ARTÍCULO

Eva (y Adán) al desnudo

Planeta, Barcelona
Trad. de Miguel Hernández Sola y Virginia Villalón
328 pp. 22 euros
 

No creo sacar las cosas de quicio si digo que la inmensa mayoría de los seres humanos disfruta del sexo en mayor o menor medida, dependiendo quizá del grado de adecuación entre sus expectativas oníricas y la prosaica realidad de cada día; tampoco me parece exagerar si añado que sólo unos pocos de los que discurren sobre el tema se plantean con suficiente imparcialidad por qué somos como somos y hacemos lo que hacemos (o dejamos de hacerlo). Dejando aparte ciertos enfoques tradicionales que aún sobreviven por inercia, parece claro que al día de hoy la interpretación de las distintas facetas del comportamiento sexual humano debe ponderar en cada caso las influencias relativas de los factores innatos, fruto de la acción de la selección natural en un pasado remoto, y los adquiridos, producto de la intervención de condicionantes culturales bastante más recientes. Aunque no es fácil llevar a término esta tarea con objetividad, limitándose a proporcionar explicaciones plausibles de la sexualidad sin tratar de imponer orientaciones ni de ofrecer justificaciones, la obra de García Leal supera con éxito el listón de lo razonable.
En las especies dotadas de reproducción sexual, cada individuo se desarrolla a partir de una célula inicial única formada por la fusión de otras dos llamadas técnicamente gametos, uno de procedencia paterna (espermatozoide) y otro materna (óvulo). Dicho de otro modo, cada una de esas especies está compuesta por dos tipos de criaturas que, desde el punto de vista reproductor, se caracterizan por la clase de gametos que producen: muchos, pequeños y a bajo coste en el caso de los machos, o pocos, grandes y más valiosos en el de las hembras. En el contexto darwinista, la selección natural tiende a aumentar el número de descendientes de cada ser vivo con independencia de su sexo, pero las presiones selectivas a que están sometidos machos y hembras son diferentes. En principio, el potencial reproductivo masculino aumentará con el número de hembras inseminadas sin mediar mayor discriminación entre ellas, lo cual induce una intensa competición entre los machos por el acceso al sexo opuesto y una contribución de descendencia que varía mucho de unos a otros.A su vez, el éxito reproductivo femenino, más uniforme, dependerá fundamentalmente de la inversión en la viabilidad de la progenie, que puede llevar aparejada una cierta elección entre los posibles padres. En resumidas cuentas, se establece la acostumbrada disyuntiva entre cantidad y calidad. El asunto se complica aún más porque la garantía de maternidad es absoluta, pero la de paternidad no deja de ser problemática y, por tanto, los machos deben tomar alguna medida para que sus espermatozoides no caigan, por así decirlo, en saco roto, lo cual precisa de un esfuerzo adicional. Machos y hembras son, inevitablemente, socios a la hora de engendrar, pero en esta empresa cada parte sigue estrategias distintas que implican una compleja y ardua competición entre los individuos del mismo y distinto sexo para asegurar su perpetuación. El conflicto de intereses se resuelve mediante un compromiso ajustado a las particulares circunstancias biológicas de cada especie que, en la nuestra, comportó la adopción de un patrón reproductor muy poco común en el reino animal: la monogamia «práctica» o, si se quiere, la poligamia «restringida».
A la luz de estos principios, García Leal nos ofrece una exposición muy documentada y argumentada, además de bien escrita, que examina en clave darwinista las particularidades anatómicas, fisiológicas y etológicas de la sexualidad de nuestra especie. Me concentraré, por dar una muestra del procedimiento seguido, en una de esas singularidades: la desconexión entre actividad sexual y ovulación a que está dedicado el capítulo 3.
En general, las hembras de los primates entran en celo muy de tarde en tarde (en el orangután pueden pasar hasta ocho años entre estros sucesivos) y lo manifiestan mediante síntomas inequívocos. Por tanto los machos, cuya libido sólo se estimula por las señales ovulatorias femeninas, pueden pasar largos períodos de tiempo sin copular, lo cual, aparentemente, no les produce mayor desazón. Sólo las hembras del chimpancé pigmeo se apartan significativamente de la norma, estando en celo aproximadamente la mitad de su vida adulta. Por el contrario, la hembra humana se muestra receptiva al sexo en todo momento, sin que ni ella ni el macho sean capaces de detectar eficientemente el período de ovulación. No cabe la menor duda de que esta circunstancia abre inmensas posibilidades al disfrute sexual, pero también es evidente que, desde el punto de vista evolutivo, ello implica, al menos a primera vista, un enorme derroche de gametos. Para explicar esta aparente contradicción se han formulado un buen número de hipótesis, entre ellas las que interpretan la ovulación críptica como: 1) cebo