Le Corbusier
ARTÍCULO

El conocimiento como relación

 

Las teorías psicológicas se constituyen siempre sobre un modelo o metáfora del ser humano. En este sentido son teorías deudoras de las mentalidades e ideologías de su tiempo. La psicología se hace posible históricamente como ciencia no tanto porque haya un progresivo descubrimiento de un «objeto» «real» (la psique, la mente o la conducta), susceptible de conocimiento «científico», sino más bien cuando hay una opinión ampliamente compartida de que, entre otras cosas, el ser humano es modificable en su subjetividad por mecanismos y procesos meramente materiales e intramundanos y se tienen, además, modelos –como los mecánicos– para explicar ese cambio. Pero las ciencias sociales, y la psicología en especial, se constituyen a su vez –y cada vez más– en productoras de modelos e interpretaciones que son utilizados por las personas comunes para dar sentido a su existencia. Piénsese, por ejemplo, en el efecto transformador que ciertas ideas procedentes del psicoanálisis han tenido sobre los modos cotidianos de entender la vida, como sería el caso de la sexualidad infantil, que de ser entendida como algo aberrante y pecaminoso termina siendo aceptada como algo natural, incluso por algunas organizaciones pedagógicas religiosas. Ciertamente, algunas ideas popularizadas tienen sólo un remoto parecido con lo que fueron las propuestas originales en la teoría psicológica, como sería el caso de esa creencia más o menos difusa de que no se puede frustrar a los niños porque van a desarrollar complejos. Lo que ello implica es que la ciencia psicológica se ha constituido en una importante productora de representaciones sociales con las que se conforma la hermenéutica cotidiana. Realidades y relaciones constituye, en cierta medida, una radical exploración de esta doble faceta de la ciencia psicológica: su constitución como un saber construido sobre metáforas y su desarrollo como una actividad práctica constructora de realidad. La reflexión de Kenneth Gergen no se limita a lo que serían los límites disciplinarios de la psicología tal como está hoy en día constituida, sino que se sitúa plenamente en el debate epistemológico y moral contemporáneo. En realidad, una reflexión radical de la psicología siempre nos ha llevado fuera de ella, a algunos incluso –aunque no es el caso de Gergen– para no volver. Las aportaciones de Gergen a una psicología social crítica se inician con la publicación en 1973, de un artículo titulado «La psicología social como historia». Comenzaba con ello una trayectoria intelectual que le iba a separar cada vez más de su anterior cualificación como psicólogo experimental y que le iba a situar en el ojo de la tormenta suscitada por quienes en aquellos años empezaron a cuestionar el cientifismo naturalista y asocial que caracterizaba a la psicología social dominante, constituida en gran medida como un apéndice de la psicología general. No por casualidad la respuesta que recibió de inmediato aquel artículo llevaba por expresivo título «La psicología social como ciencia». La polémica estaba servida. Las ideas de Gergen se han configurado bajo el término de construccionismo social. La idea de construcción se aplica a los dos procesos antes señalados. Por una parte, se pone un especial empeño en desconstruir los supuestos objetos del saber científico psicológico (y no sólo psicológico) y, por otra, se estudia la práctica científica general y la psicológica en particular, como una actividad constructora de esquemas de interpretación y de autoridad en la vida cotidiana. Las principales metáforas sobre las que se constituye la psicología científica moderna son básicamente mecánicas e informáticas. La psicología conductista se construye en gran medida sobre la idea de que el sujeto funciona como una especie de centralita telefónica, como un mecanismo conmutador de estímulos y respuestas. La psicología cognitiva, o al menos algunas de sus teorías, se construye sobre la metáfora informática, según la cual el cerebro sería el hardware y los procesos mentales o cognitivos serían el software; la mente sería procesamiento de información. Ambos modelos tienen en común una concepción del sujeto humano individual como unidad de análisis básica para la comprensión de la conducta y la mente, psique o razón como el fundamento o último basamento de tal comportamiento. Esta ontología individualista y racionalista, que constituye en gran medida el pensamiento moderno, es puesta en cuestión por Kenneth Gergen, cuyo trabajo se puede entender como una reflexión posmoderna sobre la psicología. El construccionismo propone sustituir lo individual por la comunidad como emplazamiento de la generación de conocimiento, lo que le aleja notablemente de la revolución cognitiva que ha caracterizado la psicología moderna. La hipótesis de una supuesta mente interior que refleja, aunque sea de un modo distorsionado por filtros y sesgos cognitivos, una realidad exterior carece, según Gergen, de fundamento. A diferencia de los modelos conductistas y cognitivos de la psicología, el construccionismo sustituye el individuo por la relación como el locus del conocimiento. El dictum cartesiano del cogito ergo sum es sustituido por un communicamus ergo sum. La mente individual deja de ser, según esto, la garantía de objetividad, reflejo de una realidad exterior, planteándose abiertamente un relativismo ontológico y moral, en el que carece de sentido la pretensión