ARTÍCULO

El escritor sí tiene quien le ordena

Alfaguara, Madrid, 1997
614 págs.
 

«Como si ya estuviera muerto», dizque le dijo Gabriel García Márquez a Dasso Saldívar cuando éste le anunció que iba a escribir su biografía. Lo que G. G. M. no pudo sospechar es que D. S. la haría como si ya estuviese disecado.

Después de embotellarse uno las seiscientas once páginas del libro (incluyo hasta los índices, pues menda es lector omnívoro), la impresión que resta es la de que el autor domina su materia a la perfección y ha invertido, de veras, una incansable energía en el acopio de datos. Pero al mismo tiempo, el resultado final suena como la demostración del argumento ontológico de la existencia de Dios según san Anselmo. Yendo a cierta altura del volumen, uno empieza a suspicacear que Saldívar se ha trazado una cronología inflexible de la vida y milagros de G. G. M., y que su investigación es toda una empresa ad hoc, destinada a demostrarnos que tiene razón en haber confabulado la susodicha cronología. ¡Ojo!, no quiero decir que los datos sean falsos, ni mucho menos falseados, pero en verdad en verdad os digo que si queréis una prueba contundente de la predestinación de las almas, leáis El viaje a la semilla.

Algo más que queda, al cabo de las seiscientas once páginas, es la (renovada) convicción de que en la edición hispanoamericana urge la presencia de ese personaje que en Alemania es el Lektor (distinto del Leser, del lector de a pie): vale decir, alguien que revise el manuscrito antes de ir a la imprenta y le llame la atención al autor acerca de posibles embelecos, repeticiones innecesarias, inevitables despistes y, ¿por qué no?, errores y hasta posibles mejoras del texto. Señalo esto porque Elviaje a la semilla es una orgía de la reiteratividad. Apuesto doble contra sencillo a que suprimiendo los fatigosos ritornellos el libro se aligeraría en unas ciento cincuenta páginas, y me quedo corto. Valga como botón de muestra la nota 22 del capítulo 13, que anticipa el texto principal que sigue, y lo vuelve obsoleto, así como a la nota 23. Sin ir más lejos.

Y por cierto que las notas a pie de página, aquí, son un mundo per se. Baste otro botón de muestra: el texto principal se inicia con la frase «Aquel viaje que hizo Gabriel García Márquez con su madre a Aracataca a principios de marzo de 1952»... y, ¡zas!, la primera nota a pie de página ya en la segunda línea. Obediente, uno la busca (pág. 471) y se encuentra con lo siguiente: «1. Véase nota 37 del Capítulo Nueve». Leerlo funciona como el golpe de timbal en la sinfonía homónima de Haydn. Los sentidos se alertan y despabilan: ¿no sería lo congruente incluir en este momento la nota completa, y que en la nota 37 del capítulo noveno se nos remitiese a la primera del primer capítulo? Lagarto, lagarto. El lector avisado se pertrecha de recado de escribir y se dispone a no dejar pasar ni una más de éstas.

O de éstos: los errores. Un hermoso verso de Aurelio Arturo, mal citado en la pág. 219 (y luego bien en las págs. 300 y 443), provoca la curiosidad por el índice onomástico, y resulta que uno se topa allí con un desaguisado caótico en las primeras ocho líneas. Por bastante menos que semejante bagatela, la Citroën o la Mercedes mandan retirar algún modelo de la circulación, hasta reparar el defecto.

En otro orden de cosas, Saldívar se queja constantemente de la gabomanía de los colombianos, que ha hecho desaparecer documentos incunables de la vida del aeda de Aracataca, pero también él ha sucumbido con armas y bagajes a una gabomanía distinta: su prosa está esmaltada de biografías luciferinas, años erráticos, corazones imbatibles, silencios líticos, aguas providenciales, sombreros luctuosos, destinos apocalípticos, edades inverosímiles y hambres peregrinas. Ad libitum. Y adnauseam. Pero sólo dispongo de tres folios para la reseña, y ni siquiera podré hablar del «mamagallismo» (ironía, tomadura de pelo) característico de G. G. M. y sus amigos del Grupo de Barranquilla. ¡Hélas!

A todo esto, no estará de más decir que El viaje a la semilla es un intento bastante serio de rescatar y fijar por escrito hasta los menores incidentes de los primeros cuarenta años de la vida de G. G. M., y habrá que tomarlo muy en cuenta cuando Colombia termine por solicitar a la Santa Sede la canonización de San Gabo. Y es que su autor se ha propuesto no dejar ni un solo cabo por atar, ni un solo extremo por tocar con el otro, ni una sola aguja en el pajar de los recuerdos. Consiguiendo como efecto (a buen seguro involuntario) que G. G. M. se nos aparezca casi como un simple amanuense de su propia memoria. Aunque, eso sí: cuando la memoria de Gabo descoincide con el cronograma que Saldívar ha establecido a priori para él, llega el tío Dasso con la rebaja y no vacila en llamarlo al orden: una docena larga de correcciones en este sentido, en el cuerpo principal del libro y, sobre todo, en las impagables notas, aseveran lo que digo. Y hay algunos puntos en esta biografía, en la reconstrucción de episodios esenciales, que hacen enarcar las cejas del lector avisado, con harta cargazón de dudas. Ejemplo I: se habla hasta el cansancio del duelo en que el coronel Nicolás Ricardo Márquez, el abuelo de G. G. M., se vio precisado a matar a Medardo Romero. Pero luego, la descripción del duelo (pág. 43) es lisa y llanamente la de un homicidio a mansalva y a sangre fría. De haber sido como Saldívar lo cuenta, se explica la frase del coronel a su nieto, transida pues de remordimientos: «¡Tú no sabes lo que pesa un muerto!». Y ejemplo II: con la reconstrucción del alevoso asesinato de Cayetano Gentile (modelo de Santiago Nasar en Crónica de una muerte anunciada), en la pág. 267, uno no sabe a qué carta quedarse sobre la conducta de la madre del occiso: ¿era ciega y sorda? (léase atentamente el párrafo final de la página que cito).

Como conclusión de una lectura apasionada y minuciosa durante diez horas, a un promedio de página por minuto, surge la pregunta de por qué Gabo –si es cierta la tesis de Saldívar sobre la génesis de Cien años de soledad– no comenzó su obra maestra con una cita embozada de Daphne du Maurier: «Anoche soñé que había vuelto a Aracataca». ¿Por qué, a cambio, nos propinó esa frase acerca de un pelotón de fusilamiento, un tal coronel Aureliano Buendía y su papá que lo llevó a conocer el hielo? Imprevisible este Gabo, siempre mamando gallo.

01/05/1997

 
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