ARTÍCULO

El cuerpo sin delito

Destino, Barcelona
302 pp. 19 €
 

La vejez, el cuerpo y la feminidad trazan el triángulo de Susana y los viejos, la novela con la que Marta Sanz (Madrid, 1967) quedó finalista del último Premio Nadal. Doctora en Literatura Contemporánea por la Complutense y profesora de la Universidad Antonio de Nebrija, Marta Sanz firma su quinta novela, después de El frío, Lenguas muertas, Los mejores tiempos (Premio Ojo Crítico, 2001) y Animales domésticos.
Vejez, cuerpo y feminidad: tríada en permanente roce; el medio es el masaje. Un roce que no conduce al cuerpo del delito, sino al cuerpo sin delito: al cuerpo sin afeites ni perfumes, al cuerpo como meandros del río de la vida. La vejez y el cuerpo, encarnadas por Felipe Amaro, un abuelo que ha perdido a su mujer y que recibe los cuidados de la asistenta Clara y de la doctora Susana Renán. Al reparto se une el hijo de Felipe Amaro, un arquitecto que lleva cinco años separado de su mujer, la libertaria Lorena, también conocida como Mrs. Robinson, quien protege de forma mórbida a su hijo Maximiliano y desafía a la madurez al enrollarse con un amigo de éste. Lorena exhibe su relación extramarital con una voluptuosidad que encanta a su enmadrado hijo. Maxi prefiere el olor de la criada Clara al perfume caro de su novia Pola, quien sobrelleva una relación de conveniencia; el treinteañero Maxi permanece en la adolescencia, acunado por su madre o escrudriñando el sexo agreste de Clara. Detalles aparte, los personajes de Susana y los viejos tienen en común la voluntad de enfrentarse a los agravios de la edad, de revolcarse en la transgresión y poner en solfa los dogmas familiares, hasta que el cuerpo les revele verdades no siempre agradables.
Marta Sanz ha escrito una novela vindicativa a partir de una familia en permanente mutación. Mujeres que desafían convenciones sexuales y sociales para cuestionar la idea de que el amor se nutre de renuncias y blandenguerías. Las mujeres que perfila la escritora madrileña huyen de los estereotipos: libres y radicales, exhiben un comportamiento salvaje que no sabe de paños calientes: «Las mujeres del siglo XXI recomponemos la musculatura para asemejarla a los caparazones de los insectos». Lo dice Lorena-Mrs. Robinson: sabe que van a considerarla una mala pécora, porque ya no sólo aspira a la habitación propia de Virginia Woolf; también ha perdido el miedo a la soledad: «Al soltarse de cada rama, cuanto más grande y entera se hace una, cuanto más se curte, cuando a una le terminan de salir las alas en la espalda, menos le duelen los otros», proclama.
La otra subversión que promueve Marta Sanz es la atracción por el cuerpo envejecido.Viene a la memoria el primer T. S. Eliot de Gerontion, el que entonó La canción de amor de J. Alfred Prufrock: «Envejezco... envejezco... Tengo que llevar los pantalones enrollados». La acción de Susana y los viejos se abre con una situación chocante, en una sociedad que ha hecho del lifting, de las pieles tersas y los cuerpos torneados la razón de ser para brillar en el escalafón social. El título del primer capítulo no puede ser más explícito: «El cuerpo y el cuerpo». Durante la visita de la geriatra al señor Felipe, la asistenta Clara abrió la puerta «y encontró a la doctora Susana Renán, con el torso desnudo, sobre el cuerpo lampiño del abuelo». Clara observó «cómo la doctora, a horcajadas sobre el paciente, sin poner encima de él todo su peso, recorría con sus tetas pequeñas la piel del pecho del anciano, como si quisiera conservarlo vivo, dándole calor». Con esos cuidados paliativos, la doctora Renán pone en un brete la ética y la estética de una sociedad que predica la belleza y el hedonismo, la que rehúye la muerte y mira hacia otro lado cuando intuye la