sexual que fortalece el vínculo monógamo, 2) factor de protección contra el infanticidio de los hijos de anteriores uniones por parte de un nuevo cónyuge, 3) medio de incentivar la cooperación masculina en el cuidado de la cría, 4) dispositivo que facilita la infidelidad femenina, y 5) mecanismo de redistribución de recursos en sociedades formadas por machos cazadores y hembras recolectoras. La multiplicidad de la oferta pone claramente de manifiesto tanto la flexibilidad como la fragilidad de las especulaciones darwinistas cuando,como suele ocurrir,no se dispone de suficientes datos; mientras que la disparidad de los argumentos aducidos en los distintos casos es suficientemente ilustrativa de la subjetividad de sus proponentes. La aplicación estricta del modelo darwinista permite al autor descartar las cuatro primeras hipótesis, a mi juicio con acierto, e inclinarse, quizás a falta de mejor opción, por una versión de la última: la evolución de una monogamia «práctica» a partir de una poligamia jerarquizada donde unos pocos machos dominantes monopolizan los apareamientos, siempre en el supuesto de que el reparto del producto de la caza favorezca el establecimiento de vínculos de pareja entre machos y hembras satélites. Sin embargo, no está claro cómo la presión selectiva originaria en favor de la poligamia podría haber sido superada por otra antagónica que promoviera la monogamia.
El mismo tratamiento riguroso y pormenorizado se ha seguido para analizar los condicionantes evolutivos de otros rasgos físicos diferenciales de la sexualidad humana, como el orgasmo femenino (capítulo 4), sobre cuya trascendencia evolutiva el autor expresa fundadas dudas, o la posible función de determinados atributos anatómicos como indicadores de la calidad genética masculina (capítulo 5) o de la fecundidad potencial femenina (capítulo 6). Siguen dos capítulos dedicados a otras tantas singularidades etológicas de nuestra especie: la homosexualidad inequívoca (capítulo 7) y la llamada violencia de género, que es hoy la principal causa de mortalidad femenina durante la edad fértil (capítulo 8), ambas atribuidas a influencias culturales en un sentido muy amplio. El último capítulo incluye el corto apartado (pp. 264267) que, de una manera un tanto forzada, da título al libro, pues se limita a expresar la opinión de que cualquier código que penalice la infidelidad femenina no pasa de ser un producto convencional propio de sociedades patriarcales muy jerarquizadas en las que sólo la garantía de paternidad determina la sucesión testamentaria.
Con todo lo que puede alegarse en su favor, hay algo que se echa en falta a lo largo de la obra. La condición necesaria para que la selección natural opere (indirectamente) sobre cualquier rasgo anatómico, fisiológico o etológico es, por ponerlo en términos simplistas, que al menos algunos de los genes que originan la variación hereditaria de esos caracteres cumplan esa misma función con respecto al único atributo sobre el que la selección natural actúa directamente, esto es, la eficacia biológica o contribución de descendencia de cada individuo a la generación siguiente. En otras palabras, no basta que la lógica darwinista expuesta al principio de esta reseña indique lo que debería ser seleccionado: es también preciso que esto sea, además de ventajoso, posible. La impracticabilidad de la comprobación de este principio en la especie humana, donde la experimentación no es éticamente admisible, no deja de ser reconocida por García Leal (p. 32), pero resulta inquietante que las cautelas que esa incertidumbre aconseja suelan reducirse a la mera inclusión de una cláusula precautoria en las discusiones evolutivas.
Puede decirse que la publicación de El mono desnudo (1967) marcó el momento en que el análisis de la sexualidad humana, hasta entonces parcela privativa de antropólogos, psiquiatras y sociólogos, no pudo seguir ignorando las opiniones de los biólogos evolutivos, a la sazón confinadas al limbo científico por sospechas de incorrección política. Desde entonces, Desmond Morris ha dado a la prensa otras trece obras sobre el tema en cuestión, la última de las cuales es objeto de esta reseña. La mujer desnuda ofrece una interpretación del cuerpo femenino que es, al mismo tiempo, biológica y cultural. El texto se estructura en veintidós capítulos en los que las distintas partes del cuerpo, de la cabeza a los pies, se tratan siguiendo un mismo esquema. En primer lugar se presentan con detalle los datos anatómicos, fisiológicos y etológicos pertinentes, acompañados de consideraciones evolutivas que, por el contrario, suelen recibir menor atención.A esto sigue una exposición histórica de cómo las distintas modas han tratado de modificar las diferentes partes del cuerpo siguiendo un proceso espacio-temporal que acaso podría calificarse de «evolución por prótesis». El pormenor es simplemente apabullante, o al menos así me lo parece, y va desde la especificación de las señales que pueden