ARTÍCULO

Pobre Kafka, tan lejos de Praga..., etc.

Espasa Calpe, Madrid, 184 págs.
Renacimiento, Sevilla, 234 págs.
 

Debo confesar que desde hace ya mucho tiempo, cuando un libro no prende mi interés en las primeras veinte páginas (dependiendo del autor puedo llegar a sacrificarme hasta la página 50), lo abandono sin más. La única excepción la constituyen aquellos que se me envían para hacer su reseña: un prurito de honor profesional, de honestidad con el lector y con quien me confía la tarea, hace que me arrastre durante horas por todo el volumen de marras, apurando hasta las heces el cáliz de su lectura. Protegido por esta ley de la excepción he leído íntegro El daño, del mexicano Sealtiel Alatriste.

He aquí una novela cuya protagonista principal es la madre de Franz Kafka, y en la que el propio Kafka interviene de continuo, brillando tanto más cuando más ausente está de la acción. Escribir una novela así comporta bastantes riesgos, entre ellos el de que su escritura se compare, aunque sea de manera involuntaria y hasta indeseada, con la del autor de El proceso. No cometeré semejante desafuero: la prosa judicial de Kafka sólo ha sido congenializada en alguna que otra feliz ocasión por el gran austriaco Albert Drach, cuya obra me temo que debe ser carpetovetónicamente desconocida en España. Por otra parte, una tal comparación significaría hacerle grave injusticia al texto, que en ningún momento parece haberse propuesto estar a la altura de su asunto.

La novela se inicia con la visita del Dr. Klopstock a la madre de Kafka para comunicarle que su hijo va a morir. De ahí en más allá, y hasta el final, la narración recorre diversos instantes de la relación habida entre Julie Kafka y su hijo varón, no siendo pocas las ocasiones que se insiste, siquiera sea de un modo oblicuo, en que la puesta en marcha del motor creativo de ese hijo son algunos sueños, o ciertas palabras de la madre: al menos La metamorfosis y América habrían surgido así. Ahora bien: he dicho hasta aquí novela y narración, y creo que debo corregirme. No se trata strictu sensu de un relato, parece más bien a veces un ensayo, a veces una reflexión sobre temas de la obra de Kafka, y en cualquier caso su autor (no necesariamente identificable con el que consta en la cubierta del libro) diríase que debe haber tenido siempre presentes unos interlocutores. Lo avalan frases tales como «conservemos en la mente, por un momento, esta imagen de Franz Kafka», y «más allá de cuál fuera la decisión inquebrantable que acababa de tomar (más tarde volveremos sobre ella)».

Esta última, por cierto, revela una de las más elocuentes debilidades de El daño. Alatriste no domina el alemán, razón por la cual recurre a citas de las traducciones de Kafka a nuestro idioma. Así, al rememorar el primer encuentro entre Kafka y Felice Bauer, en la casa de Max Brod, se vale de esa «decisión inquebrantable» de la traducción española que él maneja, para construir todo un complejo que explique la escritura febril de Kafka durante los últimos meses del año 1912: al conocer a Felice, el escritor habría tomado la inquebrantable decisión de escribir. Ajá. Pero lo que dice verdaderamente Kafka en su diario convierte en una pompa de jabón la elucubración de Alatriste. Kafka escribió: «Mientras me sentaba la miré [a Felice] por primera vez con cierto detenimiento, cuando acabé de sentarme ya tenía [acerca de ella] un juicio irrevocable (véase Revista de Libros, n. o 23). Y además, por si esto fuera poco, en la página 119 Alatriste manipula mediante supresión una cita de Kafka para intentar demostrar una especulación suya. Es un poco burdo.

Todo el libro deja la impresión del quiero y no puedo. En ningún momento salta la chispa de la grandeza narrativa, como por ejemplo sucede –para recurrir a un caso homologable– en Los deslumbramientos, del belga valón Pierre Mertens, quien convierte a nadie menos que a Gottfried Benn en protagonista de su novela. Y a mayor abundamiento, por el afán de lucir una sabiduría casi pareja a la de Aldous Huxley en Two or Three Graces, un gran daño a este Daño es la continua recurrencia a la explicación por medio de la música, concretamente de una pieza de Mozart en cuya ejecución pública intervino Julie Kafka en cierta oportunidad. Al menos a los melómanos se les vuelve ridícula desde que la obra es definida así en la página 27: Quinteto ensol menor, kegel 516 (sic).

Complementariamente he estado leyendo, y sigo en ello, los Estudios sobre Kafka de Ernesto Feria Jaldón, médico rural como el entrañable personaje de uno de los más bellos cuentos del autor praguense, pero en este caso se trata de un médico rural onubense de curiosidad y sabiduría enciclopédicas, y por desgracia prematuramente desaparecido. Después de las 158 páginas untadas de una espesa mermelada materno-filial en El daño, seis líneas magistrales de Feria Jaldón refrescan la vista: «Kafka no pudo asumir en la medida en que lo hacen los normales, la que desde el psicoanálisis se llama "la castración simbólica" y que Lacan denomina la Ley del Padre. No puede atravesar el desfiladero del Edipo y asumir íntegramente su papel de "hombre", ingresando íntegramente en el estatuto humano. Un portero fornido se lo impide». De todos modos, se me ocurre que la hermenéutica kafkiana sí puede que haya avanzado un gran paso con El daño. En él se nos hace asistir al menos tres veces al inusual espectáculo de que Kafka escriba sentado, no a la mesa, ni ante la mesa, sino «sobre la mesita que había colocado junto a la ventana abierta» (pág. 67): allí lo descubre su madre, «escribiendo en unos cuadernos verdes». Situación que se repite en el recuerdo de Julie Kafka (pág. 70) y en una reflexión del propio autor (pág. 109). Convengamos en que escribir sentado sobre una mesita, con lo incómodo que ello debe ser, acaso explique ciertas aristas del estilo que hoy llamamos kafkiano. Y si la mesa tenía una pata coja, para qué seguir.

01/01/2001

 
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