ARTÍCULO

¿Una hipótesis insostenible?

Houghton Mifflin, Boston/Nueva York
 

¿Por qué aun coincidiendo con las ideas centrales del libro de Dawkins, como es mi caso, lo acaba uno con alivio y un tanto abrumado por el hastío? Curiosa sensación, porque el Dawkins divulgador científico había sido casi siempre un compañero entretenido, aunque no fácil. Hace bastantes años, por pura casualidad, cayó en mismanos The Blind Watchmaker (me había quedado sin lectura que llevarme a la boca cuando las prisas por llegar a mi vuelo y aquel título llamativo entrevisto en un quiosco de aeropuerto me empujaron a comprarlo a toda prisa creyendo que era una novela) y quedé muy satisfecho tras haber conseguido seguir –o así lo creía entonces– como un sesenta por ciento de su argumento. Luego vinieron como en guerrilla y por ese orden, diferente del de su publicación, The Extended Phenotype, The Selfish Gene y The Ancestor’s Tale,cada uno de ellos con rendimientos decrecientes, pero siempre interesantes para una mente escasamente ilustrada. Por razones que tendría difícil explicar de forma no intuitiva, Dawkins se ganó mis simpatías, muchas más de las que jamás he prodigado a su colega Stephen Jay Gould, tan pinturero y jaque él, tan pastelero.
No es exactamente esto último lo que se le ha reprochado a Dawkins tras su reciente defensa del ateísmo, especialmente en Estados Unidos. Aunque tal vez su voz no suene tan retadora en su Inglaterra originaria (que no natal, porque vino al mundo y pasó sus primeros años en Nairobi, Kenia) y en el resto de la Europa secularizada, una sociedad tan meapilas como la estadounidense no aguanta fácilmente el sabor a rejalgar que deja en vía retronasal su forma directa de expresarse. Así que casi todos los biempensantes del lugar se han apresurado a afearle su escaso respeto por las cosas serias. H. Allen Orr le achaca su duro lenguaje«A Mission to Convert», The New York Review of Books, vol. 51, núm. 1 (11 de enero de 2007), pp. 21-23.. No es necesario ser estadounidense para ofenderse. Terry Eagleton le reprocha no saber teología, ignorar el amor y cómo, por su mediación, Dios trasciende las preguntas de los científicos, por si necesitáramos confirmación de que tras todo posmoderno que se respete enseña la patita un defensor de la fe«Lunging, Flailing, Mispunching», The London Review of Books, vol. 28, núm. 20 (19 de octubre de 2006), disponible en http://www.lrb.co.uk/v28/n20/eagl01_.html.. «Los nuevos ateos defraudan por su falta de encanto y destreza», sentenciaba Sam Schulman«Without God, Gall is Permitted», The Wall Street Journal, 5 de enero de 2007, p. W-11.. Todo lo cual parece hacer buena la observación de Dawkins de que la gente espera que la fe religiosa haya de ser protegida por un muro de respeto superior al de otras expresiones humanas.
Pero si, en una sociedad abierta, el arte, la política o la literatura no necesitan de protección especial, no parece fácil entender que alguien se admire u ofenda cuando Dawkins pone en solfa a los teólogos que, podría añadirse, como los astrólogos, los lectores de posos del té, los escritores de horóscopos y demás arúspices, en realidad, «no tienen nada serio que decir sobre nada» (p. 57).
Ni la teodramática de Urs von Baltasar, ni la aproximación asintótica a Dios de Rahner, ni el irénico Hans Küng (All you need is love) quieren o pueden desembarazarse del misterio, algo que los científicos no sufren de buen grado. ¿Por qué, pues, ha de pasar por mala educación que se recuerde que todos ellos y otros congéneres menos ilustrados se mueven en idénticas fantasmagorías y echan sus raíces en cosas como la trinidad, la transustanciación, el nacimiento virginal de Jesús, los prodigios o milagros que supuestamente llevaba a cabo como la resurrección de Lázaro o la propia, y tantas otras consejas propias de la Iglesia de Roma, pero compartidas muchas de ellas por las demás denominaciones cristianas? Aunque la original formación anglicana de Dawkins le haga reparar sobre todo en las inconsecuencias del legado judeocristiano, dardos similares cabe disparar sobre Alá el intransigente, el totalitario; sobre la familia disfuncional de Zeus; sobre el gusto de Wotan por las segundas residencias; o sobre el Amida Butsu de los creyentes en la Tierra Pura. Habitualmente, la respuesta apunta que no hay que interpretar literalmente las Escrituras, pero esto más parece una vía de escape o argumento de conveniencia que deja sin solucionar qué es lo que ha de tomarse al pie de la letra y lo que no.
