ARTÍCULO

Los fieles difuntos

Situela, Madrid, 360 págs.
Trad. Julio Grande
 

Empecemos por el título, Allerzielen no es El día de todas las almas, ya que la festividad cristiana correspondiente al título neerlandés es el 2 de noviembre, al que el texto se refiere de modo expreso en la página 342: así que mejor sería haber traducido Los fieles difuntos, ¡y de qué modo tan preciso se ajusta esa advocación al contenido de esta novela!

Por diversas circunstancias, peor esmeneallo, ya la he leído tres veces. La primera en su idioma original, la segunda en su traducción alemana, la tercera –ahora– en castellano. Y el caso es que a cada lectura me gusta más. Aguardo ansioso el momento de poderla degustar en el «portugués con azúcar» (Eça de Queiroz dixit!) de los brasileños.

¿Cuál es la razón de que me guste tanto esta novela? No puede ser el hecho de que Elik Oranje, su protagonista femenina, viva en la Falkplatz, es decir, en un lugar exactamente equidistante y cercanísimo, en 1964, al otro lado del muro de Berlín, de mi multinacional apartamento en la Bellermannstrasse. Hoy el muro ha caído (?), pero leyendo a Nooteboom regreso al entorno, y como por el ojo de una aguja histórica paso por el «oscuro y antes prohibido Gleimtunnel», al igual que lo hace Arthur Daane, el protagonista masculino de Allerzielen, de vuelta de uno de sus inesperados y desconcertantes ayuntamientos carnales con Elik Oranje. No puede ser esa, por tanto, la razón, aunque sí es una añadida.

Tampoco el argumento, ça va sansdire!, porque eso es lo de menos en una novela que no sea un producto de la industria cultural. Pero de todos modos intentemos resumirlo: Arthur Daane es un documentalista y camarógrafo neerlandés que ha perdido a su mujer Roelfje y a su hijo Thomas (sus fieles difuntos) en un accidente de aviación. Desde entonces vive una existencia nómada, llevado y traído por el mundo cada día más ancho y más CNN, para hacer reportajes cuyo espectro abarca desde minas antipersonales en Camboya hasta niños asesinados por la policía carioca, pasando por Shikoku, la isla japonesa de los ochenta y ocho templos. Sus propios reportajes le han granjeado un renombre y le permiten vivir a su aire, tiene un piso en Amsterdam y diversos pieds-à-terre compartidos con colegas en sitios tales como Madrid y Berlín.

Dos tercios de la acción, por llamarla de algún modo, transcurren en la antigua y nueva capital alemana. Allí, Arthur frecuenta un círculo de amigos muy peculiar: su compatriota el escultor Victor, el filósofo alemán Arno, su esposa rusa Vera –que es pintora y nunca habla–, la hermana gemela de Vera (Zenobia, que es científica y se pasa todo el santo día hablando), dos típicamente atípicos dueños de tabernas berlinesas, y punto. Y al otro lado de la línea telefónica, siempre, en Amsterdam, una amiga, Erna, que es algo así como su mala conciencia, y la única persona con quien sigue pudiendo hablar de la mujer y el hijo perdidos: fue ella, Erna la efusiva, quien le presentó a Roelfje la recatada, que parecía haber salido de un cuadro de Vermeer.

Un día, en el Café EinStein, Arthur Daane echa mano al ejemplar de ElPaís al mismo tiempo que otra persona. Esa otra persona cambiará su vida. Es Elik Oranje, neerlandesa de ancestro beréber y doctoranda universitaria sobre la reina Urraca de Castilla. Elik Oranje es hermética, huraña, arisca, impenetrable (excepto vía uterina, y en tales casos siempre por su propia voluntad). Al pobre Arthur lo trae y lo lleva por la calle de la amargura, al igual que sus patrones lo traen y lo llevan por la amargura del mundo. Y el resto es mejor no contarlo para no quitarle al lector la participación emotiva en las últimas sesenta páginas del relato, entre los Países Bajos y España, con un final que se decide, si es que se decide, en el cruce de la N-122 con la N-I.

