ARTÍCULO

El espíritu íntimo

Pre-Textos, Valencia, 1997
312 págs.
 

Quienes hayan seguido la obra de J. L. Pardo habrán advertido ya que se trata de una de las cabezas más lúcidas y más fértiles de nuestro actual agro filosófico, no especialmente magro en estos momentos. En este último libro el autor empieza su reflexión enfrentándose a dos concepciones al uso, una relativa a lo que se ha venido pensando sobre la intimidad –la «teoría frutal de la intimidad»– y otra, implicada con ella, concerniente al lenguaje y a su dimensión íntima –la «teoría elástica del lenguaje»–. Para J. L. Pardo la intimidad no es aquel núcleo último de la persona que puede equipararse al hueso de un fruto, un último meollo protegido por una capa dura que sólo cabría romper con violencia, aquello a lo que, en situaciones de excepción, tendrían acceso, rompiendo esta cáscara, el interrogatorio capcioso, el «suero de la verdad» o la tortura. Esto es aún, para el autor de este libro, la privacidad. La intimidad no es lo que el hombre es, su identidad, aquello que tiene derecho a guardar en secreto –un derecho emanado del contrato social y protegido por la polis– sino más bien lo que el hombre no es, el modo específico como el ser humano es animal, la manera peculiar como cada uno está «inclinado a», aquello «por lo que se muere», encerrado como está en un coto temporal limitado por «la cuna y la sepultura».

A la «teoría elástica» del lenguaje opone Pardo su teoría del «doblez» de éste. Según aquella opinión el lenguaje tiene sólo aparentemente dos caras, la de la denotación y la de la connotación. La connotación sería para aquella doctrina una suma larguísima de connotaciones que, teóricamente, un estudio paciente y prolongado podría acabar enumerando y explicitando. Para J. L. Pardo el lenguaje tiene un «doblez» esencial, porque connotación y denotación son dos dimensiones esencialmente irreductibles: «sé lo que digo (...) pero no puedo decir lo que sé, no puedo decir a qué me sabe lo que digo» (pág. 54) (aquí la reflexión de J. L. Pardo está, de algún modo, en continuidad con la de su libro del año 92, Las formas de laexterioridad –Pre-Textos–, cuyo último, brillante, capítulo, «Cómo hacer palabras con cosas», es un intento de rodear con el lenguaje el núcleo inefable de la realidad). La intimidad no puede ser prostituida –es decir, «puesta delante»–, porque el lenguaje identificador, denotativo, producto de un pacto entre iguales o desiguales –la ficha policial, psiquiátrica, o el «pecado» identificado por el confesor–, no puede darla a conocer; la intimidad sólo puede ser «echada a perder», destruida.

La parte central del libro, la más brillante del ensayo, es un finísimo análisis fenomenológico del «espíritu íntimo». El individuo humano accede a su mismidad por los tres momentos de la «gemelaridad», creadora de distancia espacial, la «alteridad», fundamento del intervalo temporal, y la «estupefacción», la reacción del sí mismo ante este él autogeminado y convertido en «otro» en el tiempo.

La intimidad es una obra difícilmente clasificable. Un ensayo de antropología filosófica, sin duda; de filosofía del lenguaje; pero también de estética. En este libro aparecen Flaubert, Clarín, Peter Handke, Velázquez, Goya: a este núcleo inefable del individuo humano al que no accede el lenguaje identificador, como «lugar común» que es de todos los habitantes de la polis, llega el lenguaje oblicuo, alusivo de la literatura y las artes pláticas. Flaubert sí sabe hablarnos, sin «echarla a perder», de la intimidad de Emma Bovary, como Clarín de la de Ana Ozores y Velázquez de la de «El niño de Vallecas», porque el pintor sevillano, «al pintar la existencia de los simples, «retrataba la simpleexistencia, la inocente intimidad» (pág. 190). Porque el ser íntimo del hombre es precisamente esto, idiocia, idiotez, es decir, peculiaridad que no se deja seriar.

Si la intimidad no es un derecho conferido y protegido por la polis, que tiene jurisdicción sólo sobre la privacidad, ¿de dónde proviene la intimidad? En la última sección (cuyo único defecto es su brevedad) Pardo aborda este problema. Aquí el autor dialoga con Hobbes. Para el joven filósofo español el hombre no llega a un mundo poblado de individuos –que, para no sucumbir en una lucha de todos contra todos, deben llegar a un pacto que los civilice, es decir, que de lobos los convierta en ciudadanos– sino a un mundo poblado de comunidades, las unidades humanas pre-civilizadas, anteriores a la ciudad, que unen al hombre con la tierra. El pacto que origina la intimidad no es un pacto civil sino un pacto basado en «las instituciones de la naturaleza» (Descartes). La ciudad garantiza la existencia de lo íntimo, no en virtud de un contrato sino porque la polis impide que esta dimensión esencial de lo humano se explicite en leyes y, por tanto, se «eche a perder». A su vez, la ciudad tiene sus «afueras» que le recuerdan que el Estado no puede convertirse en comunidad ni la civilización en cultura. Un discurso rápido, terso, tenso, preciso, arrebatado en ocasiones. Unas páginas sin apenas notas al pie. Pardo, como en todas sus obras, se ha puesto a pensar por su cuenta –lo que no por deseable deja de resultar menos excepcional–. Jamás cansa al lector con diálogo o referencias cultas o eruditas; dialoga sólo (Ortega, Morente, Hobbes) cuando es necesario; tiene el don de ir al grano y mantener siempre sujeta la atención del lector. Al final de la obra a éste (al que ha escrito estas líneas por lo menos) le quedan estos dos deseos: una nueva lectura del ensayo y esperar de su autor, en forma de libro, otro festival de la inteligencia.

01/03/1997

 
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