A Dawkins se le pueden levantar cargos (y alguno se le imputará a renglón seguido), pero no el de mala educación, porque nunca se han beneficiado las cuestiones de teoría de no llamar a las cosas por su nombre. Aunque, y tal vez a ello se deba el hastío ya mentado, Dawkins se acompañe luego con una retórica cuyo celo misionero acaba por abrumar tanto como la de los predicadores a los que alancea ferozmente. Pero empecemos por las lanzadas antes de mostrar disconformidad.

¿DISEÑO INTELIGENTE?

Dawkins se toma el demostrar que, casi con toda seguridad, Dios no existe con la misma seriedad con que hiciera lo contrario el Aquinate. Y es santo Tomás el primer adversario a descabalgar. No es difícil, porque sus famosas cinco pruebas de la existencia de Dios son singularmente vacuas. Las tres primeras (el primer impulso, la causa incausada y el argumento cosmológico) son como los manteles blancos o los blancos manteles, es decir, los mismos perros con distintos collares. Las tres se basan en que no puede haber una regresión infinita en el orden del movimiento, de las causas o del tiempo. Y, por ende, tiene que haber un Impulsor, una Causa o un Creador originarios. Aunque uno acepte a beneficio de inventario que la cadena haya de romperse en algún sitio, de ahí no se sigue que el Big Bang tenga que ser omnipotente, omnisciente y demás omnis. Menos aún que haya de escuchar nuestras plegarias, ocuparse de los pecados del mundo o meterse a redentor.
El argumento número 4, el de los grados de perfección, ni siquiera Dawkins, habitualmente escaso de retranca, puede dejar de tomárselo a chacota. Nuestra percepción de que en este bajo mundo hay cosas más perfectas que otras no necesita de un máximo símbolo de perfección. «Igual podría decirse que la gente varía en el grado de tufo emitido sólo por comparación con la máxima perfección concebible en hedor y de ahí deducir que ha de existir un legítimo Pestífero Supremo al que llamaríamos Dios» (p. 79). La última tesis del Doctor Angélico (el argumento teleológico o todo lo inteligentemente diseñado ha de tener un diseñador inteligente) conduce a eso, al diseño inteligente. Sobre esto, un poco más adelante.
El argumento ontológico ha te­nido siempre mejor prensa. Hasta un pirao, decía san Anselmo de Canterbury, puede imaginar algo que no tenga igual, y esa representación existe de hecho en su intelecto. Y hasta un pirao puede entender que ese ente sería aún más perfecto de existir en la realidad. Luego el hiperperfecto ha de existir. Bueno, ya se sabe cómo Kant, que debía de ser bien parsimonioso en cuestiones de pasta, apuntilló al híper tras ver que el tipo de la inmobiliaria no tragaba con su ademán de pagar la primera letra del pareado y su jardincillo con los veinte milloncetes o táleros o lo que fuere que decía tener en la cuenta corriente. «El muy Judas me pidió un aval bancario porque, según él, los millones imaginarios no son dinero contante y sonante». Bertrand Russell lo puso de forma más cortés al señalar que el oficio de filósofo a menudo lleva a confundir pensamiento y observación, y Dawkins recoge la versión interactiva de Douglas Gasking. Cuanto mayor el obstáculo a superar, mayor será el mérito del creador; si suponemos que el universo ha sido creado por un gran Ser, podríamos imaginar otro aún más grande, uno que habría creado todo sin existir él mismo. Ergo...
Dawkins se da un día de campo con las otras pruebas demiúrgicas que, por consenso universal, se han repu­tado siempre inferiores, como las que parten del poder de la belleza; las «experiencias» personales o las extrasensoriales; las derivadas de la autoridad de las Escrituras o de que numerosos científicos hayan sido religiosos; la apuesta de Pascal (más vale creer en Dios, porque, si existe, uno gana la vida eterna y, si no, nos va a dar igual); o las basadas en el teorema de Bayes.
