ARTÍCULO

Las razones del papa

 

Libro extraño en un sentido y extraordinario en otro. Su autor es un papa, quien, sin olvidar lo que es, sin embargo, no quiere poner en juego la autoridad magisterial propia de ese cargo. Con ello está innovando de manera profunda al mostrar que a esa autoridad suprema hay que dejarle todos los márgenes de expresión posible e interpretar en correspondencia cuanto dice. Un Papa puede hablar con distintos géneros literarios, ejerciendo diversos niveles de autoridad, desde la decisión suprema que reclama su carácter de definitiva hasta una encíclica, un discurso de ocasión, una homilía, una entrevista o una charla de café con amigos. Esa normalización o nivelación cotidiana de la palabra del Papa se encuentra implícita en la innovadora forma de comportamiento de Benedicto XVI.
Este es el cuarto libro de entrevistas que publica el autor. Las tres anteriores fueron como cardenal. De ellas, dos (La sal de la tierra, Dios y el mundo) fueron concedidas al mismo entrevistador, Peter Seewald, redactor en su día del famoso semanario alemán Der Spiegel. Por tanto, no estamos ante un libro propio sino ante una conversación de seis horas con un periodista que va planteándole preguntas. Éste escribe en el prólogo: «Nunca antes en la historia de la Iglesia un pontífice había respondido a preguntas en la forma de una entrevista personal y directa». Y no sólo lo hace, sino que da razón de este comportamiento: «La Iglesia no debe esconderse. La fe puede y debe ser explicada, porque es racional».
Si este es el contexto, ¿cuál es el contenido? Un exergo, tres partes y un apéndice documental, para concluir con una biografía y breve crónica del pontificado. El exergo da la clave del libro, que más allá de las diarias minucias o de las grandes cuestiones, quiere hablar de Dios, provocar al hombre a que sea «sensato», se percate de que existir es un abismo y de que la vida pierde su evidencia superficial cuando uno despierta a los interrogantes primordiales de la existencia. «Hoy lo importante es que se vea de nuevo que Dios existe, que Dios nos incumbe y que Él nos responde [...]. Por eso, creo yo, hoy debemos colocar, como nuevo acento, la prioridad de la pregunta por Dios» (p. 78).
En la primera parte, bajo el título «Signos de los tiempos», se analizan grandes hechos positivos y negativos de la sociedad occidental, de la vida de la Iglesia, de la cultura en que estamos inmersos, del poder admirable y abisal de la ciencia y de la técnica, con la pregunta correspondiente: «¿Nuestro crecimiento en humanidad y en solidaridad, compasión y pasión de servicio han sido proporcionados a esos logros materiales?». Aquí aparecen descarnados, sinceramente reconocidos y rechazados sin ningún paliativo hechos recientemente descubiertos en la Iglesia ante los cuales el papa profiere una confesión de culpa, un rechazo de raíz junto con la exigencia de asumir todas las consecuencias jurídicas derivadas de ellos. Junto a estos hechos internos a la Iglesia, se analizan otros determinantes de nuestra cultura, como las causas y oportunidades de la crisis, la dictadura del relativismo y la ofuscación ante la verdad.
En la segunda parte, la mirada se centra en el pontificado: la trayectoria anterior del protagonista, sus primeras decisiones y problemas, los movimientos integristas en la Iglesia, el ecumenismo, el diálogo con el islam, los viajes pastorales, que, aun cuando no sean tan frecuentes como los de su predecesor, ya llegan a la veintena. Con la pregunta «¿Hacia dónde vamos?» se abre la tercera parte, en la que vuelve sobre dos cuestiones de fondo: ¿ha logrado la Iglesia la relación objetiva que debe mantener con la sociedad? ¿Se han llevado a cabo las reformas que el Concilio Vaticano II previó y programó? Junto a estas cuestiones teóricas, dedica un capítulo a algo que en el siglo pasado suscitó gran curiosidad en conexión con la situación política de Europa, la esperada conversión de Rusia y su retorno desde el ateísmo al evangelio. Se trata de las apariciones de Fátima y del hipotético secreto, tema al que dedica el capítulo titulado «María y el mensaje de Fátima». Secreto y mensaje que, ya siendo cardenal, Ratzinger había resuelto en un sentido y disuelto en otro: no hay revelación normativa alguna para todos los cristianos con posterioridad a la vida, mensaje y destino de Cristo, si bien ciertos signos de la historia y de la Iglesia pueden conducirnos al corazón del evangelio al incitarnos a la conversión del corazón, la fe más viva en Dios o el servicio al prójimo. Esta tercera parte se cierra con otros temas bien distintos: el sentido del final y del fin del mundo, la segunda venida de Cristo, las realidades consumadoras del hombre y de la historia, esperadas o temidas. Se trata, en cualquier caso, de las más inimaginables y sorprendentes, a las que, sin embargo, desde Homero, Virgilio y Dante toda la literatura posterior no dejó de imaginar y a las que, en consecuencia, se designó como los «Novísimos».
