Lo cual me lleva al más controvertido de los seis libros aquí reseñados, la novela histórica de Barbara Chase-Riboud, Sally Hemings (Nueva York, Viking, 1979), con numerosas ediciones de bolsillo posteriores. La autora es una estadounidense negra, artista, poeta y autora de libros en prosa que ha vivido tanto en Estados Unidos como en Francia. Su ambición en esta novela es retratar el mundo de la esclavitud y la libertad estadounidenses en la época de la familia Hemings y de Thomas Jefferson, que se convirtió en su amo por medio de su matrimonio y que les confió el cometido de ser los criados domésticos y los principales artesanos a cargo del mantenimiento de Monticello desde la década de 1770 hasta poco después de su muerte en 1826.
Dado que el libro está dedicado «Al enigma de la histórica Sally Hemings» y que la nota introductoria de la autora hace referencia a «documentos incluidos en esta novela», me valdré de mi limitado espacio para ofrecer al lector un único ejemplo de su interpretación de la historia. Durante la campaña presidencial de 1800, que se tradujo en la elección de Thomas Jefferson, se produjo una breve revuelta de esclavos en Virginia, cuyo gobernador por aquel entonces era uno de los discípulos políticos de Jefferson, James Monroe. Después de que juicios rápidos y linchamientos hubieran provocado la muerte de entre treinta y cuarenta prisioneros negros, el gobernador Monroe escribió a Jefferson pidiéndole consejo sobre si poner límite a ulteriores ejecuciones y con qué método.
Según Chase-Riboud (pp. 260-262), Jefferson enseñó a Sally Hemings la carta de Monroe. La primera reacción de ella fue: «No puedes matar a todos los esclavos de Virginia». Cito ahora de los siguientes párrafos del texto de Chase-Riboud, escritos desde el punto de vista de Sally:
Se levantó de su escritorio y vino hacia mí.
–No –dijo–, no puedes matar a todo el mundo […]. Cuándo detener la mano del verdugo es una cuestión importante. Quienes han escapado del peligro inminente deben de tener sentimientos que les predisponen a extender las ejecuciones...
–Sigo diciendo que ya ha habido suficientes ahorcamientos. No puedes matar a todos.
Pensé en la nueva semilla plantada en mi vientre. Un nuevo esclavo.
–Debes comprender –empecé– que no se trata de felones o delincuentes comunes, sino de personas culpables de lo que nuestra sociedad nos obliga a tratar como un crimen, y que representan sus sentimientos de una forma muy diferente.
–Ya lo sé –me interrumpió.
Estaba apartado de mí, con la asustada e implorante carta del amo Monroe aún en su mano. Se volvió hacia mí, pero no se acercó. Me tenía miedo. Podía olvidar en privado, pero no podía olvidar en público. Más a él mismo que a mí, dijo:
–Es cierto que el mundo en general nos condenará para siempre si nos mostramos indulgentes o vamos un paso más allá de la necesidad.
Cuando oí la palabra «necesidad» le miré a los ojos, pero no dije nada.
–Nuestra situación es realmente difícil –continuó–, porque dudo de que pueda permitirse que esas personas vayan por ahí sueltas entre nosotros con seguridad.
–¡Mándalas al exilio entonces! Es lo que hacen los franceses y los británicos –le imploré. ¡«Esas personas» eran mi gente!
Incluso mientras hablábamos, él olvidaba. Destierro. ¿No era esa la opción que barajaba James? Apreté mis manos contra mi vientre. Si yo pudiera salvar a uno… a solo uno de ellos. […]
–Mándalos al exilio –susurré.
En su rostró asomó el alivio. «Gracias», dijo, y sus ojos se llenaron de una ternura inefable. Por primera vez en su vida, él tenía un atisbo del terror de la esclavitud y, al amarme, había reconocido este terror. En esta montaña, parecían decir sus ojos, podemos mantener todo a raya, incluso esto.
Alargó la mano tímidamente y me tocó. Parecía que aún seguía asustado de mí.
– Ahora déjame trabajar –dijo.
Dejé que me tocara, pero mi mente estaba ardiendo. Había tantas cosas que quería decirle.
Me volví y lo dejé con sus cartas. Subí la diminuta escalera a los pies de su cama hasta mi cuarto. No fue hasta que mi amo se fue a Filadelfia, con las votaciones para la presidencia aún dudosas, cuando me enteré de que el último de los rebeldes condenados había sido indultado y desterrado de Virginia por James Monroe.
Mis súplicas no habían sido en vano.
Muchos de mis colegas creen que es una especie de sacrilegio atribuir pensamientos y palabras concretos a un personaje histórico. Pero yo pienso que, siempre y cuando el autor o la autora deje perfectamente claro que está escribiendo ficción basada en hechos históricos, una novela histórica escrita con habilidad puede verdaderamente permitirnos comprender la experiencia de nuestros antepasados. Sally Hemings contiene numerosas escenas en las que Chase-Riboud retrata de forma convincente los pensamientos no solo de Sally, sino también de su madre Elizabeth y de su hermano mayor Jamie. Y he leído suficientes cartas y discursos de Thomas Jefferson como para admirar el modo en que esta autora ha captado el ritmo y el vocabulario de sus expresiones.
