ARTÍCULO

Molestias del trato humano

Seix Barral, Barcelona, 287 págs.
 

Juan Miguel Arróniz, antiguo gestor cultural de los socialistas, abandona Madrid con el ánimo de volver a sus orígenes y encerrarse a escribir. Lo hace en un lugar fronterizo del País Vasco, y lo que parece al principio un paraje idílico donde vivir una existencia retirada y tranquila, se va convirtiendo paulatinamente en una pesadilla torturante por culpa de la siniestra atmósfera social en la que Arróniz no acaba de integrarse. Su muerte en extrañas circunstancias lleva a uno de sus amigos a contar su historia con un vago afán justiciero. La voz de la novela es, por tanto, la de un abogado que ha colgado la toga y que se siente un tanto culpable por no haber hecho nada para evitar un desastre anunciado, el de un hombre «atrapado por el cepo de la comodidad, los afectos, las ideas erráticas, la falta de auténticas convicciones, las creencias adquiridas para compartirlas y ser admitido». Así es el planteamiento de la última novela de Sánchez-Ostiz, la cual parece seguir el camino de frustración y denuncia trazado por las inmediatamente anteriores, situadas todas ellas en la transición española, a caballo entre Madrid, Euskadi y Pamplona, ciudad ésta que el escritor reinventa con el nombre de Umbría.

El principal problema que plantea una novela de tales características es la fiabilidad de la voz narradora. Si nos merece confianza, si damos crédito a lo que nos cuenta por la manera como lo hace, el relato será eficaz aunque su estructura tenga grietas. Por el contrario, si el tono empleado flaquea a los pocos compases de iniciado el discurso, entonces nos preguntaremos si el escritor lo hace adrede, o más bien no ha llegado a refinar el registro de esa voz lo suficiente. Me temo que con El corazón de la niebla nos encontramos en el segundo caso: la confianza que el lector deposita en la «sustancia narrativa» se ve mermada por elementos de la misma prosa. Cuando no es demasiado coloquial, resulta demasiado solemne y hasta sermoneadora. ¿Por qué remacha opiniones y detalles que tendrían más fuerza escenificados o sugeridos en lugar de dichos? ¿Por qué son tan malos los malos y tan ingenuamente ciego ese bibliófilo que camina hacia el suicidio? Por suerte o por desgracia, tenemos en las manos algo que se nos presenta como ficción y no obstante huele a documento disfrazado. El amigo de Arróniz no llega a explicarnos de manera convincente por qué cuenta esta historia, cuáles son sus motivos. No basta con que a veces nos diga que se identifica con la «especie» a la que pertenece el protagonista, lobo estepario que busca el retorno a su propia manada y se confunde. Sin embargo, lo interesante de este libro es que si bien como trama novelística tiene un atractivo limitado, como testimonio, en cambio, como indagación sociológica, e incluso como libelo, cobra un relieve nada desdeñable. Sorprende comprobar que la realidad cotidiana suele estar reñida con la realidad novelesca, que la vida que rezuman las novelas logradas contiene una vida «diferente» de la que gozamos y sufrimos. Y está bien que sea un autor apasionado como Sánchez Ostiz quien nos haga ver algo que nos suele pasar por alto.

En realidad, y para nuestro regocijo, El corazón de la niebla es un brillante tratado de malas costumbres, un fresco sobre un país desquiciado. Un ensayo acerca del rencor y la intolerancia hacia quien es diferente. El trato humano causa molestias en todas partes, pero en los parajes por donde transcurre la obra que comentamos –bien reales esta vez, ampliados con la lupa los pelos y las señales–, esas molestias se convierten en estragos, en violencia, en un ignominioso dilema entre sumisión y muerte. Y Sánchez-Ostiz afila su pluma sin contemplaciones, lanzando invectivas a diestro y siniestro. Por un lado, tenemos a España, «el paraíso de los granujas»; por otro, «ese mundo rural tan intenso en el que perviven formas de ver las cosas que resultaban plenamente vigentes en la Edad Media», es decir, el mundo de los aquelarres y los autos de fe. Y entre medias la rabia apenas contenida, el miedo, la confusión, la patética mirada del cordero. El pobre Arróniz se fue a Eleta para «vivir al margen de las molestias del trato humano». Lo que va descubriendo es un trato bestial que surge como un rugido insomne del «corazón difuso de la barbarie». No debemos bajar la guardia, nos dice Sánchez-Ostiz con el deje admonitorio de quien sabe de lo que habla. En otras palabras, debemos hablar aunque sea a las piedras. Y «como una niebla espesa», sus palabras quedan flotando en el aire para eficaz aviso de caminantes.

01/03/2002

 
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