ARTÍCULO

El don de la duplicidad

 

Como señala el autor de este admirable ensayo sobre un aspecto poco estudiado de la literatura inglesa del siglo XVIII –que, sin embargo, leemos como si nos atañera directamente–, en cierto sentido hoy en día todos somos escépticos. A comienzos del siglo XXI, la enorme cantidad de información disponible, la aceleración del cambio cultural y la conciencia cada vez más extendida de nuestros condicionantes psicológicos e históricos nos invitan a sospechar sistemáticamente de la autoridad de cualquier discurso. La diversidad y el pluralismo posmodernos han supuesto la pérdida de la inocencia intelectual y, con ella, de la confianza en poder acceder realmente a ningún tipo de saber. Y, sin embargo, como no podía ser menos, seguimos empeñados en pensar, conocer, averiguar, buscar.
Nuestro escepticismo descreído, casi siempre asociado a la ausencia de fe re­ligiosa, a la desilusión y la falta de en­tusiasmo, contrasta con la acepción original del término. En la Grecia clásica, escépticos (o pirronianos) eran quienes, conscientes de las limitaciones de la razón, aseguraban que la mente humana no puede percibir la esencia de las cosas. El pesimismo aparentemente implícito en dicha visión sólo podría superarse, según Parker, con una síntesis capaz de aunar la consciencia de impotencia intelectual con una actitud de búsqueda permanente. La postura deseable del escéptico encarnaría, por tanto, una coexistencia paradójica: la de la duda filosófica con el entendimiento que genera el no saber. Dicha actitud no es tanto una posición intelectual como una práctica o proceso que se desarrolla principalmente mediante el cultivo de la ironía.
¿A qué nos referimos cuando hablamos de ironía? Concepto escurridizo y proteico donde los haya, de imposible definición, en principio se presenta bajo innumerables y muy diferentes aspectos, desde la pretensión de ingenuidad y la comicidad, pasando por el eufemismo, la reticencia o la fina sátira, hasta la burla y el sarcasmo declarados. Pero, por debajo de sus variadas manifestaciones, la ironía revela sobre todo las contradicciones fundamentales de nuestra vida, poniendo de manifiesto el absurdo de muchas situaciones. Así, el contraste entre lo que uno cree –o dice– ser y lo que muestra, por no hablar de la inconsciencia que nos oculta aquello que, sin saberlo, estamos provocando, estalla de tanto en tanto en eso que llamamos «ironía del destino», cuando sucede exactamente lo contrario de lo que esperábamos.
Frente a lo que comúnmente se piensa, la ironía no se reduce a utilizar las palabras queriendo decir algo diferente de lo que decimos. Si, en tanto que figura retórica, designa la yuxtaposición de perspectivas opuestas en un enunciado, para el autor de este libro, la ironía es una manera de vivir en la ambigüedad y la contradicción. O, en palabras del propio Parker, la condición de estar «in two places at once». No se refiere, por supuesto, al milagro de la bilocación, atribuido a muchos santos desde tiempos inmemoriales hasta nuestros días, sino a algo más sutil, «a certain doubleness of stance», que, en sentido amplio, podría traducirse como el don de la duplicidad o del desdoblamiento.
Dicha cualidad, que ya demostrara Sócrates en su brillante defensa ante los atenienses, basada en la apología de la ignorancia («sólo sé que nada sé») como única forma de conocimiento auténtico, iba a florecer, según Parker, de forma especialmente significativa en las obras de varios genios británicos del siglo XVIII, entre ellos Alexander Pope, David Hume, Laurence Sterne y Samuel Johnson. Cada uno a su manera –el autor les hace hablar directamente a través de citas muy bien elegidas– se encontraría «en dos sitios al mismo tiempo», a menudo entre las convenciones sociales de su entorno y aquello que la lógica y la experiencia le dictaban, sin que los dominios de la razón y el instinto entraran por ello en conflicto. Lo que queda fuera de toda duda es que tales contradicciones, características del llamado Siglo de las Luces, se expresaron sin cesar mediante diversas formas de ironía.
El escepticismo y la ironía, junto al rechazo de todo dogmatismo, llevaron a la mayoría de ellos a escribir «ensayos», esto es, intentos, pruebas, tanteos, a la manera del maestro Montaigne, escéptico por excelencia, que, apuntando a la duplicidad esencial de la naturaleza humana, había escrito en «De la gloria»: «Somos, ignoro el porqué, dobles en nuestro interior, lo que hace que aquello que creemos no lo creamos y que no podamos librarnos de aquello que condenamos». De sus Essais surgió el término inglés «essay», y de ellos tomaron el título y también la inspiración para algunas de sus obras los escritores mencionados. Pensemos en el Ensayo sobre el hombre (1734) de Pope, o en Una investigación sobre el entendimiento humano (1748) de Hume, escrita sin duda a imitación de John Locke y su célebre Ensayo sobre el entendimiento humano (1690). Frente a la idea de sólidos tratados, el espíritu divagador de los ensayistas (hablando de divagadores, tanto Sterne como Johnson representan dos casos realmente ejemplares) venía a dar cuenta del pensamiento como un proceso personal y no como una acumulación de teorías pretendidamente objetivas. No por casualidad, el libro que comentamos se autocalifica de ensayo, con plena consciencia de lo que eso significa.