El libro se cierra con tres textos de su pontificado. Si yo hubiera tenido que hacer una selección de textos fundamentales de este papa, hubiera remitido al que considero su libro fundamental: Introducción al cristianismo (1968), surgido en la Universidad de Tubinga como curso abierto a todas las facultades dentro de lo que las universidades alemanas llaman Studium generale. Era el momento de máxima politización de la universidad, cuando el marxismo intentó un asalto o alianza con la teología cristiana para llevar adelante su propuesta revolucionaria. Ernst Bloch, el filósofo emigrado de la Alemania oriental, alentaba proyectos utópicos y políticos con una gran obra, El principio esperanza. A él se sumaban los representantes de la Escuela de Fráncfort, con Marcuse, Adorno y Horkheimer a la cabeza. En esa misma universidad, los teólogos protestantes Ernst Käsemann y Jürgen Moltmann intentaban una conjugación concreta entre evangelio y esperanzas históricas. Mientras Hans Küng tendía la mano a una comprensión humanista y liberal, Johannes Baptist Metz proponía primero una «metafísica política» (propuesta hecha en España dentro de las conversaciones de la Paulus Gesellschaft dirigidas por Alfonso Álvarez Bolado en San Cugat del Vallés en marzo de 1966), que posteriormente reformuló como «teología política».
La pregunta radical en ese momento era ésta: ¿dónde están las últimas fuentes de sentido y de verdad para la vida humana? ¿Qué o quién responde mejor a las cuestiones inexorables: la justicia, el futuro, el sufrimiento, el prójimo, Dios? El cristianismo, ¿qué es? ¿Un puro relato de pasado, un mero programa moral, un proyecto revolucionario o la revelación e inserción de Dios en la historia humana hasta hacerla suya desde dentro, y en la que el hombre encuentra luz y respuesta última a sus preguntas, deseos, capacidad de infinito? En ese contexto hay que situar el libro de Joseph Ratzinger, con cuya lectura debería comenzar todo aquel que quiera saber quién es este bávaro, apasionado de la racionalidad moderna, avezado en el estudio de la Biblia en un país en el que católicos y protestantes piensan unos junto a otros, dialogando con Habermas y con otros conspicuos representantes del pensamiento actual.
Si junto a este libro fundamental yo tuviera que sugerir otros representativos del carácter de Benedicto XVI, remitiría a tres textos preparados para contextos universitarios: la lección que impartió en la Universidad de Ratisbona (12 de septiembre de 2006) sobre la razón como esencial a la fe y la imposibilidad de cohonestar fe con violencia, a la vez que la necesaria superación de un concepto exclusivamente positivista del conocimiento humano. En la primera dirección se refería al fundamentalismo e, indirectamente, al islam. En la segunda miraba al mundo occidental, que eleva a categoría suprema y dominante el conocimiento propio de las ciencias duras, que tan admirables servicios han prestado a la vida humana, pero que no son suficientes para iluminar todos sus problemas, especialmente los referidos al sentido de la vida y al destino último del hombre. El segundo texto universitario es el preparado para la Universidad de la Sapienza de Roma y el tercero es el expuesto ante los hombres de la cultura francesa en París, en el centro de los bernardinos en 2008. En este último, partiendo de la significación que el monacato benedictino, y en referencia a un libro clásico de Jean Leclercq, El amor de las letras y el deseo de Dios, reflexionaba sobre el solar del que Europa ha surgido, sobre el que ha pervivido y ha llegado a ser la que ha sido: la unión que los monjes instauraron entre el cultivo de los campos, la cultura del espíritu y el culto a Dios. La unión de esas tres dimensiones –naturaleza, hombre, Dios– ha sido una parte constitutiva de Europa hasta hoy. Renunciar a alguna de esas dimensiones y ejercitaciones sería un suicidio espiritual.
En este libro se transcribe parte del primer texto universitario de Ratisbona anteriormente aludido, así como otros dos fragmentos: uno de la carta pastoral del 19 de marzo de 2010 a los católicos de Irlanda sobre el grave pecado de pederastia cometido contra los niños y sus consecuencias morales y jurídicas. El tercero es otro fragmento de la entrevista concedida durante el vuelo a Camerún (17 de marzo de 2009) sobre el sida y la humanización de la sexualidad. En el libro vuelve sobre ese mismo tema, porque lo que aquí está en juego es ante todo una comprensión humana o inhumana, zoológica o personalista, individualista o intersubjetiva de la sexualidad, a la vez que su dimensión social, ya que en ella se juega el futuro de toda la humanidad. Por ello, centrar la cuestión primera o exclusivamente en el preservativo, sin entrar en el problema antropológico, social e incluso político de raíz –el lugar y educación de la sexualidad, insertándola en un proyecto de persona, de matrimonio y de familia–, es una manera de ocultar las cuestiones más profundas que están deteriorando a África en este orden (promiscuidad, poligamia, falta de sanidad e higiene, pobreza, desarticulación de la sociedad civil, persistencia de la colonización con explotación por parte de los grandes imperios). El preservativo no puede ser la trampa con que los países ricos y dominadores ocultan aquellos problemas que son decisivos.