Las mejores páginas de su libro se dedican a cargarse el argumento te­leo­ló­gi­co con lo del relojero ciego. Casi todos quienes quieren librarse de la hipótesis darwiniana y negar a la evolución capacidad para dar cuenta de la vida han dado en recurrir a lo que llaman el diseño inteligente. Imaginen, se dice que decía Fred Hoyle, que un huracán arrasa un vertedero y deja en su estela un Boeing 747 nuevecito ensamblando por puro azar las piezas sueltas que ha encontrado a su paso. Bueno, pues eso tiene la misma probabilidad de suceder que la existencia de cualquier ser complejo como resultado de la selección natural. La cosa no queda sólo en el terreno de la teo­ría. Al diseño inteligente se han apuntado como los náufragos a una tabla todos los creacionistas que aún son –y son bastantes–. Especialmente en Estados Unidos, los fundamentalistas bíblicos han tratado de convertirlo en una explicación científica del origen de la vida con mejor o, al menos, parigual ejecutoria que la hipótesis de la evolución natural. Kitzmiller vs. Dover Area School District ha sido la más reciente escaramuza al respecto y posiblemente no será la últimaEl organismo encargado de dirigir la educación en Dover, Pennsylvania, compuesto como casi todos ellos por miembros elegidos por votación popular, decidió que el diseño inteligente había de ser presentado en las escuelas del distrito como una alternativa a la evolución para explicar el origen de la vida. Once padres de alumnos recurrieron esa decisión por considerar que el diseño inteligente es otra forma de creacionismo y que, al defenderlo, el distrito violaba la Primera Enmienda a la Constitución. El juicio se vio ante el juez John E. Jones III entre el 26 de septiembre y el 4 de noviembre de 2005. El 20 de diciembre de ese año, el juez acogió los argumentos de los demandantes y declaró inconstitucional la decisión del distrito. Para más detalles, véa­se Kitzmiller vs. Dover Area School District en Wikipedia (http://en.wikipedia.org/wiki/Kitzmiller_v._Dover_Area_School_District)..
En síntesis, los defensores del diseño inteligente parten de la complejidad de los seres vivos para mantener que no puede deberse al azar. Lo superior ha de explicar lo inferior y no al revés o, como lo expresa Daniel Dennett en su repaso al asuntoDaniel Dennett, Breaking the Spell: Religion as a Natural Phenomenon, Nueva York, Viking, 2006., los creacionistas piensan que una olla nunca ha hecho a un alfarero, así que el azar no puede haber dado lugar a la infinita complejidad de la vida. Tal contraposición entre diseño y azar, contraataca Dawkins, no es genuina porque el diseño inteligente padece la misma dolencia que el azar. No contesta la cuestión básica –¿quién diseñó al diseñador?– y, así, azar y diseño inteligente no solucionan el meollo de la improbabilidad estadística. El azar es un serio problema, pero el diseño inteligente se limita a formularlo con otras palabras.
La selección natural soluciona el enigma de modo más elegante. A diferencia de los saltos bruscos –los hiatos– postulados por el azar y por el diseño inteligente, es un largo proceso que divide lo improbable en paquetes pequeños, cada uno de los cuales es ligera pero no completamente quimérico. «Cuando grandes números de esos sucesos ligeramente improbables se acumulan en una serie, el producto final es, sin duda, muy improbable. Tanto que no puede ser explicado como un accidente» (p. 121). Los creacionistas piensan que bien se salta la banca, bien se pierde todo en la apuesta. Para ellos no hay etapas intermedias. «Muchas transiciones evolutivas están elegantemente documentadas por series más o menos continuas de fósiles intermedios que han ido cambiando lentamente. Otras no, y así aparecen los famosos hiatos [...]. Nótese, una vez más, el ilegítimo uso de los mismos. Según eso, si no hay fósiles que documenten una postulada transición evolutiva, uno tiene que pensar que ésta no ha existido y que, por supuesto, Dios ha debido intervenir» (p. 127).
