ARTÍCULO

Demasiado humano

Alfaguara, Madrid, 280 págs.
 

La novela de Josefina Aldecoa El enigma enfrenta al lector, en efecto, con un hondo e inquietante enigma: «¿por qué en algunos casos la relación entre iguales y superiores funcionaba y en otros no? ¿Por qué?... Era un enigma». La verdad es que la narradora resuelve el enigma, con muy adecuado sentido de la oportunidad, en las últimas páginas de la obra. «Sólo los seres inseguros, vanidosos, inmaduros desean tener al lado admiradores incondicionales, por vulgares que sean. Esa puede ser la clave del enigma.» Así parecen ser, pues, los seres que necesitan «tener al lado una mujer inferior».

Establecer con rigor la tipología de las parejas humanas, hombre y mujer, póngase por caso, no debe de ser empresa sencilla. El estudio de esa tipología seguro que debe de requerir, como poco, un bien financiado equipo de psicólogos, sociólogos, antropólogos y filósofos, con dedicación exclusiva. Sin embargo, buena parte de las conclusiones de este estudio se ofrece en esta novela, con displicente elegancia, con superlativa modestia intelectual, mediante la minúscula concesión de una perífrasis de posibilidad... «puede ser la clave del enigma». Bien pensado, si se restringe la clase «hombres» a quienes sean «inseguros, vanidosos, inmaduros», se segrega, según todos los indicios que aporta la novela, una muy considerable cantidad de miembros de esa clase. Con los demás, ¿qué hacer? También la narradora ha resuelto este problema, también en el último tercio de la obra. Los hombres que son, en verdad, brillantes tienen celos de sus mujeres, cuando ellas deciden ser brillantes. Cuando ellas destacan en su profesión y empañan los méritos de sus maridos, los hombres de esta subclase demuestran ser del tipo «inmaduro, vulnerable, celoso, susceptible e inseguro»; ante lo cual, la mujer de turno lo único que puede hacer es «quitar importancia a sus éxitos para tranquilizar...» a su marido. Es decir, lo único que puede hacer la mujer es anularse voluntariamente, para no agravar las inseguridades del marido del que se trate.

¿Se agota aquí la tipología del desequilibrio de la pareja matrimonial? No. Queda todavía, estremece pensarlo, «la más desoladora de las situaciones», aquella en la que el hombre es en verdad brillante, pero ella es esa «mujer inútil, ignorante, exigente, que no valora a su marido más que en la medida en que tenga éxito social o económico». La verdad es que la escritora pasa de puntillas sobre tan dolorosa situación, y quizá reserve sus investigaciones para obras futuras, en las que acaso aclare por qué esos hombres brillantes soportan una situación a todas luces intolerable. La escritora, con ecuánime imparcialidad, ante el sorprendente silencio de esos no menos sorprendentes varones, denuncia a estas mujeres: «Bertas de todo el mundo, Bertas dominadoras, que aceptaban las aventuras de sus maridos siempre que él no renunciara a guardar las apariencias de normalidad y familia unida». La mujer del protagonista de la novela, la mujer del profesor universitario Daniel Rivera, se llama Berta.

Habrá quien piense que con esto ya se ha dicho la última palabra sobre las reglas que rigen los destinos de las parejas humanas. ¡Craso error! Hay situaciones, incluso, en las que el hombre es brillante, aunque no excepcional, pero tiene «una pareja mediocre. Y a veces insoportable. ¿Por qué continuaba esa convivencia a pesar de todo? Ni siquiera la belleza física, ni siquiera la influencia decisiva del atractivo sexual aparecía por parte alguna en muchos casos». Esto sí que complica las cosas. Si ni siquiera el sexo arregla esto, entonces sí que puede decirse que el problema es, como diría Ortega y Gasset, morrocotudo. También, en este caso, la narradora, con grácil levedad, deja el problema sencillamente planteado, y deja el turbador enigma en manos del lector, sin proporcionar datos adicionales que ayuden a entender los misterios de la psique humana. Excluido de esta tipología diferencial el falso hombre brillante, que, a la postre, resulta ser «inmaduro, vulnerable, celoso, susceptible e inseguro», queda una fascinante subclase que comprende, a su vez, los tipos del hombre brillante y el hombre no excepcional pero brillante. En sus resultados prácticos jamás podrán analizarse estos tipos, pues ambos reaccionan de igual forma, es decir, no reaccionando. Semejante refinamiento en lo tocante a matices tipológicos obligará al lector a reconocer que en esta obra los análisis sobrevuelan con alada imaginación el ignoto país de lo incomprobable.

Habrá lectores para quienes la urdimbre narrativa de esta obra, El enigma, no consiga riquezas compositivas por encima del nivel de exposición de un manual de sociología que se dedicara al estudio de la vida de la pareja. Aunque no les falten razones ni ejemplos, se equivocarán. Porque la obra sí tiene interés narrativo, sin duda; tiene esa clase de interés que ofrece todo argumento literario cuyo final solicita del lector conjeturas anticipadas, es decir, posee el interés que depende del desenlace.

Por otra parte, lo más interesante de esta obra no es, en modo alguno, el análisis del hombre, su variedad, la paciente descripción de las diferentes pero limitadas posibilidades de sus reacciones; lo verdaderamente interesante es esa vehemencia con la que se denuncian ciertos tipos femeninos que exhiben una inexplicada inclinación hacia el mal y la mediocridad. Daniel Rivera tiene durante una breve temporada una amante, Teresa, mujer inteligente y brillante profesional. Berta, la mujer de Daniel Rivera, sin embargo, pertenece a un género de mujeres al que Teresa define indirectamente de la siguiente forma: «no soporto a las mujeres vulgares, gallináceas y amargas». La propia Teresa, según la narradora, es la antítesis de la mujer gallinácea: «Teresa era atractiva. Nada que ver con las guapas oficiales, con las falsas libres, con las promiscuas superficiales y frívolas. Teresa era libre de verdad, dueña de sus actos, de sus decisiones, sin tabúes mezquinos». La verdad es que en esta obra no se hace con la mujer el esfuerzo que se hace respecto del hombre por comprender esa interesante tipología de la mujer gallinácea y amarga o de las guapas oficiales o las falsas libres, por no hablar de las superficiales y frívolas. Lo cual es una pena. Y es una pena porque pocos lectores habrá que cierren la obra sin expresar, aunque sea inconscientemente, el deseo de que la narradora se familiarice cuanto antes con la psicología de personajes como la serrana de la Vera o lady Macbeth, elegidas por el colegio electoral femenino, o con la de Barbazul o el conde Drácula, elegidos por el colegio electoral masculino. Seguro que rasgos de unas y otros, liberalmente distribuidos, habrían hecho de El enigma algo no más científico, exacto o certero, pero sí más entretenido.

01/04/2002

 
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