ARTÍCULO

El cuerpo y la escritura

Edición de Carlos Pujol Pre-Textos, Valencia
400 pp. 27
 

John Donne es conocido en España sobre todo por prestar a Hemingway el título de una de sus más célebres novelas: Por quién doblan las campanas, que procede de uno de sus sermones. Los amantes de Gil de Biedma lo recordarán por una acertada cita que incluye en su no menos acertado poema «Pandémica y celeste»: «Que sus (= del amor) misterios, como dijo el poeta, son del alma, pero un cuerpo es el libro en que se leen». Estas palabras ponen de manifiesto los dos factores que hermanan a estos poetas: el deseo erótico y la escritura.Y es que John Donne es un poeta de una fuerza sensual desconocida en su tiempo. Las constantes referencias a lo corporal hacen de su poesía una de las más carnales de la historia. En ella las mujeres no son sólo como libros (lujosos o místicos, véase la Elegía 19), sino que su cuerpo se convierte a menudo en mapa y la amada es comparada a una nueva tierra descubierta; pero también el cuerpo del poeta ante la muerte es un mapa de la enfermedad, y es que el discurso de la mortalidad va ineludiblemente unido al del amor: ambas son condiciones extremas, pero a la vez tan implicadas en la vida que el poeta parece querer conjurarlas explorándolas en todos sus sentidos, haciéndolas familiares en sus palabras. Quizá el poeta español con el que mejor se pueda comparar a Donne sea con Quevedo, por su ambivalencia entre la piedad y la lujuria, entre la ternura y el exabrupto, y también por su misoginia, pues los poemas de Donne sobre la veleidad de las mujeres se leen hoy con bastantes reparos: su consigna del amor sin límites y sin convencionalismos se aplica por lo general a los hombres.

Su vida, que resume Carlos Pujol con precisión en la parte final del libro, fue igualmente extrema, pues pasó del catolicismo militante a ser el predicador de moda de la iglesia anglicana, después de un ardiente y prohibido matrimonio con una dama de rango social superior. Se han dado diversas explicaciones para interpretar este continuo vaivén y buscar una unidad de motivaciones y sentido tanto de su vida como de su obra, postulándose incluso un impulso místico de base que haría de su poesía sensual juvenil una alegoría religiosa. Eliot habló de la capacidad de Donne para transformar cualquier concepto o cualquier pensamiento en experiencia.Todo esto es cierto, pero también lo es que el lector no puede sustraerse al alambicado sensualismo de su poesía y a la brutal experiencia del mundo corporal que encierra, por lo que se puede decir que los impulsos intelectuales y religiosos están guiados por una fuerza mayor y convergente que busca dar «cuerpo» en la escritura a los impulsos contradictorios de un alma enérgica. De ahí también la vehemencia de su poesía religiosa.

Carlos Pujol ha elegido el ciclo casi completo de poemas amorosos, que son los más cercanos a nuestra sensibilidad, y una selección de elegías y de poesía religiosa. Ha dejado fuera la poesía de circunstancias, las sátiras y las epístolas, más lejanas a nuestra concepción actual de poesía lírica. Los criterios de su traducción han sido atenerse al verso castellano y aspirar «a cierta autonomía para permitir su lectura a aquellos para quienes el inglés isabelino resulte inaccesible» (p. 379). El uso del verso español (endecasílabo y alejandrino principalmente) para traducir los metros ingleses convierte a las versiones españolas en inevitablemente más largas que el original inglés, debido a la capacidad sintética de la lengua inglesa que no tiene el español. Pero a la vez, el traductor ha optado, en general, por el desarrollo parafrástico de la expresión, y así se pierde, en gran medida, la concentración, intensidad y agudeza ingeniosa del original inglés. El resultado es una versión impecable si se hace una lectura aislada del texto poético español, pero en la que hay que tener siempre en cuenta que el original inglés es menos fluido y más incisivo y vehemente. Aun así, se advierten algunos deslices que no tienen que ver con decisiones generales sobre el criterio de traducción. Por ejemplo, en el poema «Florecer» (que no corresponde exactamente al sustantivo inglés «The Blossom», pp. 30-33) el pronombre femenino que reiteradamente aparece se refiere a una persona concreta, y no al «ellas» general de la traducción, y en la primera estrofa de «The Canonization» (pp. 40-45), uno de los poemas más citados de Donne, el «you» al que se refiere el poeta no es la amada sino los maldicientes o los difamadores que se entremeten en el amor ejemplar de la pareja, siguiendo la tradición provenzal de los lausengiers. En cualquier caso, la tarea de verter a Donne al español es pareja a la que supone traducir a Quevedo o Góngora al inglés, y cualquier traductor que la acometa merece el agradecimiento de los lectores, sobre todo si el resultado tiene la virtud, como la tiene en este caso, de interesar al lector para que siga ahondando en el conocimiento del poeta.

01/08/2005

 
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