Más aún, argüir a partir de la existencia de complejidades aparentemente irreductibles (el ojo, las alas, cualquier otro sistema biológico provisionalmente consolidado) no es más que una maniobra retórica para explotar nuestra eventual ignorancia presente. Como no podemos aportar todos los datos del proceso de formación, los creacionistas deducen que éstos no pueden hallarse o simularse en un ordenador y, así, dan por justificado su recurso a un ente superior y creador. Ahí está la gran diferencia con el proceder de los científicos que no buscan causas sobrenaturales para lo que aún no sabemos: antes bien, se ven es­po­lea­dos a seguir buscando por la ausencia de respuestas. La evolución no es sólo un relojero ciego; también es un maestro de obras descuidado que da una patada al andamio una vez coronada su obra y a menudo nos impide ver cómo se las arregló para cerrar el arco. Los investigadores, sin embargo, han ido arrebatándole pacientemente sus secretos y han podido dejar atrás los cuatro elementos y el flogisto. Mientras que teólogos, metafísicos y demás adivinos se regodean en los misterios y quieren que permanezcan intactos, los científicos ven en ellos ocasión para proseguir su faena. Sentencia Dawkins: «Si se acepta el argumento de este capítulo, la premisa básica de la religión –la hipótesis Dios– es insostenible. Casi con toda seguridad se puede afirmar que Dios no existe» (p. 158).

EL VALOR EVOLUTIVO DE LA RELIGIÓN

Lo que sigue, el paso de Dawkins desde la biología hasta la sociología, resulta bastante menos consistente. Su imperativo darwiniano, una vez despejada la hipótesis divina, le exige seguir adelante. Si la premisa básica de la religión no se sostiene, ¿cómo parece ser ésta tan antigua como nuestra especie? O, en términos evolutivos, ¿qué beneficios se derivan de la religión en lo que toca a la supervivencia de los genes? ¿Por qué los cazadores recolectores actuales que viven en condiciones similares a como debieron de hacerlo nuestros antepasados pueden ser magníficos ejemplos de supervivencia racional y, al tiempo, vivir obsesionados por la brujería y la magia? ¿Por qué la mayoría de los humanos cree aún necesario dedicarse a costosas prácticas religiosas que consumen su vida y, en ocasiones, pueden ponerle fin brutalmente?
La respuesta es que, en suma, la religión es un subproducto. Tómense las polillas que giran en torno a una vela hasta morir quemadas o quedar exhaustas. No lo hacen por pulsión suicida, sino que cometen errores de navegación. Han usado durante milenios la luna y las estrellas para orientar su rumbo manteniendo una relación constante (un ángulo de treinta grados) entre ellas y alguno de los tubos de sus ojos compuestos. Si los rayos que llegan a éstos no la mantienen, como cuando se encuentra en el camino una vela encendida o una lámpara, la mariposa sigue guiándose por la misma regla válida para tantas generaciones anteriores y cambia su trayectoria para mantener la relación que conoce, aunque eso acabe por llevarla al resultado anunciado. Algo similar sucede con la religión. Los niños pueden aprender por experiencia propia que no hay que jugar al borde de un abismo o bañarse en aguas infestadas de cocodrilos. Pero hay una ventaja selectiva, especialmente en una especie que –como la nuestra– cuenta con lenguajes complejos, en enseñarles que no necesitan aprender todo por sí mismos y que, antes bien, deben acogerse a la sabiduría de los mayores, especialmente cuando éstos se ponen solemnes y les dicen, por ejemplo, que las mujeres menstruantes son impuras o que las malas cosechas se deben a los pecados de los humanos. Los niños acaban por creer por igual una cosa y la otra, pues se las cuentan sus padres o los ancianos de la tribu.
