ARTÍCULO

Un jardinero solitario

Alfaguara, Madrid
296 pp. 19 €
 

Este libro comienza un día de junio a las 7.20 de la mañana en la ciudad de Madrid, cuando Ángel Santiesteban abre los ojos. Este libro termina ese mismo día al anochecer, cuando Ángel Santiesteban se entrega al sueño. Un día: El día de hoy. Y ¿qué pasa durante ese día en la vida de Ángel Santiesteban, jardinero, antiguo maestro y ex seminarista, separado, un hijo, un perro, una vida precaria? En grandes términos, no pasa nada, sólo la vida; es decir, un montón de cosas sin la menor importancia.
El día de hoy es una sucesión de microepisodios cotidianos reunidos por la conciencia del protagonista, quien se esfuerza por conciliar su vida de padre soltero con su condición de desempleado. Escrito sobre la base de un monólogo, el libro sigue las disquisiciones que acompañan a Ángel Santiesteban durante cada uno de los actos de su día: levantarse, preparar el desayuno a su hijo Goro, sacar el perro a la plaza, conversar de trabajo con un armenio, cavilar sobre romperle el buzón a la vecina mala, posteriormente rompérselo, cumplir con una cita con el director del colegio de su hijo, quedarse pasmado a la salida de un supermercado, cocinar percebes, salir en busca de trabajo, etc. Pero a medida que avanza la lectura y pasan las horas, el protagonista se encamina hacia un creciente torbellino de impresiones, anhelos y angustias que termina convirtiéndose en una suerte de vía crucis personal. El mosaico de percepciones alcanza tal densidad que se produce una alteración del flujo temporal: la saturación de estímulos termina fundiendo la conciencia del narrador.
Es verdad que la vida diaria está repleta de incidentes sin solución de continuidad. Lo que nos ocurre es, sensu stricto, una yuxtaposición de elementos que nuestra conciencia amortigua y reordena para digerir. Enterarse de algo es marginar una serie de datos para escoger lo relevante. Ángel, sin embargo, parece víctima de un desarreglo espiritual que le impide jerarquizar los sucesos cotidianos: a medida que avanza el día su monólogo se torna más y más tupido. El flujo de la conciencia comienza a suplantar a la realidad y pronto nos cuesta distinguir el propósito de las palabras. Cada cierto número de páginas el autor nos dice la hora con el fin de darnos a entender que el tiempo avanza allá afuera, que los planetas siguen su curso. Pero el estupor del protagonista se dispara ante la más mínima contingencia: su relato no avanza, a lo más se prorroga, añade más personas, caras en el metro, escaleras, luces, olores... Todo es central y todo es irrelevante; un señor de bigotes en una plaza, el cobrador del metro, la bandada de palomas. «Entonces, ahora, enseguida estoy sentado en la banca de metal, estrecha y resbalosa, con los auriculares cinchados. Lo primero que se escucha es ruido de aviones. A continuación hay silencio..., y más ruido de aviones. Más silencio hasta que suena un batir de olas como el ruido de los aviones, pero que se apaga. Una voz dice: También hay olas en tu mente».
Si a ratos la lectura de este relato transmite el desasosiego de un hombre bajo la pesada carga que debe soportar como padre soltero en el paro que intenta volver a la vida con menos de treinta euros, por otra parte, el lento avance a través de una serie de procesos mentales muchas veces va a dar en situaciones inconclusas, nimias, que incrementan la sensación de estar ante un hombre perdido, un lunático que no sabe por qué rompió el buzón de su vecina. Momentos antes, ese mismo personaje reaccionaba como un iluminado que recuerda a San Anselmo a las puertas del supermercado Champion. Si el personaje de El extranjero de Camus disparaba en determinado momento contra el árabe por el calor, por la luz del sol, por la madre muerta o por quién sabe qué, Ángel Santiesteban deambula un día completo en la piel de un personaje que podría disparar contra el sol agobiado por el paro, por el futuro de su hijo, por las caras de la multitud, por los comentarios de una señora retenidos por un breve segundo. Incluso, podría acabar disparando contra su propia imagen reflejada en un escaparate. El único consuelo llega en las últimas páginas a través de un sueño que viene a redimirlo de los confusos episodios de su día. El lector, si acaso, habrá sentido cierta ternura o compasión por este inválido que intenta cuidar a su hijo. Pero eso sólo realza la dificultad para alcanzar algún grado de empatía con este paseante que no termina de encontrar su lugar en el mundo. Ante El día de hoy hay que reconocer la voluntad y la dificultad que encierra su escritura, junto con la temeridad de asumir que el lector será capaz de seguirlo.
Por último, resulta difícil evitar la comparación entre El día de hoy con aquel afamado periplo de Leopold Bloom por Dublín, descrito por James Joyce en Ulises que, curiosamente, también tuvo lugar en el mes de junio, aunque del año 1904. «Un espacio muy corto de tiempo a través de tiempos muy cortos de espacio», según la fórmula de Stephen Dedalus. Un día completo errando por la ciudad y por los rincones de la conciencia del narrador, mezclando recuerdos, citas y ocurrencias, los prolongados monólogos, el stream of consciousness que mezcla percepciones y proyecciones. Subsisten, claro, grandes diferencias: aquello que en Joyce era un impulso de experimentalismo, en Gándara parece más bien un paso hacia cierto realismo. Por lo demás, el autor irlandés se preocupó de hacer explícitas sus intenciones lúdicas al sembrar este relato épico de acertijos y citas para la posteridad. Gándara, por suerte, no parece tener esos arranques de megalomanía. Su pregunta, en boca de Ángel Santiesteban, es más sencilla, más rigurosa, más desesperada: «¿La gente se explica con claridad lo que pasa por su cabeza?».

01/04/2009

 
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