La novedad de este libro es la novedad de este papa: un profesor alemán que se mantiene tal en la cátedra de Roma queriendo conversar y reflexionar en público delante de la Iglesia y de la humanidad. Como profesor, se propone pensar en alto, razonar y no sólo sentir, invitando a reflexionar antes que a obedecer. Y esto en alto, como quien está ante el atril universitario, erguido y atenido sólo a la realidad sobre la que se piensa (en la universidad alemana las clases se dan siempre de pie). Benedicto XVI es consciente de su condición alemana y considera providencial que Dios haya querido hoy un papa alemán. «La reflexividad forma parte de manera especial de la historia de la cultura alemana. Esto ha sido visto durante mucho tiempo como el elemento descollante. Tal vez hoy se verían más bien como talentos típicos de los alemanes el vigor, la energía, la capacidad de llevar a cabo sus propósitos. Pienso que ya que Dios ha hecho papa a un profesor, quería que precisamente este aspecto de la reflexividad, y en especial la lucha por la unidad de la fe y de razón pasaran a primer plano» (p. 91).
Para este papa, el cristianismo es la religión del logos y del agape, de la razón y de la libertad. Ninguna violencia, injusticia o arbitrariedad pueden apelar a la fe para actuar contra la razón, sello que Dios ha impreso en nuestro espíritu. Tenía razón Spinoza al escribir: «¿Qué altar podría prepararse como refugio a aquel que ha ultrajado la majestad de la razón?» Complementariamente, nosotros podríamos añadir: ¿qué razón podría encontrar como fundamento quien quisiera encerrar al hombre en el horizonte de la finitud, negándole la posibilidad de abrirse a lo que le precede y excede, a lo que le puede llamar y con esa llamada hacerle posible tanto la respuesta como la responsabilidad? ¿En qué templo de racionalidad podría cobijarse quien ha ultrajado la majestad de la religión? Ambas tienen que perdurar en una crítica recíproca, conscientes de las propias posibilidades y patologías, traduciendo las intenciones profundas de la una a las intenciones más radicales de la otra. A esta conclusión llegaban Habermas y Ratzinger en su famoso diálogo de hace unos años. Y tal sigue siendo la propuesta del ahora ya papa Benedicto XVI.
Este libro, sin embargo, no es un tratado teórico sobre las relaciones entre razón: es una conversación, con preguntas largas y respuestas cortas, atrevidas y transparentes. Lo cual no quiere decir que todo sea fácil: en más de una ocasión Benedicto XVI afirma que hay no pocos problemas sin resolver, que dentro de la teología no los tenemos dilucidados del todo, que hay que seguir pensando. Sus palabras no son decisiones, ya que no quiere poner en juego toda su autoridad. ¿Son entonces sólo meras opiniones? En su libro Jesús de Nazaret dijo que quien tuviera mejores razones podía disentir de él. ¿Podemos los católicos también disentir con la misma libertad ahora ante un libro cuyo objetivo es iluminar en teoría y orientar en la práctica? Estamos ante un giro en el ejercicio del magisterio pontificio, que quiere integrarnos a todos en la reflexión común antes que plantarnos ante la seca obediencia. En la Iglesia son esenciales las primeras y penúltimas reflexiones junto con las decisiones previas de la comunidad antes de llegar a las últimas decisiones de la autoridad: no hay potestas clavium separada del sensus fidelium.
Al leer este libro uno recuerda meditaciones clásicas en esta línea, como fueron en los años treinta del siglo pasado la de Karl Jaspers sobre «la situación espiritual de nuestro tiempo» y la de José Ortega y Gasset sobre «el tema de nuestro tiempo». Con la presente podemos discernir las corrientes de fondo que mueven nuestro momento histórico, sus oportunidades y sus simas, situando la Iglesia dentro de él, percibiendo sus posibilidades y sus límites. En un momento dado, Benedicto XVI afirma que la fe es un acontecer de libertad, que esa libertad es inseparable de la justicia, y que una y otra se acreditan en la responsabilidad con el hombre, con el tiempo, con el lugar. Fe que, como acontecer de libertad, supone la necesidad de permanente formación, permanente información y permanente decisión. Todo el libro está impregnado y promovido por la convicción de la necesaria correlación entre la fe y la historia concreta, entre el progreso del conocimiento y el potencial ético tanto del individuo como de la sociedad.
Libros como este encontrarían mejor su lugar propio y cumplirían mejor su cometido si otras voces, desde otras atalayas teóricas, éticas y religiosas, intentasen un análisis semejante de los mismos problemas. La sinfonía analítica resultante sería para todos los humanos más rica y más fecunda.

01/04/2011

 
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