ARTÍCULO

El diablo en los ojos

Siruela, Madrid
Prólogo y trad. de Luis Alberto de Cuenca
304 pp. 19,90 €
 

El escenario ameno para el amor por lo sobrenatural no es ya la campiña pastoril de la pasión humana. Se requiere otro ambiente para que el diablo se enamore: sin duda unas ruinas prerrománticas, entre madreselva, hiedra y raras flores de otro mundo; un paisaje decadente, buscado por los viajeros del grand tour, en el que un joven y melancólico caballero habrá de presenciar la aparición espeluznante de un demonio, visitante del más allá, que acabará por servirle amorosamente. Así podemos evocar la célebre escena inaugural de El diablo enamorado, una extraordinaria novelita de Jacques Cazotte acerca de los amores sobrenaturales del capitán don Álvaro y Biondetta/o, un diablo deliciosamente ambiguo que se le aparece entre las evocadoras ruinas de Portici, «restos de los monumentos más augustos derrumbados, rotos, dispersos, cubiertos de abrojos».

Don Álvaro de Maravillas, militar español en Nápoles, se lanza al mundo de lo sobrenatural, cautivado por el espiritismo: una invocación precisa en el lugar mágico se salda con la aparición de una horrenda cabeza de camello que, en tono lúgubre, le pregunta en italiano, «Che vuoi?». «¿Qué quieres?»; un enigma simbólico con el que se abren las puertas a un mundo fantástico; al curioso esoterismo ilustrado de Cazotte y, en parte, a lo que será la tradición gótica en la literatura europea. La diabólica pregunta –ese «Che vuoi?» que siglos más tarde resonaría al ser utilizado por Lacan para hablar del deseo– es resuelta con arrojo por Álvaro, por lo que el monstruoso ser se enamora de él y se ve obligado a servirlo. Primero, el seductor y andrógino demonio adopta la forma de un perro faldero, luego la apariencia de un bellísimo paje, Biondetto; más tarde, poco a poco, se desvela la quimérica identidad de una doncella que va atrapando a Álvaro en sus redes. Nunca olvidamos, sin embargo, que tras las máscaras de la ingenua seducción se esconde todo el horror de lo infernal, que la hermosa Biondetta guarda al diablo en los ojos.

Pero no desvelemos más de la trama, tan dieciochesca y rica en misterios. Un lector de excepción, Jorge Luis Borges –que seleccionó y prologó esta obra en 1978 para «La biblioteca di Babele» propuesta por el editor Franco Maria Ricci–, elogiaba el delicado estilo de Cazotte, «deliberadamente frívolo», que juega con lo terrorífico sin llegar jamás a su abuso. Nos explicamos su preferencia en muchos aspectos: la sutileza de los episodios amorosos, las intrigas enmascaradas en palacios venecianos, la utilización del sueño y la vigilia para crear mundos paralelos que confluyen. Estamos, sin duda, ante un texto cargado de simbolismo que prefigura los grandes hallazgos góticos y románticos. Cazotte escribe como un ilustrado, pero su obra es pionera de lo fantástico y contiene latentes las enseñanzas esotéricas en las que él mismo estaba versado.

Esta nueva edición de Le diable amoureux, que retoma la traducción de Luis Alberto de Cuenca publicada en 1985 con el prólogo de Borges, resulta extremadamente atractiva: en primer lugar, contiene un ensayo de Gérard de Nerval, gran valedor de Cazotte, acerca de «su vida, su juicio y sus profecías y revelaciones». En efecto, Cazotte ingresó en la secta de los marinistas y gozó siempre de cierta fama de iluminado: fue célebre la profecía que le atribuyó La Harpe acerca de la Revolución, del ajusticiamiento de reyes y nobles, y aun de su propia muerte, años antes de que sucediera. Lejos de modelos más racionalistas, como los relatos de Voltaire, Cazotte nos desvela otro siglo XVIII, bien distinto del enciclopedista e ilustrado. La mezcla de la ensoñación y la realidad, marca de la mejor literatura, nos habla, en palabras de De Cuenca, «de un siglo XVIII muy diferente del que conocemos. De un siglo volcado en el esoterismo iluminista [...], que había descubierto que el rostro mítico y el rostro lógico no son en absoluto incompatibles y que la luz y las tinieblas fueron creadas para vivir juntas». Se trata acaso de la misma fantasía iluminada que tiempo después predicarían visionarios como E.T. A. Hoffmann o H. P. Lovecraft, devoto del culto a este fantástico siglo XVIII y sus misterios: magnetismo, espiritismo, genios e invocaciones, viajes al más allá, sueños e irrealidad.