A estos conjuntos de enseñanzas inútiles solemos llamarlos religiones positivas. ¿Por qué no son todas iguales? Aquí introduce Dawkins su hipótesis de los memes. Un meme es una unidad cultural similar a los genes de la biología y se comporta de forma análoga a éstos. El éxito reproductivo de un gen depende de su capacidad para ser copiado o reduplicado a lo largo de un número indefinido de generaciones. Los que tengan mayor facilidad para copiarse serán con el tiempo más numerosos que los que no la tienen, es decir, tendrán mayor éxito reproductivo. Pero el éxito reproductivo no sólo depende de la potencia de los genes individuales. Los genes se organizan en cromosomas y en genomas que funcionan como unidades cooperativas que se replican conjuntamente. Eventuales fallos o cambios en el proceso de copiado (mutaciones) se encargan de que el pool genético contenga variantes de un mismo tipo de gen (los alelos) que compiten por ocupar el lugar que corresponde a ese gen en el cromosoma en algo así como una competencia contextual. De modo que la suerte de cada gen no depende sólo de su capacidad replicativa, sino que está ligada a la del entorno de genes que lo acompañan y a la potencialidad de sus eventuales variaciones. El éxito de cada alelo depende, así, de la suerte de los demás. Algo semejante sucede con los memes. Los memes religiosos se organizan en conjuntos o memeplejos diferentes según su contexto y aspiran a ofrecer explicaciones excluyentes del universo.
Dawkins cree haber hallado de esta forma la clave de las religiones. Por distintas que sean, todas ellas tienen un fundamento común: las ventajas evolutivas que se derivan del respeto a la autoridad, aunque a menudo ésta sea engañosa. Como a Dawkins se le calienta la boca con facilidad, a continuación endilga que las religiones sobreviven por los abusos de que son objeto los niños. Antes, el opio del pueblo o la perfidia sacerdotal no perdonaban ni a los mayores; en estos tiempos de corrección política, la tortura religiosa se limita a los nenes indefensos.
Uno desearía que las cosas fue­ran así de sencillas. Según eso, si un grupo de científicos –que, como señala Dawkins, cuentan con mayor número de ateos que otras poblaciones– pudiera separar los memes que ofrecen ventajas evolutivas de los que no, el fin de la religión estaría a la vista. Identificados los pseudomemes, éstos po­drían ser prohibidos o, al menos, los niños podrían ser vacunados en su contra. Por ejemplo, las lenguas y literaturas occidentales están llenas de símbolos ju­deo­cris­tia­nos que responden a pseudomemes, pero si se intentase extirparlos del uso común se produciría una importante pérdida de nuestra herencia cultural. Sin embargo, una vez identificados y esterilizados, los niños po­drían ser educados en esos símbolos sin transar con las creen­cias que históricamente les acompañaron.
La realidad, empero, se resiste a tales simplificaciones. Al fin y al cabo, los mayores dejan de ser niños, pero eso no les lleva necesariamente a la ilustración científica. Muchos siguen siendo religiosos pese a tener mayor discernimiento. Creencias y supers­ticiones sobreviven aun cuando en ocasiones hayan sido per­seguidas con saña o sometidas al opro­bio social. Han bastado unos pocos años para que, tras la caída del imperio soviético, la Iglesia ortodoxa rusa haya renacido de sus pretendidas cenizas. ¿Cómo explicar que en la Chi­na de hoy una colega universitaria, por cierto, miembro del Partido Comunista e incapaz del menor interés religioso, espere hasta la llegada de 2007 para quedarse embarazada, como lo han hecho miles de otras mujeres chinas, sino porque este año es especialmente afortunado por ser el del Cerdo y además un Cerdo de Oro que sólo se da en uno de cada cinco ciclos zodiacales? Parece que Lunacharsky, Bogdanov, Bazarov y otros forjadores bolcheviques de Dios no andaban tan descaminados al apuntar que la religión no iba a desaparecer por la sola voluntad del gobierno. Meigas... haberlas, haylas.
Aunque uno participe de su recelo ante las diversas formas religiosas y acepte que su existencia ha acarreado males sin cuento a los humanos, no es fácil ser tan optimista como Dawkins sobre su desaparición. Él lo tacha de psicologista y lo despacha por ende de un plumazo, pero no hay que tomarse a la ligera el argumento de que la certeza de la muerte, es decir, de nuestra desaparición como individuos, es algo que una gran mayoría desearía soslayar y se hace difícil entender que nuestro más arraigado deseo fenotípico, el de sobrevivir, no tenga en el fondo mucho que ver con una explicación genuinamente darwiniana. La ingenuidad de Dawkins, a mi entender, deriva de que su hipótesis proviene de la equívoca seguridad de que la muerte no es otra cosa que una peripecia más, y no la herida que acompaña a nuestro estar en el mundo y que, como la lanzada de Amfortas, muchos creen que sólo sanará por un encanto religioso. Dawkins supone que la ciencia es una visión radiante que acabará por arrebatarle a la muerte su aguijón. Un optimismo poco compartido.