En realidad, más que de un ensayo, se trata de cinco, pudiendo leerse por separado o en el orden que uno prefiera. Los cinco aparecen sólidamente ensartados, eso sí, en la médula espinal de la elegante y clara introducción, que resuena como un eco en los oídos del lector, otorgando unidad al conjunto. Dos de ellos están dedicados a dos de los más grandes filósofos británicos: Locke, conocido como el padre del empirismo, y el escocés Hume, al que po­dría­mos considerar su hijo espiritual por haber llevado hasta las últimas consecuencias las ideas del primero. Para Locke, no existe la verdad objetiva; nuestro entendimiento es como una cámara oscura, de manera que lo único que podemos conocer realmente es nuestra propia experiencia. Yendo todavía más allá, el escepticismo extremo de Hume le llevaría a asegurar que no podemos avanzar un paso fuera de nosotros mismos y de nuestras percepciones, lo que, en pura lógica, suponía negar la noción de causa-efecto, gracias a la cual creemos saber cómo funciona el mundo que nos rodea. Así, por ejemplo, si tenemos un objeto en la mano y lo soltamos, enseguida deducimos que ha caído por eso. No obstante, según Hume, aunque ambos hechos están concatenados, no podemos asegurar que un acontecimiento causó el otro. Dicha filosofía de la incredulidad representaba un fuerte reto para el sentido común y suponía una invitación a cuestionar cualquier idea preconcebida: «En todos los episodios de la vida deberíamos mantener siempre nuestro escepticismo. Si creemos que el fuego quema, o que el agua refresca, es sólo porque nos cuesta demasiado esfuerzo pensar de otra manera».
Lo interesante del libro es que su objetivo no se centra tanto en las consecuencias filosóficas de dicho escepticismo como en el arte de saber vivir en medio de las contradicciones. La razón llevada al extremo conduce a la melancolía, e incluso al delirio. En pura lógica, ni siquiera podemos estar seguros de poseer una identidad, pues la idea del yo es sólo una construcción a partir de sensaciones siempre cambiantes: «No tenemos elección, salvo entre una falsa razón o ninguna», escribió Hume. Pero, en vez de desesperarse por eso, añadía a continuación: «Por suerte, ya que la razón es incapaz de disipar estas nubes, la naturaleza basta para tal propósito, y me cura de esta melancolía y delirio filosóficos [...]. Me voy a cenar, juego una partida de backgammon, converso y estoy alegre con mis amigos y, después de tres o cuatro horas de distracción, si retomo esas especulaciones, me parecen tan frías, afectadas y ridículas que mi corazón ya no puede volver a ellas. Así pues, estoy completa y necesariamente decidido a vivir, hablar y actuar como los demás en los asuntos cotidianos de la vida». El escepticismo extremo no le conduce, por tanto, a un callejón sin salida, sino a la coexistencia pacífica entre las esferas de la razón y el sentimiento. Para Hume, el placer de la compañía y la amistad, y las convenciones sociales que lo hacen posible, implican una simulación de inocencia cuando se está en público que, en rea­li­dad, no sería fingimiento sino necesidad y, en el fondo, una forma de naturalidad consciente.
Ese saber estar «en dos sitios al mismo tiempo» aparece personificado en cada uno de los protagonistas de este libro de manera diferente. Para Pope, la tensión entre los extremos dualistas de la razón y la pasión se resuelve en una suerte de concordia discordante que coloca al hombre, a la vez demasiado sabio y demasiado débil, en un «estado intermedio», atrapado «en la duda de actuar, o no hacerlo, en la duda de si preferir su mente o su cuerpo», lo que constituye precisamente «la gloria, la gracia y el misterio del universo».
La misma tensión vuelve a aparecer en el Tristram Shandy de Sterne, donde la obsesión del padre del protagonista por razonar y por controlar el mundo (incluidos sus propios instintos sexuales) aparece ridiculizada y contrastada con la personalidad del hijo/narrador, cuya espontaneidad y fluidez es tal que ni siquiera logra escribir sobre el tema que se propone. El desdoblamiento irónico en los dos personajes recuerda inevitablemente al propuesto por Cervantes en las figuras de don Quijote y Sancho Panza. No en vano, el Quijote era una de las obras favoritas de Sterne, y el título mismo de la novela (Tristram Shandy, cuyo significado es «Triste alegre») revelaba también una forma de duplicidad consciente: «Si me dejaran, como a Sancho Panza, elegir mi reino [...] sería un reino en el que la característica de los súbditos fuera reírse abiertamente. Y como las pasiones biliosas y más saturninas [...] ejercen una influencia tan mala [...] y como asimismo lo único que puede dominar y someter esas pasiones a la razón es el prolongado hábito de practicar la virtud, debería añadir un ruego a mi plegaria a Dios; que otorgara a mis súbditos la gracia de ser tan sabios como alegres».