antesala de geriátricos y alzheimer; la sociedad que postula maquillajes quirúrgicos y entona el discurso infantiloide del Estado del bienestar. La doctora Renán, «abstraída, insistía en la profundidad de su beso, como si pretendiera dejar impoluta la dentadura, la garganta, los bronquios del paciente». Susana y los viejos está repleta de rincones corporales, por los que fluye el lenguaje de Marta Sanz. Fluidos compartidos por las diversas generaciones y cuidadosamente eludidos en las visiones canónicas y fascistoides del cuerpo. Para la rebelde Lorena, la decadencia corporal se suple con la vocación de la mantis: «Cuando un cuerpo pierde su frescura, hay que vestirlo con discursos superpuestos: a Joanne Crawford se le caen las tetas, pero se la pone dura a los señores porque es una víbora».
La visualización del cuerpo como exceso de vida, oscurecido por el vello que recorre como hiedra una piel arrugada y sin depilar nos lleva al episodio bíblico de Susana y los viejos que pintaron Altdorfer, Rubens, Bassano, Tintoretto, Rembrandt y una mujer, Artemisa Gentileschi. En el cuadro de Tintoretto, el viejo palpa el pecho de Susana. La mano se confunde con el pecho, «cristalizados en un segundo de gloria geriátrica». La interpretación puritana repararía sobre todo en el viejo rijoso que se aprovecha de una joven basculante entre la turbación y la incitación. Felipe hijo observa las interpretaciones pictóricas del pasaje del Antiguo Testamento; constatará que esas representaciones de cohabitación entre belleza juvenil y desdentada vejez no denotan vergüenza, sino sensualidad. Susana no sería la carnaza de los viejos, sino la redentora de la senectud. La doctora Susana sería el epígono científico del personaje bíblico: la joven que hace revivir con sus cuidados al encamado Felipe. La mujer desnuda que lo baña y unta con cremas, que le acaricia el vientre y le agarra el pene, permite al anciano renovar la conciencia de su cuerpo y hacer contrición del puritanismo con que lo «civilizaron», le ayuda a alejarse de la hipocondría justo cuando está a las puertas de la muerte. Susana como paliativo: su cuerpo «brilla como una velita en un cuarto oscuro».
Marta Sanz cultiva la ubicuidad de la mirada sobre el cuerpo-contenedor de verdad. De tanta verdad, que también puede reflejar la lucha de clases. Maximiliano, el hijo de Lorena, el que vive a costa de su padre, el que mantiene una relación cuasi incestuosa con su madre, el que toca la trompeta y el culo a las criadas, expresa las diferencias entre el objeto real de su deseo –la asistenta Clara– y su novia oficial –la resignada Pola–. Marta Sanz demuestra el aforismo nietzscheano de que cada palabra es un prejuicio: «Max recupera la imagen de la axila tensa de Pola, del sobaco estirado de Clara. Pola tiene senos y Clara tetas, Pola tiene vientre, Clara tripa, Pola tiene rostro, Clara cara, Pola tiene pubis, Clara potra, Pola tiene vagina, labios menores y mayores, una enorme complejidad de tejidos y fibras replegados».
Las seis voces del microclima familiar actúan en la narración como vasos comunicantes ondulantes. Descripciones que van de lo prolijo a lo sintético y en ese tránsito sumen al lector en un ambiente obsesivo como la habitación donde un viejo cuerpo aguarda la muerte. Y lo que es más importante: la autora no sucumbe en ningún caso a la tentación de la necrofilia. Aunque pudiera parecerlo en una lectura apresurada, Marta Sanz no ha pergeñado una novela «geriátrica». Las emanaciones corporales empapan a todos los personajes, enmarañan vivencias, entrecruzan edades. Nadie sale indemne de la catarsis: esto es –y volvemos a Nietzsche– el volumen de verdad que somos capaces de soportar.

 

01/06/2006

 
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