Añádase el asunto de que los memes han de obtener un certificado de calidad que puede ser fácilmente denegado en algunos casos, pero no tanto en otros, como cuando algún pseudomeme nos promete la felicidad eterna si ajustamos nuestra conducta a determinadas pautas. La evolución puede hacernos entender que nuestra desaparición como individuos es más que probable, pero nos resistimos a pensar que todo lo que hemos construido con tanto afán a lo largo de nuestra vida (afectos, amistades, amores, familias y demás) vaya a desvanecerse en la nada. Y, ante la eventualidad de que sean los científicos quienes otorguen los susodichos certificados, germina en nuestras mentes un punto de legítima desconfianza. ¿No serán acaso sus blancos manteles algo muy parecido a los manteles blancos que nos prometen los archimandritas de vario pelaje? ¿No eran hipótesis tenidas por científicas las que sirvieron a Hitler, Stalin o Mao para cometer sus pavorosos crímenes? ¿Quién vigilará a los vigilantes?
A falta de mejores argumentos, habrá que concluir que, casi con toda certeza, la hipótesis divina es insostenible, pero no que sea innecesaria. Siempre es difícil hablar en nombre del futuro, porque no sabemos lo que nos reserva, pero, como dicen los tejanos, apostaría el rancho a que los creyentes, sus iglesias, sus confesiones y sus conventículos van a seguir vivitos y coleando en los próximos siglos precisamente porque la apuesta de Pascal no es tan de sansirolé como Dawkins supone.
Frente a los creyentes no hay que redoblar la catequesis opuesta. Basta con estar ojo avizor para que no nos quiten hasta la pacotilla del sobrecargo y, por más que sepamos que vamos a tenerlos siempre con nosotros, que limiten sus exigencias a sí mismos y a su familia inmediata. La religión como asunto estrictamente privado ha dado buenos dividendos a los que no tenemos por qué renunciar. Y algo más: soportar sus estupideces con sentido del humor. Cuando se oye a monseñor Richard Chartres, uno de los obispos de Londres, que la ecotasa aérea impuesta por el Gobierno británico desde el 1 de febrero está justificada porque tomar un vuelo de vacaciones es un «síntoma de pecado» y que él no va a volar en 2007 para aliviar la huella carbónica«London’s Taxing Skies», The Wall Street Journal, 20 de febrero de 2007, p. A-14., uno puede pensar que hasta las Escrituras tenían razón cuando apuntaban que el número de los tontos es infinito.

CAVARADOSSI

Al Gran Inquisidor de Dostoyevski le dio por lo de que, si Dios no existe, todo está permitido y acuñó así un lema superventas que no deja de ser una tontera. La moral no necesita de basamentos teológicos y las largas páginas que Dawkins dedica a explicar que los ateos pueden seguir una moral aún más rigurosa (?) que la de los creyentes son de lo más trivial. Bastaría con apuntar, como lo hace, que la moral responde a una necesidad evolutiva en los humanos y que otras especies animales han desarrollado cosas semejantes a nuestros imperativos éticos.
¿Por qué no podemos pasarnos sin moral? Por la aporía del gorrón. En algún momento casi todo quisque se ha aprovechado de alguna circunstancia para obtener una ventaja momentánea, pero si esa fuera la conducta a esperar de cada quien en cada momento, pronto dejaríamos de poder orientarnos con relativa seguridad al proyectar nuestras acciones. Estaríamos ante lo que Hobbes llamaba el estado de naturaleza en toda su tristeza y brutalidad. Ciertamente hay momentos en que la mutua desconfianza se generaliza, pero es precisamente entonces cuando las sociedades crujen y buscan con desesperación un nuevo equilibrio. Salvo esos períodos de profunda crisis, hay un amplio consenso respecto de que hay que seguir algunas reglas, tal y como lo han formulado los mandamientos judeocristianos, las sutras brahmánicas y budistas, el legalismo de Han Fei y muchos otros textos filosóficos. Para no ser menos que Dios en el Sinaí, Dawkins formula Nuevos Mandamientos para ateos. Uno puede pensar lo que quiera de sus nonadas (pon todo en cuestión; trata a los humanos, a los demás seres vivientes y al mundo en general con amor, honestidad, lealtad y respeto; disfruta de tu sexualidad siempre que no perjudique a nadie y deja que otros disfruten de la suya en privado sean cuales fueren sus inclinaciones, las cuales –por cierto– no son problema tuyo; no adoctrines a tus hijos), salvo que solucionan los problemas serios. Para obrar bien y evitar el mal como quería santo Tomás hay que saber en qué consisten ambos y el último legislador universal kantiano hace rato que apagó la luz antes de irse.
