ARTÍCULO

Visita rutinaria al horror

Mondadori, Barcelona
248 pp. 17,90 €
 

Es inevitable a que un seísmo literario le sucedan réplicas de diversa consideración. Al de Roberto Bolaño no han de faltarle, y sólo es cuestión de tiempo que su presencia en nuestra literatura desemboque en el franco epigonismo mientras que –suele suceder– sus mejores semillas germinan en surcos impensados para dar frutos que aparentemente en nada recuerdan a su origen.
De momento, he aquí una novela donde la huella del autor de Estrella distante adquiere una visibilidad que, si no molesta, tampoco añade méritos. En la indagación que emprende Martínez, un profesor argentino, sobre la esquiva figura de Hollenbach, filósofo alemán cercano a Heidegger, es fácil recordar esos acercamientos circulares con los que Bolaño intenta arrojar luz sobre ciertos personajes cuya vecindad con el horror determinaba finalmente su reclusión en el misterio hermético. Como en las novelas del chileno, el periplo caótico del protagonista por Alemania no obedece a una plana curiosidad biográfica. Es también un viaje por la barbarie del siglo XX, especialmente en sus intersecciones con la inteligencia y el arte. Pero sucede que las novelas de Bolaño renuncian a plantear cualquier clase de explicación o juicio sobre el vórtice ciego del horror. Y Pron, con toda su buena voluntad y bagaje intelectual, no puede resistirse a apuntalar su relato con ciertas tesis sobre la naturaleza del relato histórico, la culpabilidad de los mansos o el mismísimo ser de los alemanes.
Es en este muro de las convicciones clarísimas del narrador donde la novela se estrella y se quiebra en dos partes que no admiten componenda. Por un lado, una colección de semblanzas y anécdotas biográficas que despiertan cierta curiosidad cuando atañen a personajes reales, como las esposas de Göring, pero que no sirven para construir personajes sólidos. De otra parte, unas disquisiciones histórico-filosóficas que se manifiestan en confusas teorías o con símbolos demasiado obvios (conejos carnívoros en un sótano, aguas putrefactas bajo la superficie helada). Ni Martínez ni la cada más vez más borrosa figura de Hollenbach adquieren rango suficiente para servir de argamasa con que reparar esa fractura, pues ambos padecen el deterioro de la inverosimilitud. De ahí la sensación de que la novela acaba desmoronándose. Y ante los cascotes de un edificio que se quiso imponente, el lector no sabe si contempla el vacío o los restos de una impostura.

01/04/2009

 
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