ARTÍCULO

El don de la ocurrencia

Plaza & Janés, Barcelona, 1998
230 págs.
 

Tras una primera y sorprendente incursión narrativa verdaderamente brillante, me refiero por supuesto a su novela Viaje a Pantaélica, llena de ingenio, de imaginación, de «maldad» y de buen hacer, la sucesiva (y un punto precipitada) producción novelística de nuestro dramaturgo se redujo, en buena medida, a continuar con desigual acierto la fórmula exitosa de la primera hasta caer en un peligroso manierismo que, acaso, intuyó el propio autor tras la publicación de Oceánida.

En efecto, las novelas de Nieva «pecan» de una tan fértil y ubérrima imaginación que, se diría, el autor parece no conceder demasiada importancia a la configuración general del relato: como si se limitara (en los dos sentidos) a la hilazón de secuencias independientes, o casi, haciendo caso menor de estructuras, planificaciones y otros utillajes formales que pudieran venir en su ayuda a fin de concretar en algo más que una mera «procesión de ocurrencias» todo el caudal delirante y transgresor de su pluma. Ver de conformar, en fin, un mínimo sentido, vale decir, una base de «verdadera realidad» (y cuidado que aquí no se está hablando de «realismo») que confiriese cabal entidad a sus disparatadas y teatrales criaturas: a la postre, las «novelas» de Nieva se conformaban con ser una «mera» sucesión de estampas, ágilmente descritas, sarcásticamente resueltas: una fulgurante hilera de fuegos artificiales, una danza colorida de antorchas, un rápido jeribeque aéreo que, al cabo, sólo deja un hálito de brillante fogonazo (verbal y de situación) que cautiva un segundo sin iluminar realmente.

En su última novela, esta Carne demurciélago que ahora nos ocupa, parece Nieva haberse dado cuenta de todo ello y abre sus páginas con un prólogo muy breve que es toda una declaración de principios, un esbozo de poética explícita: asegura que ha escrito, en primera persona, (con)fundiendo autor, narrador y protagonista, una metabiografía sentimental, dejándose llevar por los recuerdos adolescentes en un Madrid soñado y literario de posguerra en que ha transmutado recuerdos y lecturas según las leyes del ensueño, de manera que el lector advertirá «fácilmente» que «el imponente realismo de los sueños es una enfatización grotesca de la realidad objetiva».

Para lograr su objetivo, esta visión onírica y melancólica, Nieva decide dotar a su obra de una «estructura dramática», con exposición, nudo y desenlace, eso tan «clásico» que él casi nunca practica en su teatro, pero que sí se aprecia en otros narradores-dramaturgos, como Valle o Torrente. Sin embargo, despreocúpese el lector, la presunta «unidad dramática» de la novela y ese leve intento de organización se desbarranca en seguida: en cuanto que la prodigiosa imaginación de Nieva es tentada, una vez más, por la facilidad (y aun maestría) con que el manchego enhebra la sucesión de secuencias onírico-costumbristas: lo cual no es ni bueno ni malo, en tanto que los modelos elegidos (Vélez de Guevara, Torres Villarroel, Quevedo... y más cerca, Gómez de la Serna) manifiestan la misma «deficiencia».

Lo que, acaso, no es de recibo, es intentar debelar el casticismo costumbrista con altas dosis de lo mismo, so capa de modernidad surrealista. Porque a la postre, esta Carnede murciélago no es sino un sainete madrileño pasado por un nuevo azogue (pero, ay, no tan genialmente esperpéntico, más proclive al chafarriñón grotesco) de la calle del gato: «Era la suya como una novela realista de Galdós, sobre la decadencia hogareña y sobre la mala suerte en Madrid, pero distorsionada por la modernidad», dice en un momento dado el narrador a propósito de las vicisitudes de doña Lourditas, la ínclita y evanescente profesora de piano de su hermano Ignacio, y parece, con un guiño, retratar su propia invención.

De evanescente he calificado a uno de los personajes protagonistas, con más motivo debo destacar este extremo en el resto de la disparatada compaña que habita la Casa de los Patos: nombres revestidos de «hábitos pintorescos», pero sin verdadera función en la historia: ¿qué se hizo del verdugo, de la familia nazi, de la hechicera? Como en los anteriores «divertimentos» de Nieva, decaen en meras sombras capaces, a lo sumo, de provocar el comentario chispeante, la paletada brillante, la escena paródica: queda demasiado claro que Francisco Nieva «se divierte» escribiendo y, en muchas ocasiones, sus lectores también.

En efecto, con una técnica que, como digo, le ha acompañado en toda su producción narrativa, la de andar y ver, y describir al paso, Nieva construye una ficción costumbrista y delirante a partir de dos supuestos: el retrato de los personajes de la «Casa de los Patos» y sus garbeos por el «Madrid» de la posguerra acompañado de su hermano. El truco de este «re-sueño» consiste en que Nieva es a la vez el de ahora y el de entonces, igual que la ciudad: autárquica, pueblerina y manchega al par que cosmopolita, bronca y posmoderna. De hecho, una de las escenas más descacharrantes del libro describe una Puerta del Sol a la que se accede con entrada y en la que viven todos los okupas y chabolistas desalojados de la periferia: una escena de antología, embuchada en un libro que, de pecar, lo hace por exceso, es decir, por el prurito de acumular ingeniosidades y «visiones» sin más fin que el de rellenar las páginas de su novela más evocadora y personal. Un libro, pues, para incondicionales, que verán virtudes y genio donde otros sólo corroborarán una forma de narrar tan chispeante como fatigosa.

01/11/1998

 
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