Como Moisés a los judíos que le abucheaban por el sexto mandamiento, Dawkins nos da a entender que habrá jurisprudencia. Los nuevos mandamientos no son absolutos, sino que cambiarán a la luz del Zeitgeist. Y aquí es cuando uno se palpa la cartera por si se la guindan. Para Dawkins, eso del Zeitgeist se interpreta como la creciente tendencia a reducir la discriminación, a la igualdad de hombres y mujeres, a evitar adjetivos derogatorios y demás. Tal vez. Pero esas cosas no necesariamente tienen que derivar en la beatería y la corrección política que rezuma. Los principios básicos de la moral no alcanzan a zanjar de forma inequívoca cosas discutibles como si es obligatorio compartir las metas de desarrollo del milenio adoptadas por los burócratas de Naciones Unidas; o que los padres no tengan derecho a educar a sus hijos en la religión en la que creen, con independencia del juicio que otros podamos tener sobre su consistencia; o si todas las instituciones han de tener la misma composición por sexo, raza o edad que la población en general; o que sea de rigor el antiamericanismo de misa y olla; o la duda sobre si el matrimonio hace ningún favor especial a los homosexuales (o a los heterosexuales, por cierto). ¿Ha de exculpar a Al Qaeda que exista un fundamentalismo cristiano? En fin, todas esas pequeñas cosas para las que Dawkins cree tener una respuesta sin vuelta de hoja son más bien complicadas. Los adalides de los distintos memeplejos religiosos nunca dejan lugar para la duda, lo que les hace particularmente odiosos, pero Dawkins no mejora la oferta apostólica.
Una reflexión final. Para Dawkins el ideal ético más razonable es arriesgarse a tomar el destino en nuestras manos. No deja de ser una vana ilusión, porque la partida está echada y el destino siempre nos lleva a la huesa, pero, como no puede haber cambios en el guión, parece una apuesta airosa. De ahí no se sigue, sin embargo, que una estólida impavidez ante la muerte sea la única actitud legítima. Según Dawkins, una vez desaparecido, él estará tan campante, impotente o inconsciente como lo estaba en el si­glo xiii cuando todavía no era ni un proyecto de ser humano. Esperemos que hable sólo en su propio nombre. La cuestión no es el siglo en que se nace, sino haber probado el fruto del árbol del bien y del mal, haber nacido. Para nosotros, las cosas no serán iguales antes que después con independencia del resultado final. No queremos abandonar el siglo xxi como si tal cosa. Cabe pensar lo que Mario Cavaradossi antes de su ejecución y sufrir por la irremediable pérdida de los buenos tiempos. Cuando lucían las estrellas, había un aire fresco en el huerto y ella se echaba en mis brazos. Pero l’ora é fuggita e muoio disperato; e non ho amato mai tanto la vita. No quiero que Caronte me lleve en la misma barca que a Dawkins.
Esto último tiene su peligro. Como a tantos liberales decimonónicos, cabe que cuando a uno le abandonen las fuerzas y oiga lo de por allá resopla, uno termine en manos de alguno de esos presbíteros que revuelan en torno a los moribundos, compartiendo chocolate y pidiendo confesión. Todo Ortega tiene su padre Félix García. Pero no tiene por qué pasarme. No soy Ortega y poco va a sacar nadie de que yo haya visto la luz antes de entrar definitivamente en las tinieblas. Bien visto, no ser famoso también tiene sus ventajas.

01/09/2007

 
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