transmitirse partiendo de los seis movimientos esenciales de la cejas o de las nueve formas de cruzar las piernas, hasta la descripción de los estilos más populares de depilación del vello púbico o la clasificación de los distintos tipos de ombligo. Si la longitud de un capítulo pudiera servir como medida de la importancia relativa que el autor atribuye a la parte del cuerpo en él tratada como indicador de sexualidad, se llega a una ordenación en cuatro grupos. Aquellos que comprenden entre cinco y diez páginas corresponden a los atributos de menor interés (mejillas, boca, cuello, hombros, brazos, cintura, caderas, espalda y pies), de once a catorce se dedican a los rasgos de significación media (frente, orejas, nariz, vientre y vello púbico), entre dieciséis y diecinueve se adjudican a los caracteres cargados de un fuerte contenido erótico (cabello, ojos, labios, manos, genitales, nalgas y piernas) y, por último, nos encontramos con los pechos, para los que se reservan veintiuna páginas. Dejo a cada lector la comparación de este orden de preferencia con el suyo propio.
Parece, pues, que, para dar un ejemplo del modus operandi de Morris, podría concentrarme en examinar lo que opina sobre este máximo del atractivo sexual femenino. El pecho cumple dos funciones, una de ellas obvia, la maternal de proporcionar alimento a la cría, y otra la sexual, de interpretación más compleja a pesar de su innegable contenido lúbrico. A diferencia de las hembras de los primates, cuyas ubres son planas fuera del período de lactancia, la hembra humana muestra unas tetas voluminosas, aunque sus dimensiones, en contra de la opinión popular, poco tengan que ver con la cantidad de tejido glandular, de la que depende la producción láctea, y mucho con la acumulación de tejido graso. Para nuestro autor, los exuberantes pechos de la hembra humana no son otra cosa que unas nalgas simuladas que sustituyeron a las auténticas como indicador de fecundidad, una vez que la especie abandonó la posición cuadrúpeda propia de los primates, cuyas hembras exhiben en su trasero inequívocas señales de celo mediante la hinchazón de la vulva, para adquirir la postura erecta en la que los reclamos delanteros, dicho ahora con toda propiedad, son determinantes. Aunque esta interpretación pudiera parecer excesivamente rebuscada, por no decir retorcida, las mamas de las hembras del papión gelada son una copia fiel de sus nalgas, hasta el punto de que ambas cambian de color en las mismas fases del ciclo menstrual. En su momento, la presión de la selección natural a favor de la función sexual de la opulencia mamaria debió de ser tan intensa que comprometió la función maternal de ese órgano, cuya forma es mucho menos adecuada para la lactancia que la de nuestras primas antropoides; pero esta solución desagrada a ciertos colectivos feministas que no admiten otra función de los pechos que la más evidente, rechazando su calidad de anzuelo sexual, y para justificar esta postura han propuesto hasta siete explicaciones diferentes que Morris desmonta una tras otra con facilidad.
Hasta aquí el tratamiento estrictamente biológico. El cultural consiste en una ágil y entretenida discusión de las modas, en ocasiones con minucioso detalle, que van desde la tinción de los pezones en la antigüedad clásica al moderno topless. No deja de ser divertido que uno de los factores que parece haber contribuido más a la sustitución del incómodo corsé por el actual sujetador fuera la propaganda en contra del primero por parte de la Junta de Industrias Bélicas de los Estados Unidos durante la Primera Guerra Mundial. Este organismo, alarmado por la cantidad de metal consumido en la confección de varillas de corsé, se enorgullecía de haber ahorrado así el material suficiente para construir dos acorazados.
Morris plantea muchas de sus explicaciones evolutivas de la función sexual de las distintas partes del cuerpo, expuestas de pasada en el capítulo 1, como subproductos del proceso denominado neotenia o prolongación de los rasgos y actitudes juveniles durante la fase adulta, mucho más acusada en nuestra especie que en los demás primates. Sin entrar en detalles, es evidente que la objetividad de este enfoque es mucho mayor cuando se refiere a los rasgos anatómicos que a los de comportamiento pero, independientemente de la conformidad de cada uno con determinadas especulaciones evolutivas, no cabe duda de que tanto el texto como las numerosas fotografías que lo acompañan proporcionarán solaz e información a un amplio sector de lectores. La obra, redactada con la soltura y claridad de que su autor ha dado abundantes pruebas, está bien traducida y sólo he advertido los acostumbrados patinazos propios de las prisas. Por ejemplo, la costumbre traspasada ( = transmitida) de generación en generación (p. 146), la sanación ( = curación) de las llagas (p. 160), o la zona más esforzada ( = castigada) de la espalda (p. 220).

 

01/05/2006

 
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