De acuerdo con las ficciones románticas y potockianas del buen relato fantástico, El diablo enamorado vio la luz en 1772 –presuntamente en Nápoles–, sin autoría y con el subtítulo de Nouvelle espagnole. Su autor, adivinado ya entonces, era conocido por algún poema de índole sobrenatural. Pero hay aún más materiales para la leyenda: es fama –cuenta Nerval– que, tras la publicación de este libro, un misterioso personaje embozado se presentó en el gabinete de Cazotte. Comenzó a hacer oscuras señas iniciáticas al autor del Diable. Al no reaccionar Cazotte, que no sabía de sectas ni misterios, el extraño invitado manifestó su perplejidad: le dijo que había tocado en su Nouvelle arcanos inefables para el común de los mortales. Nos gusta pensar en la escena del encuentro entre el iniciado y el escritor: Cazotte se arrojaba a lo sobrenatural por pura intuición.Y hay mucho de intuitivo en la escritura de este relato precursor y fantástico: la ensoñación, lo irracional, el erotismo mágico y misterioso, la selva de seres fantásticos –«los silfos, las salamandras, los gnomos, las ondinas»– del mundo de Biondetta (y acaso del propio Cazotte), que enlaza con una fecunda tradición que llega hasta la Nómina de monstruos de Juan Perucho.

Místico, fabulador, visionario y de una extraña lealtad al catolicismo y a la monarquía, su halo de leyenda no quedaría ahí: fue guillotinado en 1792, en cumplimiento de sus vaticinios. Borges señala, a propósito de su muerte, que tuvo un final espléndido, regido según los valores que habían guiado su vida: fiel a su Dios y a su rey.

Además de la semblanza de Cazotte por Nerval, en segundo lugar, otorgan un valor adicional a este volumen las estupendas ilustraciones de Edouard de Beaumont (1845), que nos transportan a ese mundo onírico, de las callejas oscuras de Venecia a los hechizados cortijos extremeños. La presencia de lo sobrenatural y el ambiente romántico, en una Italia de ensueño y una España espectral de gitanos y echadoras de fortuna, contribuyen a crear una atmósfera de obsesiva y diabólica sensualidad. Deseo y misterio se entremezclan en este libro: hay una escena deliciosa en la que Álvaro contempla a través de una falsa pared, como un ambiguo voyeur, a la travestida diablesa Biondetta cantando dulcemente al clave su «Hélas! quelle est ma chimère», que recuerda al Cazotte compositor de canciones y letrillas. (Recordaremos también que este mismo año, en Italia, la editorial Donzelli ha rescatado El diablo enamorado en un volumen compartido con una «fábula moral» de Andrea Camilleri, que lo complementa con un diablillo erótico causante de deseos ocultos y enmascarados.)

Como último apunte, destacamos la valiosa traducción de Luis Alberto de Cuenca, poeta él también de lo mágico: en su poemario Sin miedo ni esperanza hay una sección que lleva por título precisamente «El diablo enamorado». Si sumamos todos los elementos mencionados, tenemos un volumen exquisito para los amantes de lo sobrenatural, un auténtico viaje a ese más allá sugerente y sensual formado, como dice el poeta, «de la misma materia incombustible / con que se hacen los mitos y los sueños».

01/02/2006

 
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