ARTÍCULO

El filósofo y el adolescente

RBA, Barcelona
Trad. de María Teresa Gallego Urrutia
648 pp. 22,50 €
 

El entierro de Sartre en 1980 fue una ceremonia multitudinaria que hoy puede ser leída como canto de cisne de los ideales de mayo del 68 y de la izquierda del siglo xx. Su simbolismo liminar ha inspirado a Pierre Lepape el subtítulo de su personal historia de la literatura –«De los Juramentos de Estrasburgo al entierro de Sartre»–, y quizás ha llevado también a Jean-Michel Guenassia a convertir en principio de novela tan masivo acontecimiento. Sin embargo, aunque pueda parecérselo al lector, Guenassia –según confesión propia– no denuesta a Sartre; lo cierto es que el filósofo es para él mojón del paisaje sociocultural de una época y no indigesta piedra política. Prueba de ello es que, en el resto del libro, Sartre es un breve personaje que no dice ni hace nada de interés, excepto dar un toque climático a la narración.
El club de los optimistas incorregibles cuenta la vida de un adolescente parisino entre los años 1959 y 1964. A ello se añade un primer capítulo en torno al mencionado entierro y en el que ciertos personajes hacen balance de lo que luego será narrado. También existe, avanzado el volumen, un breve flash-back al Leningrado represivo del año 1952 mediante el que se explica el único y previsible misterio de la novela, un misterio que no la convierte en novela negra, aunque así lo quieran algunos críticos franceses. La narración reitera persuasivamente partidas de futbolín y de ajedrez, conversaciones de café, discusiones fraternas, ecos de la guerra de Argelia, idas y venidas al instituto –donde casi no se hace penetrar al lector–, paseos por el jardín de Luxembourg y sucedidos del círculo familiar: aventuras y desventuras económicas, trifulcas entre la zona paterna y materna y algunos verdaderos dramas. Sorprende la banalidad elástica de los diálogos, cuya virtud anestésica permite no sentir la fatiga de tanta página –más de seiscientas– y no resentirse de la muy escueta porción de sabidurías reflexivas: apenas algunas, casi de contrabando, al final de los capítulos, como aquella que dice que uno ha de alegrarse de lo que tiene ahora porque lo peor está por venir, y que esta convicción es un rasgo de optimismo. 
Con tan largas dimensiones y tan parcas estrategias narrativas, cabe preguntarse cuáles son los atractivos que llevaron a esta novela hasta el Premio Goncourt des Lycéens en 2009. El premio, consensuado por los estudiantes franceses de instituto, no parece haber coronado a ningún guardián entre el centeno; el protagonista –Michel Marini– es un torpe pero aplicado estudiante con medida capacidad de rebeldía, adicto a la lectura y al futbolín, deportista discreto, dotado para la fotografía, poco frecuentador de amigos de su edad sin ser huraño, buen guardador de secretos y portador de hormonas muy disciplinadas: dos castísimos besos adornan sus amores, amores poco glosados por un narrador al que, en modo general, alcanza similar control erótico: así, la apasionada relación del piloto ruso Leonid y la esplendorosa azafata francesa por cuyos ojos se convierte en refugiado culmina en algo que no es más que «una noche muy larga». La desencarnación amorosa –también desasistida de arrebatos líricos– deja al desnudo la escasa afición de esta novela por la descripción física y psicológica. Y no siendo, pues, novela decimonónica, ni de aventuras, ni negra, ni de tesis, ni experimental, ni filosófica, ni heredera de la vanguardia novelística del siglo xx francés, uno ha de suponer –al menos en un primer momento– que es en su realismo franco y algo anodino donde se encuentra la clave de un éxito avalado tanto por críticos como por lectores adolescentes. 
Sin embargo, en toda novela de formación –y esta lo es– ha de haber un eje cuyo dramatismo o idealismo dé otra resonancia a la insustancialidad de lo cotidiano. Y, preferentemente, a la lectura adolescente le seduce que esa resonancia se genere en un círculo, nido, pandilla o club que sea ajeno a la familia. A Michel Marini se le van evaporando poco a poco familia, amigos y novia, lo que le lleva a reforzar los vínculos con el club al que se refiere el título y que, con sede en el café Balto, es frecuentado por una larga lista de refugiados –esencialmente de países comunistas– que juegan al ajedrez y beben sin parar. Aunque han dejado muy atrás la adolescencia, los refugiados poseen, sin embargo, el atractivo de ser un grupo cohesionado –lo cual no excluye enfrentamientos internos– en torno a una común experiencia de vida difícil, melancólica y cargada de misterio. Y es comprensible que lo que crea adhesión en Michel Marini también cree adhesión lectora entre los estudiantes de instituto.
Lo cierto es, pues, que el imán del libro no está en la personalidad del adolescente ni en las cosas que le ocurren, sino en las historias que él mismo va conociendo y que el libro desgrana y entrelaza con la vida cotidiana. Por allí pasa un actor húngaro de gran renombre que vive la decepción de su gloria en París y termina por volver al Este; allí concurre un taxista que fue cirujano en la lejana Leningrado; allí también es admitido con reticencias un genial tireur fotográfico cuyo virtuosismo pudo, en otro tiempo, tener aplicaciones inquietantes. En la pequeña oquedad del club resuenan sus lejanas y casi míticas historias. Y esa estrategia narrativa que inscribe lo desconocido en lo reconocible es fórmula clásica pero efectiva. 
Así pues, ni novela política ni novela de testimonio. Con notable ambigüedad, la narración presenta a un Sartre que juega y bebe en el Balto y que reparte dinero entre los refugiados procedentes de países comunistas. ¿Reconocerán en él los alumnos de instituto al comprometido filósofo que sostuvo los excesos del estalinismo?

01/11/2011

 
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