ARTÍCULO

La violencia de la desilusión

Planeta, Barcelona, 1996
296
 

Un desencuentro que oculta otros varios, una historia en apariencia simple que se va complicando, una vida anodina que devendrá en rica, un pavoroso desierto de sentimientos y soledad –África Anglés– que estalla como un volcán, una pormenorizada exposición del ámbito familiar y sus fantasmas... Todo esto y mucho más es lo que fluye, con intensidad y medida, por el caudaloso torrente narrativo que Fernando Schwartz expone en El desencuentro, novela que –con merecimiento frente a lo que el premio nos tiene acostumbrados– se ha hecho con el «Planeta» del 96.

Sobre la evocación y el recuerdo, en parte arteramente fijado por escrito –carta y diario–, el autor ha construido una densa historia de soledad y apariencias, atravesada de manera fértil por el amor; pero no se trata de un amor loco y a la intemperie, sino de un amor oculto, secreto y silencioso que, pese a ello, logra reunir atracción, tensión, deseo, vitalismo, pureza..., en una continuada y titánica lucha de contrarios, si bien éste, es decir, el amor –sí, en cambio, sus destellos– jamás llega a aflorar como una realidad tangible, salvo, claro está, cuando ya es todo un imposible para los protagonistas. Y ahí reside su fuerza: en la intensidad de lo imposible y en la ya clara visión de los aspectos que hicieron de barrera y de frontera. Se trata de la callada –incluso para sus protagonistas– relación entre tía y sobrino que, habiendo caminado toda la vida por la senda del doloroso secreto mutuo, ve la luz tras la desaparición de uno de ellos. De ahí que la novela se inicie con la muerte de África Anglés impactando en su sobrino Javier de Soler y Anglés, quien, accionado por la ausencia de esta persona, verdaderamente querida y, sobre todo, deseada, se entrega a la rememoración de un pasado. El tema de una relación amorosa entre dos personas con vínculos de sangre y de edad diferente, no es nueva en literatura, más aún posee notorios precedentes, pero sí lo es el interesante y plural tratamiento que le da Fernando Schwartz. Y, ante todo, su uso en múltiple dirección.

La historia destila simplicidad, pero ésta, como ya se ha dicho, lo es sólo en apariencia. Bajo la posible linealidad de esa atracción íntima, callada y silenciosa llevada a cabo por ambos protagonistas, se agazapa la densidad. La mirada del recuerdo, llegada a su final, permite descubrir las múltiples caras de la realidad y, también, la confrontación de las distintas «realidades» que la pueblan. Nada es como parece ser. Ni África es tan santa, paciente y sufridora, ni la familia tan humana, cariñosa y honorable, ni los sentimientos irradian el cariño que predican... y, por supuesto, ni el amor conlleva tal pureza. El lector es obligado a vivir la historia al compás marcado por el protagonista, entrar en su ansiedad, compartiendo el descubrimiento continuo, ahondando en los secretos guardados bajo llave, revolviéndose contra los obstáculos. Por ello, como a Javier de Soler y Anglés, todo se le hace añicos en el final de ese «ahora» de la retrospectiva que éste ejercita, y con la que adquiere –en ese momento preciso– la verdadera dimensión de su vida, en plena vejez, cuando no hay posibilidad alguna. Sin embargo, hasta llegar, hasta hacerse el protagonista con esa explicación y adquirir el sentido final de toda su vida y la de su tía («¡Qué sarcasmo, esperan-za...! ¿Todo ese tiempo esperando a que me deje de latir el corazón?», p. 289), se han ido desgranando situaciones a golpe de recuerdos estilo Prouts que, además de formar parte, como diminutas teselas, del inmenso mosaico social, familiar, humano e íntimo de Javier, hablan de un difuminado mundo envolvente y, sobre todo, del desconocimiento del mismo, a pesar de que éste ha ejercido una férrea presencia, aherrojándolo todo en una dirección determinada. Al final –ese capítulo XIII, extremadamente corto y parco, y, sin embargo, tan significativo al dar sentido a la novela y prolongar infinitamente el problema– todo adquiere volumen y todo se ensambla. Sobre la historia de un amor imposible y, sin embargo, cierto y verdadero, se agolpan otros materiales que, aun colándose de rondón, poseen enorme importancia y funcionalidad. Nada es superfluo. Ni tan siquiera las descripciones de ambientes o casas. Todo sirve y actúa en esta mirada retrospectiva, vital y explicativa que aboca a la espera, a la prolongación del problema central que cohesiona y da vida a la novela.

El autor, con habilidad, ha dividido la historia en dos partes. La primera que recupera el pasado accionado por los recuerdos de Javier y con los que éste «reconstruye» una tía África, bella y frágil, solitaria y anodina, silenciosa y desamparada, pero siempre deseada, acompañando tres momentos claves que relacionan a ambos protagonistas: un recuerdo infantil con ciertos toques edípicos –la tía sustituye a la madre en ciertas funciones maternas: episodio de su flojera en los esfínteres–; el golpe del enamoramiento en la adolescencia cuando África retorna de México en plena sazón y belleza; y una conversación mantenida treinta años más tarde entre Javier, escritor reconocido, y África, mujer madura, incapaces de quebrar las barreras del pudor y la convención. Y una segunda parte, de hechos de primera mano, directos, donde África Anglés «reconstruye» su pasado mediante una carta y un diario, que le permite confesar una realidad oculta y desvelar su cara oculta –relación carnal con su primo Carlos Mata, célebre torero mejicano–. Dos caras de una misma realidad, dos perspectivas que sumadas dan una novela atractiva sobre la violencia de la desilusión, incidiendo en la terrorífica lucha frente al vacío aceptado (África Anglés) y acompañadas de múltiples materiales –desde la visión de la España de posguerra o el dibujo de una macrociudad, hasta la fuerza de la convención o el ahogo del microorganismo familiar–, amén de la penetración en el mundo femenino. Desencuentros de todo tipo sin antídotos ante la soledad y el vacío.

01/01/1997

 
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