Dicha doble aspiración se manifiesta de manera culminante en el úl­timo ensayo de este libro, dedicado al inclasificable Samuel Johnson. Su contundencia y moralismo, unidos a su sentido de autoridad y a una cierta agresividad en la forma de expresarse no podían ser en principio más opuestos al espíritu relajado del «shandeísmo». Pero, por otro lado, Johnson aparece como un escéptico radical por su resistencia a categorizar y, sobre todo, por su insistencia en señalar la pluralidad de puntos de vista que genera constantes desacuerdos de opinión: «A medida que un tema se vuelve más complicado y comprometido, y se extiende a un número mayor de relaciones, las diferencias de opinión siempre se multiplican, no porque seamos irracionales, sino porque somos seres limitados, pertrechados de diferentes tipos de conocimiento, prestando diferentes grados de atención, descubriendo uno las consecuencias que se le escapan al otro, ninguno capaz de captar la concatenación completa de causas y efectos, sino sólo una pequeña parte; todos comparando lo que observan con un criterio distinto y todos asociándolo a un propósito diferente».
Para Johnson, la inevitable multiplicidad se oculta también en el interior de cada individuo, de forma que «no tenemos ninguna razón para sentirnos sorprendidos u ofendidos cuando otros están en desacuerdo con nuestra opinión, ya que muy a menudo diferimos de nosotros mismos. No nos damos cuenta de con cuánta frecuencia cambiamos nuestras ideas porque el cambio suele ser imperceptible y gradual, y la última convicción borra la memoria de la primera». Semejante disconformidad obligaría a un diálogo constante no sólo con los otros, sino sobre todo con uno mismo, con la consiguiente renuncia a establecer conclusiones. Nada más expresivo, en este sentido, que la exquisita novela alegórica que Johnson dedicara a Rasselas, imaginario príncipe abisinio que, al igual que el protagonista de la leyenda budista, un buen día, descontento de su existencia en el «valle feliz», decide escapar de su palacio y su mundo de placeres para averiguar por sí mismo cómo desea vivir o, dicho de otra manera, cuál es su opción vital («choice of life»). El exótico escenario oriental, en apariencia destinado a la evasión de los lectores ingleses, emparentaba con antiguas leyendas que situaban el auténtico paraíso terrenal en Abisinia, junto a las fuentes del Nilo, como había señalado ya Milton en su Paraíso perdido (IV, 280-284). Sea como fuere, lo que el príncipe y sus compañeros descubren al final de sus muchas aventuras y pesares es que no hay elección posible, que la razón humana no está preparada para decidir si es mejor la vida del casado o la del soltero, el retiro del ermitaño o la actividad del hombre de mundo. De ahí el significativo título del último capítulo: «Conclusión, en la que nada se concluye».
Casi al comienzo de la historia, Rasselas ha escuchado de boca del sabio Imlac que «las causas del bien y el mal [...] son tan variadas e inciertas, tan a menudo enredadas la una en la otra, tan sujetas a accidentes imprevistos, que quien quiera asegurar su condición de manera incontestable, debe vivir y morir interrogándose y deliberando». En el inconcluso capítulo que, irónicamente, sirve de final a la historia de Rasselas, el príncipe y sus compañeros se refugian en una casa, mientras dura la inundación del Nilo; las condiciones climáticas no invitan a hacer excursiones, pero ya que han hecho acopio de un buen número de temas de conversación, se dedican a comparar las diferentes formas de vida que han observado y los «varios esquemas de felicidad que cada una de ellas ha formado». Como señala Parker al final de su ensayo de ensayos, dicha situación no es únicamente alegórica. Al igual que Johnson hace progresar en algún sentido a los viajeros de su Rasselas a través de la conversación (en contraste con los secretos deseos y aspiraciones que cada uno por separado abrigaba al principio de la novela), el diálogo en su sentido más literal, esto es, ese intercambio entre dos o varias voces que difieren y que, pese a ello, continúan hablando, representa el modelo básico de escepticismo como algo constructivo.
No puede decirse que nos encontremos ante un libro de fácil lectura. Su autor nos propone un reto en cada capítulo-ensayo, pero eso es precisamente lo que nos invita a degustarlo en pequeñas dosis, a saborearlo, digerirlo y volver a visitarlo con la sensación de encontrarnos siempre con algo nuevo. Aprovechando que la biografía de Boswell del doctor Johnson y su Rasselas han sido por fin traducidos al español, no estaría de más que nuestros editores, aun duplicando riesgos, repararan también en obras como ésta, apenas trescientas páginas de incesante estímulo intelectual para el lector. 

 

01/06/2008

 
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