ARTÍCULO

Contar historias sin aburrir

Mondadori, Barcelona
336 pp 18 €
 

Para empezar a hablar de El escolar brillante, obra ganadora del último Premio Jaén de Novela, podríamos traer a colación las palabras que su protagonista le dedica al Huckleberry Finn de Mark Twain: «Es una novela que habla, en el fondo, sobre cosas importantes, como la amistad, la libertad y la dignidad de las personas, pero como sin darle demasiada importancia». De esa forma, como el norteamericano, Rodríguez Alcázar nos brinda una historia que, en principio, puede parecernos ligera e incluso superficial, pero que, poco a poco y de manera casi imperceptible, va tomando solidez y peso.Así pues, para cuando nos queremos dar cuenta, la sátira y la picaresca han dado lugar a una amarga y desesperanzada reflexión sobre la falta de ideales y el desarraigo propios de nuestro tiempo. De pronto, el pícaro Lázaro se ha convertido en el desorientado Holden Caulfield o, peor aún, en el indolente y pasivo Meursault de El extranjero.
El escolar brillante nos cuenta el periplo de Julio Aguilera, un mediocre estudiante que, a duras penas, ha logrado terminar Filología Inglesa y se encuentra con que no sabe qué hacer con su vida.Al poco, no obstante, descubre que, gracias a la falsificación de su expediente, van a concederle una beca para hacer el doctorado en una universidad estadounidense.Aguilera es consciente de la inexistencia de pruebas que, llegado el caso, refrendasen los méritos aducidos; de todos modos, acuciado por estrecheces económicas y por la necesidad de hacer algo que dé rumbo a sus pasos, decide hacer las maletas y ponerse en marcha hacia la ciudad de Saint Louis, en el Estado de Missouri. Allí trabaja como lector de español y se codea tanto con alumnos como con profesores e intelectuales de la más variada catadura. Asimismo, su tutor le encomienda la traducción de un libro, escrito por un tal J. Bird, cuyo título –The Bright Scholar– coincide, en la peregrina traducción de Aguilera, con el que da nombre a su propio relato. Pero no será esa la única coincidencia; con el tiempo, veremos hasta qué punto el protagonista de El escolar brillante va siguiendo los pasos, y cometiendo los mismos errores, de quien escribiera la otra novela, también lector de español en Saint Louis.
En una entrevista publicada en El País al poco de conocerse el fallo del jurado, el novelista galardonado, que, para sorpresa de todos, se revelaba como profesor de Filosofía de la Universidad de Granada y autor de un libro titulado Ciencia, valores y relativismo, afirmaba lo siguiente: «El primer mandamiento de un novelista es contar historias y hacerlo, a ser posible, sin aburrir a los lectores».Tal pretensión se cumple a la perfección en El escolar brillante, pues su lectura resulta de lo más amena y en ningún momento se cae en el tedio ni en lo enojoso.Al mismo tiempo, el discurso va hilándose, sin que apenas nos percatemos de ello, en torno a cuestiones fundamentales como la confianza, la soledad, el conocimiento, la falta de aspiraciones, el libre albedrío y otros tantos temas que nos abruman en nuestro día a día y que han sido objeto de reflexión filosófica desde que el hombre es hombre. Quizá sea ahí, precisamente, donde resida la grandeza de esta humilde novela: en la perfecta combinación de humor leve, por una parte, y profundidad escéptica, por otra.
La caricatura que se nos ofrece del mundo académico (no demasiado exagerada, por otra parte) resulta altamente efectiva y roza lo hilarante en más de un caso: así, por ejemplo, en las conferencias a las que apenas asiste nadie, en las ridículas representaciones que llevan a cabo los alumnos de español o en el patético personaje de la recién divorciada señora Plumb. La naturaleza híbrida del protagonista de la historia –mitad estudiante, mitad docente– le permite a Alcázar despacharse a gusto con ambos mundos. Con todo, termina primando una crítica mucho más densa que una mera ridiculización del medio universitario: a través de Julio Aguilera, un muchacho sin aspiraciones, educado en un barrio pobre, recién asfaltado, comprobamos lo difícil que resulta salirse de la casilla que nos es asignada en nuestro nacimiento y, en cambio, lo fácil que es perderlo todo cuando hemos logrado despuntar. Es, pues, la fábula de un perdedor al que, de repente, se le ofrece la oportunidad de ganar, pero que, demasiado familiarizado con el fracaso, ignora cómo ha de comportarse en ese contexto.
Si algo negativo puede achacársele a El escolar brillante es, quizás, el escaso desarrollo que concede a historias y personajes secundarios. Exceptuando ciertos casos –sobre todo el de la mentada señora Plumb–, la mayoría de los que rodean a Aguilera no aparecen más que esbozados por la desidia del personaje. Hasta la chica de la que se enamora se nos presenta de una manera bastante superficial. Es muy posible que se trate de algo intencionado, esto es, de un recurso del que se sirve Alcázar para expresar el carácter desatento e inconsciente de su personaje principal, que es, al fin y al cabo, quien nos relata la historia.Aun así, se echan en falta algunos detalles más en torno a sujetos tan ricos y curiosos como los otros lectores de español (en especial Dave), el estudiante colombiano obsesionado con cuestiones epistemológicas, el compañero de piso de Aguilera o su tutor de doctorado, el cáustico Horacio Acevedo.
En cuanto al resto, no puede añadirse mucho más, salvo que la narración está plagada de aciertos: valga citar la desencantada ironía de Aguilera, que nunca revierte en alegría exacerbada ni en pena desoladora; los agudos consejos y comentarios de su amigo en España, de nombre Pepito Martín; las anécdotas que, de vez en cuando, intercala a propósito de su familia o de su vida pasada; o los fragmentos explicativos que se insertan bastante a menudo, adosados a un lateral de la narración principal, extraídos de The Bright Scholar o de otros libros o artículos que caen en manos de Aguilera.
Estamos, en definitiva, ante una primera novela muy recomendable y muy prometedora, que interesará a los más diversos temperamentos y que, sin duda, hará que más de uno se sienta identificado y solidarizado con la historia del desarraigado escolar Julio Aguilera, un ejemplar que, por desgracia, abunda cada vez más hoy en día.

01/06/2006

 
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