Un aspecto muy importante, y poco estudiado, de la vida intelectual de Jefferson es el de los papeles que desempeñaron las recomendaciones griegas, romanas y de la Ilustración en su propio pensamiento. Andrew Burstein, en Jefferson’s Secrets: Death and Desire at Monticello (Nueva York, Basic Books, 2005), subraya la importancia de los escritos clásicos, y de los de la Ilustración del siglo XVIII, en las obsesiones personales de Jefferson con la dieta, el ejercicio, la limpieza, los baños y el sueño. Tomó nota de las recomendaciones de los médicos suizos y franceses contemporáneos en relación con las virtudes de las frutas y vegetales frescos, así como de la moderación en el consumo de carne y de alcohol.
Por lo que respecta a la salud, el ejercicio y las relaciones con las mujeres, el ejemplo griego, tal y como lo estudiaron y reafirmaron los médicos de la Ilustración, puede que resultaran especialmente importantes para él. Para los griegos, las mujeres no estaban consideradas como las iguales intelectuales y morales de los hombres. Las esposas eran propiedad de sus maridos y los bastardos no recibían los nombres patronímicos de sus padres. Entre los atenienses se pensaba que una concubina que se mantenía para la producción de hijos libres desempeñaba un papel social positivo. Al mismo tiempo, como Jefferson leyó en la obra de varios autores franceses de la Ilustración, el coito era muy preferible a la masturbación. Es posible que todas estas lecturas justificaran para su espíritu interno los tipos de dieta, ejercicio y vida sexual que prefirió.
En relación con Sally Hemings, Burstein acepta la prueba del ADN de que ella dio a luz a los hijos de Thomas Jefferson. Pero evita las interpretaciones tanto romántica como racista de la relación. Por citar su propio resumen: «El enigma Jefferson-Hemings podría reducirse a algo bastante convencional. Suponiendo que Jefferson quedara convencido por los respetados fisiólogos cuyas obras poseía, habría considerado a su criada de un modo muy similar al de un aristócrata inglés que buscara placer en su casa con una criada joven, fértil, blanca y técnicamente libre pero completamente dependiente. El poder, en ambas situaciones, era muy real. Pero la situación de servidumbre de Sally en relación con otros esclavos, como la de toda la familia Hemings en general, se vio mitigada por una piel clara y la conexión genética con el suegro de Jefferson. Pero solo una fascinación más propia de la prensa amarilla debería inducirnos a concebir la relación Jefferson-Hemings como una gran historia de amor, largo tiempo escondida del público general y ahora revelada de repente por detectives forenses» (p. 158).
Para mí, el aspecto que más invita a la reflexión de la investigación de Burstein es su análisis de la determinación con que Jefferson, a lo largo de toda su vida adulta, acumuló los documentos, los recortes de periódico, las copias de las cartas que recibía de amigos y enemigos, con sus respuestas a esas cartas, todo ello con el propósito consciente de asegurar que su interpretación de la(s) revolución(ones) norteamericanas resultaran accesibles para las futuras generaciones. Para Jefferson se habían producido en realidad dos revoluciones: la de 1776, que había dado lugar a la independencia de las antiguas colonias británicas, y la de 1800, que había impedido, con el triunfo del partido Democrático-Republicano, que los federalistas convirtieran a los nuevos Estados Unidos en una monarquía al estilo británico o una república dominada por la rica minoría conservadora.
Por citar una vez más a Burstein: «Jefferson rehuyó una protoaristocracia de ese tipo, cuya dudosa demanda significaba constreñir la definición de “ciudadanos destacados” a ciudadanos con dinero. Él prefería, en cambio, abrir el gobierno a aquellos que abrazaban la energía y el espíritu de la gente corriente. Su definición de respetabilidad no era oligárquica; defendía las propiedades pequeñas e independientes de tierra más que la riqueza que estaba cuestionablemente ligada a las conexiones personales de alguien con aquellos situados en la cima del poder nacional. En Filadelfia, la capital de la nación durante gran parte de la década de 1790, hombres de origen humilde pasaron a ser políticamente activos, entre ellos impresores, comerciantes y fabricantes a pequeña escala. Estas personas encarnaban el movimiento jeffersoniano» (p. 192).
Estos fueron los ideales que mantuvo durante toda su vida el más intelectual y personalmente creativo de los presidentes estadounidenses, inexplicablemente retrógrado en su racismo y antifeminismo, pero aun así el más importante de los dirigentes políticos de finales del siglo XVIII, que insistió en que la nueva república estadounidense debía convertirse en una democracia verdaderamente representativa para el conjunto de la sociedad.
Traducción de Luis Gago
Este artículo ha sido escrito por Gabriel Jackson especialmente para Revista de Libros.