ARTÍCULO

El corazón del bosque

 

Se dice que un narrador escribe siempre la misma historia de formas diferentes. Autor reconocido de narrativa infantil y juvenil, Premio Nacional en 1997 por La amiga más amiga de la hormiga Miga, Emili Teixidor (Roda de Ter, 1933), volvió a la literatura «adulta» con El llibre de les mosques, truculenta historia en que la prohibición de abrir un libro estigmatizado por la suciedad moral y los insectos despanzurrados en sus páginas se conjugaba con el asesinato de una niña, la vulneración del sexto mandamiento, la Guerra Civil y el nacionalcatolicismo asfixiante. En aquella obra, galardonada con el Sant Jordi de novela en 1999, revoloteaban cual moscas impertinentes las obsesiones que Teixidor baraja de nuevo en Pan negro: vacío moral de posguerra, psicología infantil, sexualidad y tabúes. Incapaces de soportar la verdad, los personajes de Teixidor se emboscan en otras vidas que le permiten conllevar un mal que no pueden exorcizar con la palabra.
La memoria de quienes perdieron la Guerra Civil está cruzada por cuatro jinetes del Apocalipsis: exilio, represión, frío y hambre. El exilio –interior-comporta la invisibilidad. El derrotado se sume en el silencio del siervo para no llamar la atención de los prebostes de un régimen más proclive a la victoria que a la paz; tiempos de avales de buen comportamiento y adhesión al Movimiento: permiten acceder al trabajo y alivian la sensación de ostracismo. La represión muestra un paisaje de campos de concentración, trabajos forzados, cárceles atestadas y fusilamientos al amanecer. El frío acompaña un eterno duermevela de sábanas gélidas y apelmazadas, braseros alimentados con pieles de naranja y restricciones de electricidad. El hambre se consigna en la cartilla de racionamiento y su icono es el pan moreno.
Los cuatro jinetes cabalgan en la novela de Teixidor y el último, el pan moreno, la bautiza. Ese mendrugo incomestible empuja a las gentes a buscar las hogazas del estraperlo que consumía pronto el magro presupuesto familiar. Pero el pan moreno al que alude la novela es, más que un deterioro alimenticio, el símbolo del deterioro moral. Así lo denota la abuela de Andrés, el niño protagonista: «Pensé que la maldita guerra llega incluso a dañar el pan, porque aquello no era pan, aquello era un pan muerto, sin alma y sin virtud». Hijo de un republicano encarcelado, el chico contempla cómo su madre culmina las jornadas interminables de la fábrica con la búsqueda de ese aval que libre a su marido de la muerte. Nos encontramos en la Cataluña rural, donde el pan no es problema: el excedente alimentario agrario permite aumentar ingresos dedicándose al mercado negro en la desabastecida ciudad. Pero lo que ahoga no es el déficit calórico, sino el contacto diario con odios reconocibles que lleva a la muerte civil. En las ciudades se pasa hambre pero el anonimato evita ser señalado; en los pueblos, todo el mundo sabe la carta que jugó su vecino en el 36. Consciente de su marginalidad social, Andrés busca refugio en el bosque, un espacio donde la naturaleza no sabe de ascendencias políticas; ayuda al aprendizaje sexual y los duendes de los cuentos conviven con locos que corren desnudos entre los árboles y tuberculosos tumbados a pelo para nutrirse de una porción de sol. En el pueblo todo es diferente. La mera presencia del derrotado, una palabra de más, puede soliviantar al vencedor, que tolera a regañadientes esa presencia. Como dice Andrés, «bastaba que ellos, los victoriosos, supieran que admitíamos su victoria, su poder, su reinado. Que no discutíamos ninguno de sus méritos ni sus dogmas. ¿No sabían los mayores, los grandullones de la abuela, que los pequeños y los débiles tienen que ocultarse siempre, tienen que buscar escondites precisamente para no "dejarse ver", y hacer cabañas en las ramas de los árboles, disimuladas por el follaje, en los lugares donde no vive nadie, para no molestar a los habitantes de la casa grande?».
Al igual que en El libro de las moscas, Teixidor revisita obsesiones de innegable carga autobiográfica. El ambiente clerical es anejo a la Plana de Vic, feudo del catolicismo en Cataluña que alimentó el organicismo nacionalista de Torras i Bages. El realismo descriptivo ayuda a la visualización de los escenarios, aunque la proliferación de novelas sobre la posguerra hace que algunas situaciones, como las escenas de los «juegos prohibidos» infantiles suenen a déjà-vu.
La muerte del padre y la adopción por un matrimonio enriquecido gracias a la victoria llevarán al protagonista a un sentido de la supervivencia fundamentado en el egoísmo. Si algo hay que agradecer al escritor de Roda de Ter es que muestre a las claras que en el bando franquista se alinearon también muchos catalanes: burgueses de misa diaria que temieron por su fábrica y recibieron con todos los honores a las tropas nacionales. Tampoco soslaya el hecho de que algunos de los vencedores, como el profesor falangista de la novela, combatieron por unos ideales que luego vieron defraudados por una vida civil adulterada por el amiguismo y la corrupción.
Para evitar el ostracismo, el protagonista agarrará el único clavo ardiendo que se le plantea. Las experiencias vividas y el entorno familiar así se lo aconsejan: si el compromiso político llevó a su padre a la muerte, él debe evitar todo aquello que sea «humano, demasiado humano». Como en El libro de lasmoscas , Teixidor nos habla de ese vacío que conduce a la percepción del mal que no puede definirse, sino que es un complemento necesario de una sociedad trastocada por la violencia y la perversión moral. El conjunto da una novela desigual, con momentos intensos como las descripciones del microcosmos rural. La riqueza del vocabulario referido al entorno natural –en la edición catalana– devuelve una viveza que se echa a faltar en una lengua demasiado estandarizada; pero lo que es una virtud en la versión original pesa como una losa en esta traducción al castellano realizada por el propio autor quizá obligado por las prisas o economías editoriales. Las objeciones comenzarían con el título: Panegre en catalán, Pan negro en castellano... ¿Se utilizaba realmente esa denominación? Concedamos el beneficio de la metáfora. En todo caso, se percibe un abuso de literalidad al verter ciertas expresiones catalanas al castellano. Un ejemplo sería «fer dissabte», que en catalán significa hacer limpieza y poner la casa en orden durante la mañana sabatina; Teixidor lo traduce, forzadamente, por «hacer sábado». Lo mismo ocurre con «a tocar de», que en catalán expresa proximidad: «El ataúd de madera estaba delante del altar, a tocar de los primeros bancos...», escribe Teixidor. La lista de catalanismos es extensa y no la reproduciremos aquí: «de buena mañana», «un mal feo» (en catalán «mal lleig» alude a enfermedades incurables, secretas o venéreas)... Para evitar ese exceso de literalidad se podría haber conservado la expresión catalana con una nota a pie de página, como sucede en las traducciones de otras lenguas. Tampoco se entiende por qué el autor ha traducido los nombres de los personajes y, lo que es peor, sus apodos: a la niña llamada en catalán la Ploramiques (que se traduciría en castellano por «llorica») la convierte en Lloramicos. Que el lector avisado juzgue. Que Teixidor reflexione para autotraducciones sucesivas.

01/01/2005

 
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