ARTÍCULO

Diccionario de reflejos

Trad. de Lluís Maria Todó El Acantilado, Barcelona
240 págs. 13,29 €
 

Sucede a veces que los sueños de la filosofía se despiertan convertidos en literatura. El artífice es en este caso Michel Tournier, quien recupera el anhelo originario de descubrir las categorías fundamentales de la realidad, las palabras que se pronunciaron en la creación del mundo, o las que se escribirán al final en su sentencia, ya sea para condenarlo o para absolverlo. Con vocación ordenadora del mundo, y limitada al único instrumental de los conceptos, la filosofía ha sucumbido a menudo a la tentación de revelar esas palabras últimas. El resultado, sucesivas listas de conceptos acumulándose una tras otra, en esa historia de reintentos en que consiste una disciplina vertebrada por un diálogo de cada generación con los maestros que no ha conocido. A menudo se ha propuesto retroceder tanto en busca de tales categorías, tan al principio de las cosas y antes de todos los discursos, que las ha buscado a priori, como un cocinero que intentara adivinar los ingredientes de un plato antes de probarlo. En cualquier caso, Tournier también se suma al intento de descubrir la receta del mundo. Y tal propósito resulta inquietante.

Inquietante, porque en este libro aparecido en francés en 1994 y traducido ahora al castellano, vemos apostar por la filosofía con más fuerza que nunca a un novelista que después de formarse en ella en su juventud siempre la ha empleado para alimentar sus ficciones. Tournier es un creador de mundos irreales producto de la más precisa observación de la realidad, de la pasión por los mitos, y de una transfiguración literaria de temas filosóficos. Tal combinación es responsable de la asombrosa originalidad de sus novelas, especialmente de El rey de los alisos (Alfaguara, 1992) que le mereció el Premio Goncourt en 1970. El título de un popular poema de Goethe da nombre aquí a un turbador retrato del nazismo, del que Tournier se atreve a mostrar su poder fascinador antes de revelarnos su horror, y que se arriesga a narrar desde una perspectiva insólita, la mirada a la vez inocente y turbia de un ogro secuestrador y salvador de niños.

Inquietante, porque intriga pensar cómo ordenará el mundo en sus categorías quien ya puso orden en sí mismo y en sus libros con su autobiografía El viento paráclito (Alfaguara, 1994). Como presagia su título, un texto irreverente e insolente donde recupera la mirada con que de niño contempló el mundo de los adultos y persiste en su búsqueda de todo aquello que los adultos se prohíben. Allí teje su proceso de aprendizaje y su trabajo creativo con mil hilos distintos de complejos trazados que dejan entrever su predilección por barrocos sistemas filosóficos. El autor se explica, en efecto, pero deja al lector en tal desconcierto que al cerrar el libro Tournier se yergue como un enigma irresoluble.

En El espejo de las ideas Tournier parte de una constatación. La búsqueda de las categorías fundamentales con que explicar el mundo ocupó un lugar central en la historia de la filosofía hasta que su misma crítica la desbancó para ocupar su puesto. La denuncia del carácter formal de aquellas categorías que procedían de la lógica, y del carácter abstracto de aquellas que abrazaban tal cantidad de realidad que perdían toda relación con ella, como mapas de una escala inútilmente exagerada, comportó la acusación de que sólo pretendían el dominio de lo individual y diferente, y fueron por tanto desautorizadas. De tales críticas pretende salvarse Tournier con una propuesta de cien categorías, cuyo extenso número y variado colorido debe liberarlas de la abstracción; una pintoresca colección de términos que incluye junto al ser y la nada a la sal y el azúcar, o el perro y el gato, obligando a la convivencia de veteranos de todas las listas con recién llegados que apenas entienden dónde están. La imaginación y la capacidad literaria de Tournier, enriquecida por tantas lecturas desempolvadas del olvido para la ocasión, se revelan en un juego de definiciones cargado de sorpresas.

La interesante lista de Tournier adolece de un único problema. Su autor dice apostar por la pluralidad en su descripción del mundo, y olvida que la pluralidad no es cuestión del número de elementos, sino del criterio que los genera. Nada sabemos de cómo se ha originado la lista y qué principio o qué orden subyace a esos cien conceptos. Nada tampoco de cómo se relacionan entre ellas esas categorías que se limita a presentar una tras otra por parejas. Y si bien es cierto que evita la rigidez de estrictos sistemas arquitectónicos, también lo es que no nos deja entrever que sus conceptos formen figura alguna, y la sospecha de la contingencia en su elección está servida. El único orden lo instaura un elemento que ofrece a todo cuanto encuentra su imagen especular y sitúa así cada categoría frente a su contraria, reduciendo la pluralidad a un desfile de parejas. Lo que finalmente tenemos no es una verdadera multiplicidad, sino una lista de confrontaciones, ante las cuales el autor deja emerger la pregunta de si podrían reducirse a una única confrontación última. En el fondo, para Tournier, el mundo es dual.

Y es que el francés es un maestro en definir las cosas mediante sus opuestos y jugar con la complementariedad de los contrarios; el doble, la dualidad, la alteridad, son temas recurrentes en sus novelas, y elaborados con la brillantez de quien recuperó a Robinson Crusoe hablándonos de Viernes o los limbos del pacífico (Alfaguara, 1986). Y si allí creaba todo un mundo cerrado y perdido al que arrojaba dos individuos solos obligados a convivir, en Los meteoros (Alfaguara, 1986) nos mostró la situación inversa, sumergiéndonos en la intimidad especular de dos gemelos, en la autosuficiencia de esta pareja de seres iguales capaces de generar todo un mundo privado que los aísla del resto. Y en consonancia con sus argumentos literarios, tenemos aquí, más que categorías fundamentales, un diccionario de dualidades y oposiciones donde Tournier juega a sorprender, provocar, y en algunos casos prueba a hacer de equilibrista sobre los límites entre la moral y la amoralidad, con la clara voluntad de sacudir un poco a los lectores.

Pero es también verdad que al sostener sus categorías frente al espejo, Tournier no puede evitar reflejarse en él y mezclarse con aquello que contempla. Si es tan difícil ser objetivo mirando a través del cristal que nos separa del mundo, cómo será mirar el mundo a través de espejos. No hay pretensión de objetividad en unas categorías que en el fondo no describen el mundo, sino cómo se refleja el mundo en los espejos de Tournier. Con lo cual esto no es un libro de filosofía, sino que es la filosofía de los libros y los mundos de un escritor. Este libro viene a ser un mapa de sus pensamientos que se detiene y se concentra en los nudos de las redes que conforman. Cada una de las categorías no es sino un lugar de alta densidad reflexiva, generadora de una fuerza de gravedad que atrae hacia sí asociaciones y referencias, y que detenta un especial poder evocador. Podríamos decir que nos ofrece un recorrido por los principales lugares de interés de la geografía de Tournier. En definitiva, una visita que se recibe con gusto en la sección de filosofía de las librerías, y una lectura recomendable para adeptos de cualquier disciplina.

01/04/2002

 
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