ARTÍCULO

La imago mundi en Grecia

 

La imagen que los antiguos griegos tenían del mundo no se correspondía con la descripción objetiva y rigurosa de los distintos accidentes geográficos y de los pueblos que les rodeaban, sino que, seducidos por lo desconocido, introducían en la descripción del orbe una gran cantidad de elementos legendarios, míticos y fantásticos. De este modo, los relatos de viajes y las descripciones del mundo de esta época mostraban una tierra plagada de fenómenos y seres extraños que poco tenían que ver con los referentes reales.

Más aún, estas obras –unas hoy desaparecidas, otras conservadas en fragmentos y otras conocidas por transmisión indirecta– reforzaban su visión del mundo con un repertorio de razas y seres fabulosos heredados de la tradición, en especial cuando describían los confines del mundo, pues el grado de imaginación era directamente proporcional a la lejanía de la tierra. Así, por ejemplo, de acuerdo con las noticias proporcionadas por autores posteriores, parece que Excílax de Carianda, un navegante cario de finales del siglo VI a. C., hablaba en sus escritos, entre otros, de los esciápodos (hombres que se hacen sombra con sus pies), los otolicnos (los de grandes orejas) y los monophtahlmoi (los de un solo ojo); o que Clesias de Cnido, médico en la corte persa en el siglo IV a. C., describía en su obra sobre la India una fuente cuyas aguas expulsaban a quienes querían bañarse en ellas, un gusano de río capaz de devorar un buey de un solo bocado y gentes carentes de ano.

Esta visión semifantástica, propia de un espíritu tan creativo como el griego, se mantuvo largo tiempo, a pesar incluso de que en tiempos de Alejandro Magno primero y más tarde durante el apogeo de Roma las expediciones alcanzaran aquellos lugares cuya geografía sólo había sido descrita con anterioridad mediante mapas imaginarios. Realidad y ficción, pues, estaban entremezcladas en los relatos que los viajeros, reales y supuestos (de todo hubo), contaban con el fin de despertar la imaginación de un auditorio que trataba de escapar de su anodino mundo cotidiano.

Gómez Espelosín, experto en el tema desde hace años, realiza en El descubrimiento del mundo un amplio estudio sobre la literatura griega de viajes y explica, desde un punto de vista geográfico y etonográfico cómo era su imagen del mundo entonces. Para su análisis se sirve de periplos, periégesis y obras monográficas, históricas y de ficción que tenían como motivo el relato de viajes fantásticos. Con esta labor compiladora, sobre todo de textos geográficos, el autor consigue llenar satisfactoriamente un vacío en los estudios españoles sobre el tema y ofrecer una visión de conjunto sobre un tipo de literatura, o paraliteratura, como es la geográfica, cuyas menciones suelen aparecer muy desperdigadas en los manuales de literatura.

Sin duda que deben ser reconocidos los méritos y la dificultad en un libro de estas características. Con todo, es oportuno anotar algunas irregularidades evidentes en el tratamiento de los distintos materiales. Frente a los excelentes capítulos geográficos, en los que el autor demuestra su amplio conocimiento sobre un gran número de geógrafos e historiadores, el capítulo más literario, el de los «Héroes viajeros», revela una posible precipitación e ingenuidad en las opiniones, que, en algunos momentos, más parecen ocurrencias que verdaderos hallazgos. La falta de profundidad se extiende al enunciado de otras ideas y teorías que aunque arropadas por la bibliografía, no logran una fundamentación razonada convincente.

El libro se resiente, por otra parte, de una endeble cohesión entre los capítulos. Gómez Espelosín ha organizado el material de un modo aparentemente sistemático, pero en su exposición mezcla de tal forma la cronología y los temas que dificulta una deducción más profunda y nítida del proceso evolutivo –aunque se vislumbre en sus líneas generales– que fueron desarrollando los griegos a lo largo de la historia en el descubrimiento y la imagen del mundo.

La irregularidad y descompensación alcanzan también al aspecto filológico, que habitualmente requiere un mayor rigor. La forma de recoger las citas, por ejemplo, es aleatoria, ya que en unos casos Gómez Espelosín señala con todo detalle el pasaje de la obra mencionada, aun siendo conocido, y en otros simplemente anota el título del libro, aunque la cita sea a todas luces más inaccesible.

Conviene, por tanto, valorar en su justa medida las propuestas de El descubrimiento del mundo, destacar de una parte el corpus global de su investigación, su profusión de datos geográficos e históricos y la oportuna divulgación de aquella Grecia semilegendaria de viajeros y geógrafos, el cronotopo mítico del viaje, que recreó un género de enorme popularidad en la Antigüedad, desde los primeros relatos épicos hasta los relatos de viajes de la época helenística, cuando estas obras no sólo se convirtieron en historias de ficción, sino que dieron también ocasión a su parodia, tal y como suele suceder con un género literario en su período degenerativo. De otra, sin embargo, es necesario advertir que el libro, por las razones apuntadas, se queda a medio camino entre las generalidades de una obra divulgativa dirigida al gran público y el rigor imprescindible en un ensayo científico de investigación filológica.

01/10/2001

 
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