ARTÍCULO

Confidencias

Plaza & Janés, Barcelona
237 págs. 2.650 ptas. 15,93
 

El corazón de la tierra, primera novela del conocido poeta Juan Cobos Wilkins, recrea una historia que contiene varias líneas argumentales y, como fondo, el testimonio histórico de una huelga general en los yacimientos mineros de Riotinto en 1888 y una manifestación popular de consecuencias sangrientas que van a determinar la existencia de los personajes. El conflicto podría describirse en principio como un choque de intereses económicos y políticos o como un enfrentamiento de clases donde entraban en liza los empresarios, apoyados en las fuerzas del orden, para mantener sus privilegios sobrados, y los obreros y sindicalistas, para reclamar derechos elementales de subsistencia; pero poco a poco se perciben otras implicaciones, como la racionalización de la convivencia, el respeto a la libertad o la defensa del medio ambiente.

El grueso de la novela, sin embargo, se configura como un relato de la memoria que se desarrolla a lo largo de una conversación entre dos mujeres. Aunque existe un narrador en tercera persona, solamente funciona como presentador o como hilo conductor de la acción y de la palabra de los personajes, ya que de inmediato delega la voz narrativa en Blanca Bosco para que ponga en orden, muchos años después, en 1952, cuando es una anciana, los hechos que vivió de niña en Riotinto. Blanca recupera en el fluir de la memoria, no sólo sus recuerdos de las personas y los sucesos de 1888, sino también sus emociones y, más aún, su fascinación infantil por John Francis White, médico entonces en la empresa minera.

Se articula entonces la novela en un contrapunto narrativo entre esas dos fechas, un presente y un pasado que se van alternando para completar el ciclo de la trama. Es decir, de una parte lo que Blanca va contando a Katherine sobre su infancia y su familia, sobre Mr. White y sobre los acontecimientos de la mina; de otra, lo que el narrador va intercalando para relatar la breve convivencia de unos días entre las dos mujeres.

Pese a la gravedad e intensidad de los hechos narrados, de sus implicaciones históricas y sociales, que en todo momento quiere resaltar el autor, en el discurso de El corazón de la tierra tienen mucha más fuerza, sin embargo, las emociones y los sentimientos, las ocultaciones y los silencios, como si por encima de la experiencia cotidiana de los personajes, tanto del pasado como del presente, se tendiera una pátina de sugerencias y complicidades implícitas. En el relato de Blanca, por ejemplo, saltan a la vista los hechos dramáticos de Riotinto, pero sobre ellos se perciben, sin duda, verdades no dichas, sentimientos no expresados o emociones contenidas que ponen en comunicación y tensión los espacios interiores de los personajes. A su vez, entre las dos mujeres, detrás de los asuntos personales compartidos que emergen de la conversación, se perciben los efectos de una relación que, a pesar de su brevedad, dejará un poso suficientemente intenso y perdurable.

Esta forma de trabajar con la sugerencia y las elusiones de las palabras, unida a la calidad espléndida de la escritura, que puede ser calificada de impecable, es quizá lo más sobresaliente de la novela; pero también, por otra parte, supone un punto de riesgo para un escritor que se enfrenta a una obra narrativa. Los caracteres apuntados, creemos, remiten con precisión a las condiciones y a la esencialidad del discurso poético, a su carácter estático, y en consecuencia se presentan, salvo en las excepciones concretas de las novelas discursivas, como un peso muerto en el desarrollo de una trama novelesca al entorpecer sobremanera el ritmo y el movimiento narrativos.

Una novela tiene por esencia carácter dinámico y se fundamenta sobre todo en el movimiento y en el ritmo de la acción. Sin ellos no es posible la narración, ya que los personajes y los hechos del relato realizan un recorrido entre dos puntos o situaciones que se complementan. Aquí reside la pequeña o grande objeción que se puede poner a esta novela. Cobos Wilkins ha preferido anteponer la belleza de la prosa y los sentidos implícitos al dinamismo de la acción y a su ritmo necesario, con lo que el lector percibe la clara sensación de una lentitud excesiva. Ni siquiera los mecanismos habituales en la oralidad, que el autor pone al servicio de Blanca cuando se constituye en narradora, consiguen despojarla de esta rémora.

01/01/2002

 
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