ARTÍCULO

El Dos de Mayo

 

Que las naciones son realidades naturales y objetivas que existen con independencia de la voluntad individual de los miembros que las constituyen es la idea que ha fundamentado, desde hace dos siglos hasta hoy, el meollo de cierto discurso nacionalista. En consonancia con este principio, es la patria la que hace a los patriotas a medida que éstos son capaces de descubrir la esencia de esa realidad que les precede y a la que pertenecen. Sin embargo, y a pesar del poder movilizador de esta retórica, las ciencias sociales llevan algunos años señalando que las naciones, así como las identidades nacionales, no son sino construcciones histórico-culturales. Desde este punto de vista, las naciones no anteceden a los individuos que las constituyen, sino que son el resultado de su voluntad omnímoda de constituir un proyecto político común. Por tanto, las naciones se hacen. Como decía el historiador Carlos Serrano –a quien, por cierto, se dedica este libro–, «habrá España, pues, mientras haya españoles; o Francia, para los franceses. Esto es, individuos que se reconozcan bajo estos nombres y tengan en común un proyecto para un futuro de convivencia, puesto que, contra lo que dicen los nacionalismos, no es la patria la que hace al patriota, sino los patriotas los que hacen a la patria»Carlos Serrano, El nacimiento de Carmen. Símbolos, mitos y nación, Madrid, Taurus, 1999, p. 9.. La pregunta –a la que, en parte, pretende responder el libro de Christian Demange– sería la siguiente: ¿cómo se forja una nación?
La nación, que emerge como actor político al compás de las revoluciones liberales del XIX, heredó gran parte del trabajo de centralización y formación del Estado desarrollado por el absolutismo. Sin embargo, la ruptura fundamental con el Antiguo Régimen se derivó de la consagración del pueblo como fuente de toda legitimidad política. Los primeros liberales quebraron los vínculos sociales que descansaban en la autoridad del trono y el altar y se enfrentaron a la tarea de crear nuevos lazos sociales en un Estado que ya no daba cobijo a súbditos, sino a ciudadanos iguales en derechos y deberes. Para ello, los liberales de principios del siglo XIX crearon discursos sociales compuestos por mitos, símbolos y rituales que celebraban la comunidad de ciudadanos a la par que fundaban y legitimaban el nuevo orden político. En este sentido, la festividad del Dos de Mayo, creada por los próceres gaditanos para rendir culto a los mártires de la Guerra de la Independencia, forma parte del capítulo de liturgias políticas puestas en marcha por el liberalismo continental para hacer nación.
Como señala Christian Demange, si desde una perspectiva finisecular el liberalismo español se ha mostrado débil a la hora de promocionar lazos nacionales, en sus inicios dio muestras de vigor y precocidad. Mientras que en Francia, maestra de la pedagogía cívica, la fiebre por los monumentos dedicados a la memoria de los grandes hombres de la patria no despega hasta la revolución de 1830, en España el proyecto para la erección del obelisco del paseo del Prado se remonta a 1808. Que su construcción no se acabase hasta 1840 da cuenta de las hondas dificultades que tuvo el liberalismo español para afirmarse frente al absolutismo, primero, y frente al carlismo, después. Sea como fuere, la conmemoración de 1814 –la primera en celebrarse en la capital y sin la presencia del enemigo– reviste especial importancia en la medida en que fundó el patrón a seguir. En el decreto del 24 de marzo de 1814 donde se fija el ritual, los liberales españoles dan cuenta, desde el mismo preámbulo, de cómo y en qué sentido han de operar las liturgias cívicas, pues todo el articulado del decreto apunta en la misma dirección: las Cortes proclamaban la nación de iguales nacida en el fragor de la batalla contra Napoleón y fundaban un modelo de ciudadanía basado en la abnegación y la entrega absoluta al servicio de la patria, que se celebraba rindiendo culto a los mártires de la insurrección. Además, el decreto daba entrada a dos gestos que demostraban un gran dominio, por parte de los ideólogos liberales, de los resortes de la nueva religión civil. En primer lugar, la exhumación y posterior presencia de las reliquias de los héroes en la celebración permitía asociar el fervor patriótico al fervor religioso. En segundo lugar, la soberanía nacional se afirmaba simbólicamente con la entrega de la llave de la urna que encerraba los restos de las víctimas a un grupo de diputados para que el Congreso Nacional fuese su custodio.
De esta guisa, el liberalismo español creó un potente mito que, acompañado desde el primer momento por la literatura y las artes, logró simbolizar, a la par, la nación en armas que toma las riendas de su destino y la lucha contra la tiranía política. Sin embargo, a medida que avanza el siglo XIX, el mito va perdiendo su poder de convocatoria. Y no fueron sólo las restauraciones de Fernando VII las que minaron su poder –como afirma el autor–, sino, sobre todo, el olvido al que fue condenado por el liberalismo conservador que se desarrolla en España en la segunda mitad del XIX. Un liberalismo conservador preocupado, sobre todo, por contener el potencial revolucionario y democrático que subyace en la celebración del Dos de Mayo. Así, con raras excepciones en que la fiesta vuelve a brillar –como en el «Sexenio democrático» o en 1908, fiesta del centenario–, el Dos de Mayo, compitiendo con nuevas festividades políticas que jalonan el calendario, pasa, en el lapso de dos siglos, de potente herramienta para la construcción de la identidad nacional a mera festividad de la Comunidad de Madrid.

01/04/2007

 
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