de una fundamentación trascendente, objetiva y real, de un conocimiento verdadero. Los conceptos mismos de objetividad, verdad, y el de realidad como tribunal exterior de hechos independientes del sujeto de conocimiento son considerados de modo relativo y desabsolutizado. Gergen es consciente de que, al adoptar una posición relativista, patina sobre una delgada capa de hielo; sin embargo, evita caer en una cárcel textual infinita desplazando el problema desde la metafísica fundacional a una psicología social: «La duda reflexiva no es un deslizamiento en una regresión infinita, sino un medio de reconocer otras realidades, dando así entrada a nuevas relaciones». Su explícito relativismo se matiza por un acercamiento de tipo pragmático. Las teorías científicas, en una fase de ciencia normal, pueden cumplir, en su opinión, dos funciones: pueden generar predicciones fiables (más en el caso de las ciencias naturales que sociales) y pueden, además, aportar ontologías, valores, racionalidades y justificaciones en el seno de la vida cultural. La predicción, como ideal de la teoría científica, puede justificarse en este contexto pragmático, ajeno a toda pretensión trascendental, dado que «su sanción deriva no de la exposición fundacional de la racionalidad científica, sino de la preocupación por la utilidad pragmática del lenguaje en el seno de las comunidades científicas». En este sentido considera acertado pensar que «determinadas cualidades de una formulación teórica son superiores a otras». Gergen considera que los argumentos construccionistas contienen un potencial enorme para las ciencias humanas y en especial para la psicología. El construccionismo social pretende funcionar como una teoría generativa que sirva para socavar el compromiso con los sistemas predominantes de construcción teórica y para generar nuevas opciones de acción. En el terreno crítico es muy interesante el análisis que realiza sobre los potenciales efectos perversos de la extensión de aquellas profesiones que, como la psicología o la psiquiatría, se orientan explícitamente hacia el mejoramiento de la condición humana, y en este sentido, son muy significativos los datos que aporta sobre la expansión de las asociaciones profesionales de psiquiatras y psicólogos y la difusión de lo que denomina discurso del déficit, el discurso clínico de la carencia que nos lleva a legitimar y requerir la intervención de expertos. Pero el construccionismo no es solamente desconstrucción. Una de las principales aportaciones que las ciencias humanas y sociales pueden hacer, según este punto de vista, sería la producción de nuevas voces e interpretaciones sobre la actividad humana, que aumenten la complejidad en lugar de simplificar autoritariamente hacia un pensamiento único y correcto. El construccionismo «alienta los análisis evaluativos de la cultura en general», propiciando los estudios sobre las realidades cotidianas que se nos presentan como evidentes. En este sentido, hace propias un conjunto de investigaciones de la moderna psicosociología del conocimiento, insertándose en una cierta tradición de investigación empírica, a la vez que genera su propia investigación. El libro de Gergen, como otras obras suyas anteriores, impresiona por la amplia información que maneja, lo que le permite mantener con soltura un acercamiento inter o más bien transdisciplinar, pero constituye también, como no podría ser de otro modo, un estímulo para el debate. A mi entender, el construccionismo debe elaborar con mayor precisión una teoría de la (inter)acción social, que nos permita entender algo de las complejas relaciones sociales y de las tramas de poder que las configuran. Si el construccionismo social supone el tránsito del individuo a la relación como lugar del conocimiento, esta relación tiene que ser mejor analizada. Por otra parte, la condición de inteligibilidad de estas relaciones termina fundándose en el proteico concepto de comunidad. Ahora bien, mientras sabemos aproximadamente qué es eso del individuo –y los derechos, por ejemplo, que le asisten– resulta mucho menos claro qué es una comunidad, sobre todo cuando se plantea como fundamento de la inteligibilidad y la legitimidad. A nadie se le escapa que cuando esa comunidad es definida políticamente como grupo (nacional o de otro tipo) las consecuencias pueden ser desastrosas. No es ésta la posición de Gergen, quien concibe la comunidad de un modo relacional. El autor reconoce que no pretende sustituir un determinismo ambiental o cognitivo por un determinismo cultural, y en esto se sitúa el construccionismo como un enfoque propiamente psicosocial. De todos modos, es éste un campo que considero debería desarrollarse con más detenimiento, en especial el carácter semiótico y retórico de esa comunidad, así como del conocimiento que en ella se produce. En este punto, las aportaciones de otros autores construccionistas como John Shotter y Tomás Ibáñez resultan muy adecuadas. Es de agradecer que la editorial Paidós haya traducido y publicado este libro después de otro del mismo autor, El yo saturado, en el que planteaba de modo muy interesante el tema de la identidad en el mundo contemporáneo. Sería deseable que esta editorial recuperase con ellos la colección de Sociología y Psicología Social que en su día la caracterizó y que nos permitió a los lectores hispanos disponer de obras fundamentales de la psicosociología.

01/08/1997

 
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