés, así como un padre estadounidense y el haber nacido en Boston, más bien nos llevan a integrarlo en el número de los escritores norteamericanos de ascendencia latina.
Después de lo cual dejaré constancia de que El Esposo Divino me ha gustado muchísimo como relato y como lección de historia, en especial de la segunda mitad del siglo XIX en Guatemala, a partir de la revolución liberal. Uno de sus caudillos, y presidente/dictador muerto luego en una batalla, se casa con Francisca (= Paquita) Aparicio, una de las dos protagonistas principales de la novela, mientras que la otra, María de las Nieves, mestiza de indígena y yanqui, mantiene una relación amistosa y un tanto equívoca con José Martí, en el tiempo que éste vivió en Guatemala.
El único fallo notable que pudiera achacarse a una novela tan bien armada y conducida es el pueril futurible planteado en las primeras páginas, cuando se narra la escena en que Paquita le jura a Nieves que seguirá siendo virgen hasta que su amiga deje de serlo. Razón por la cual, para impedir que Paquita termine casándose con el que ellas llaman «el Anticristo», el militar liberal Justo Rufino Barrios, treinta años mayor que ella, Nieves entra de novicia en un convento y adopta el nombre de sor San Jorge, por aquello de la escabechina del dragón.
Antes, nos asegura Goldman: «De romperse [ese juramento histórico, hasta ahora desconocido], tanto la historia como la vida de hombres ilustres se desarrollarían de una manera; de respetarse, la historia y los hombres resultarían, por lo menos, un poquititito distintos». Después, Paquita se casa con el Anticristo y Nieves cuelga los hábitos pero, ¿cómo saber si la historia y la vida de los personajes, ilustres o no, hubieran sido distintas, caso de haberse respetado el juramento?
Descontando, pues, ese futurible prescindible, con su creación de una expectativa al cuete (= superflua), toda la trama, todas las anécdotas, todos y cada uno de los personajes del relato tienen pies y cabeza, y el lector podría gozar a piacere del mismo... de no ser por la traducción.
Me limitaré a citar los ejemplos más impactantes: «la niña respondió con un estallido de argot» (p. 36); «miembros de los circos y de las corridas de toros» (p. 150); «las jóvenes de la Academia, emanadas de las familias más encumbradas» (p. 322); «un refulgente suspiro» (p. 557), etc. ¿Con qué se comen todas estas ensaladas?
Eso por no hablar de «la antigua esposa del presidente» (p. 76), en vez de la esposa del antiguo presidente; ni de «los prospectos de matrimonio de María de las Nieves» (p. 132) y de «un empleado con buenos prospectos» (p. 471), en vez de las respectivas perspectivas; ni de «las enloquecedoras entonaciones del joven que resultaban infecciosas» (p. 153), en vez de contagiosas; ni de «escribir tres oraciones» (p. 201), en vez de tres frases; ni de «bajo las circunstancias» (p. 289), en vez de dadas las circunstancias; ni de «había atestiguado» (p. 489), en vez de había sido testigo; ni de «estaba tan inmerso en su trabajo que apenas si hacía una pausa» (p. 492), en vez de apenas si hizo una pausa; ni de «cruzó hacia aguas de territorio estadounidense» (p. 531), en vez se internó en aguas territoriales estadounidenses. Etcétera.
O las frases que se comentan por sí mismas: un condón (p. 209) definido como «el estruendoso objeto»; y luego: «Calladamente, ella tartamudeó que lo amaba» (p. 399); «se dejaban caer unas gotas de agua caliente para lograr una preparación amarga e insípida» (p. 245); «¿Quién sería la madre del heredero? ¿Qué tal Herr Weisselberger?» (p. 228), que provoca la carcajada hasta que le duele a uno la mandíbula; «Pepe Martí hubiera acudido al estudio de J. J. Jump a comprar su retrato, recién llegado de México con su esposa nueva» (p. 438) en lugar de «Pepe Martí, recién llegado de México con su flamante esposa, hubiera acudido al estudio de J. J. Jump a comprar su retrato»; y, last but no least, en este capítulo, decir que «What hath God wrought?», la primera frase transmitida por Morse, de Washington a Baltimore, puede traducirse como «¿Qué nos ha forjado Dios?» (p. 526), (¿de dónde habrá salido ese «nos»?), en vez de «¿Qué ha forjado Dios?», en el sentido de «¿Qué es esto que Dios ha forjado?», y ello prescindiendo de que aquella fue la primera frase oficial, sí, pero la primera, durante los ensayos, y es de seis años antes: «A patient waiter is no loser». Etcétera.
Hay más: «aprehensión» (p. 286, passim) por aprensión; «canon» (p. 293, passim) por canónigo; «mayor» (p. 311) por alcalde; y, sobre todo, «caucho» (p. 264, passim), en vez de lo que en muchos casos es hule, porque caucho no es en Guatemala una palabra de uso genérico: hay capas de hule, botas de hule, calzones con hule en la cintura, plantaciones de hule, se usan hules (= cuerdas) como si fueran arcos, las hondas tienen hule para lanzar piedras, y algunas son preciosas, decoradas, pero todas de hule, ninguna de caucho. Etcétera.
Y, finalmente, en mi condición de nativo de Huelva, no quisiera dejar de hacer constar otra amarga envidia, y es por la abundancia, pero sobre todo por la mera existencia de langostinos (p. 562, passim) en los ríos guatemaltecos.
Ininteligible es la mayor parte de la página 692, de tal manera que hace buena la última frase de la novela, parafraseando otra de Martí: «¿Qué palabras vas a elegir? Algunas usan seda, otras usan lana». El original, evidentemente, usó la seda, y la traducción la lana, pero no sólo eso, sino una lana sin escardar. La responsabilidad por ello me parece que debe achacarse a la editorial, pero no sólo a ella sino también al autor, a quien conocí hace poco y me consta que su español hablado es impecable. Y si él no vigila ni protege a sus criaturas, ¿cómo podrá evitar que las asalten a mano armada, e incluso las violen?
Que no se me quede en el tintero: El Esposo Divino es una novela de construcción tan sólida y calidad tan excelente que bien puede decirse que sobrevive a su traducción.

01/01/2009

 
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