Como argumento, ya se ve, muy poco. Lo que vale, entonces, es el poderío narrativo del autor, el entramado que arma con las reflexiones de los protagonistas, las intervenciones de un coro casi de tragedia griega (¿lo componen quizás todos los santos del 1 de noviembre cristiano?), y las discusiones de los amigos, cuya paleta no puede ser más amplia: menciono sólo la fabricación de embutidos, Hegel, y la comparación entre los idiomas neerlandés y alemán, magistralmente reflejada en la pregunta de Victor a Arno: «¿Has oído alguna vez a Goethe en neerlandés?», que el propio Victor resuelve recitándolo... en alemán (pág. 221).

Allerzielen es una novela europea en el mejor sentido del adjetivo, que nos retrotrae a Thomas Mann y su Montaña mágica, con el italiano Settembrini y el alemán Naphta queriéndose adueñar del alma de Hans Castorp, enceguecido por la enigmática rusa Clawdia Chauchat, conquistada a su vez por la bonhomía del neerlandés Mynheer Peeperkorn (= grano de pimienta). Hasta el mismo entrevero de idiomas reproduce un poco la intención de Mann. No está de más repetir aquí la respuesta de Clawdia a Hans, cuando éste se le declara en la página más bella del libro: «Eres, en efecto, un galán que sabe solicitar de una manera profunda. A la alemana». De esa manera profunda, a la alemana, según la divina Clawdia, nos seduce el neerlandés Cees Nooteboom (= nogal).

No quiero que se me quede en el tintero mi profundo reconocimiento al autor por dos páginas de antología (310-311) sobre una España que me sigue doliendo al cabo de casi cuarenta años de transterración. Cito lo esencial: «Esta era la tierra más vieja, más cruel, la mejor descrita por la historia [...] Nada era aleatorio aquí [...]. Lo que en cualquier otro lugar era un sistema bipartidista, aquí era una lucha con veneno, mentiras, perjurios, difamaciones, escándalos. Los periódicos se tenían cogidos del cuello los unos a los otros, los jueces eran parte, el dinero fluía por cloacas subterráneas y, al mismo tiempo, todo era un teatro, ópera bufa: directores de periódico filmados con ropa interior femenina, el Estado como secuestrador fallido, ministros que eran juzgados pero que nunca acabarían en la cárcel. Era el gran guiñol, algo que siempre había formado parte del país, una adicción de la que uno sólo podía liberarse con dificultad, mientras que todo el mundo ya estaba harto. Los problemas reales se encontraban en otro lugar, en un pequeño grupo de enconados asesinos que dominaban la vida cotidiana con sus atentados con bombas, sus disparos en la nuca, sus secuaces poseídos por el odio». Don Cees Nooteboom, me saco el sombrero. Y le doy las gracias.

En un libro de estas características es obligatorio mirar con lupa la traducción. Tiene lunares, pero es honesta, seria, responsable. Yo sólo le reprocharía ciertos tics. Convierte un original «damn it!» de Arthur Daane en un «¡Maldita sea!», siendo como son los neerlandeses tan proclives a expresarse en inglés apenas salen de su país, y hasta sin salir de él. Pervierte los democráticos Polygoonjournaals holandeses anteriores a la caja tonta mimetizándolos con el NODO franquista. Transforma el palacio de Charlottenburgo en un castillo. Se olvida de que Jünger escribió un libro titulado El trabajador y nos propina «la grandeza del trabajador de Jünger». Vuelve indeglutible un plato delicioso, la carpa empanada, al recetarnos «la carpa en pasta de cerveza». Y le cuelga al texto original unos añadidos (pág. 344, valga como solo ejemplo) que no vienen a cuento y que no sé si el propio Nooteboom estaría muy feliz con ellos, como sí lo puede estar con otros (págs. 220-221). Lo único imperdonable, sin embargo, a mi juicio, es que el nicaragüense Daniel García hable como si hubiese nacido en Valladolid: ese aspecto tendría que haberlo tenido en cuenta al trasvasar del neerlandés al castellano. Pero digo y repito que la traducción es buena, y si señalo lunares es porque reseño Allerzielen por encargo de Revista de libros y no de El Chafardero Indomable del inolvidable reportero Tribulete.

En ese sentido, como dicen los alemanes, una observación a la editorial: el sangrado de las páginas pares (sobre todo de ellas, al menos en el ejemplar que he tenido que manejar) condena un poco a la tortícolis. No es de recibo con un libro de estos quilates.

01/05/2001

 
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