ARTÍCULO

Porceliana

 

El escritor prolífico, a primera vista, nunca descansa, pero también viene al caso la frase, probablemente apócrifa, con la que Mark Twain habría cerrado una carta muy extensa: «De haber tenido más tiempo hubiese sido más breve». A lo largo de cinco décadas y sin hacer concesiones a la concisión, Baltasar Porcel escribió dieciséis novelas, diez libros de ensayos, cuatro obras de teatro, siete de literatura de viajes, cuatro guiones para televisión, dos colecciones de retratos literarios, cuatro de relatos, una de entrevistas e incontables artículos periodísticos: entre 1982 y 2009, por ejemplo, una columna diaria en La Vanguardia, lo que calculando por lo bajo da, en cantidad de páginas, un libro adicional por año. Dada la variedad de formas y géneros, el total no es un número definido, pero asciende a más o menos el equivalente de setenta y cinco libros. Fecundo hasta el final, Porcel se encontraba trabajando en una nueva novela, Los gigantes, cuando falleció el pasado 1 de julio a los setenta y seis años.
El inédito, un fragmento de unas veinte páginas, abre El cielo y la tierra según Baltasar Porcel, un compendio que incluye otras diecinueve «piezas» que van desde la ficción al ensayo, pasando por la crónica y la columna de opinión. Esta destilación del imaginario, el estilo y la temática del autor mallorquín está destinada –de acuerdo con los editores, Alexandre Porcel y Emili Rosales– «sobre todo a los lectores que saben quién es Porcel pero aún no lo han leído». Ninguna novela, por razones de espacio, aparece entera, pero los extractos intentan ser representativos. «Prodigioso narrador, cada una de sus novelas contiene diversas historias que en la práctica permiten una lectura autónoma», agregan Porcel y Rosales. Y aunque uno lamente la gramática (las dos cláusulas cuelgan en el aire, de un sustantivo ausente), la afirmación parece válida: Porcel narraba por acumulación, en series divisibles de hechos.
Más que dividir, sin embargo, al autor le gustaba multiplicar, tanto en el ámbito de la fábula como de la frase. Porcel fue un modernizador de la literatura catalana, pero si algo recuerdan sus novelas son esos romances medievales siempre abiertos a la digresión, la reflexión tangencial, la inserción superflua. «Y quiero que mi libro sea así, la torrentera, para que lo incluya todo», dice el narrador de Los gigantes. Matizando, se diría que en sus pocas páginas entra de todo: la vida y muerte de Joanot Colom, «líder de la revuelta mallorquina del siglo XVI»; su obsesión por «la idea de convertirse en un gigante»; genealogías de gigantes, empezando por el Polifemo de la Odisea; reflexiones metaliterarias por parte del narrador; un episodio protagonizado por Carlos V, quien se prenda de una muchacha embarazada con intrigantes rasgos de leprosa y «se la zamp[a] ahí mismo»; y hasta un excurso sobre el significado de tal fijación según un discípulo de Freud, Frank Wiesenthal: «el post-orgasmo contiene un deslomado elemento de muerte después de haber enardecido a la persona en un flagelador clamor de vida, la cópula con un leproso se aproxima al súmmum existencial al mezclar lo sano y lo corrupto». Si a uno le gusta este tipo de macedonia narrativa, podría decirse que la historia promete.
El problema es que, aunque el fragmento viene definido como el «primer y único capítulo de la novela inacabada», está en sí mismo inacabado o apenas corregido: una oración como «Porque también es posible que ninguno de los dos tampoco tuviese en realidad las ideas demasiado claras» no debería sobrevivir a una primera revisión. En otros momentos se notan, además, las junturas. Para muchos lectores, en compensación, será interesante ver cómo trabajaba la imaginación expansiva de Porcel: por ejemplo, después de que se narra la cópula aludida de Carlos V y la muchacha, se nos cuenta que el rey «se portó debidamente» y la casó con un aristócrata, «al cual, como premio, permitió exportar un queso muy de segunda, grumoso, al Nuevo Mundo que acababan de descubrir». Porcel siempre tiene algo que agregar, aunque lo que agrega no es necesariamente relevante: «grumoso», «que acababan de descubrir». Es probable que en sucesivas versiones esto se hubiese aligerado, pero la técnica es la misma que se observa en ficciones completas. También, en las aquí reunidas, se repiten o asemejan las situaciones de partida. Suele haber un narrador obsesionado con un hombre del pasado, y la calma reflexiva de quien cuenta se opone a los desmanes de la acción. Así, en Caballos hacia la noche, un catalán que vive en París persigue a través de los libros la vida de Jaume Vadell, un vigía de Mallorca que acaso mata a un tercero y acaba solicitando refugio en una iglesia, donde más tarde viola a una monja; o, en El ejército fantasma, varios testimonios reconstruyen la vida del oficial de las tropas napoleónicas Gérard de Fleury.
La lectura de Porcel depara diversos placeres, pero la prosa, al menos en traducción castellana, no es uno de ellos. Cabe dudar de si se trata realmente de un problema de traducción. Porcel rara vez usaba una palabra si podía usar dos. Y además sacrificaba la observación concreta cuando se le ocurría una abstracción más ruidosa: «He navegado [...] aquellas aguas, y es como si un fanatismo de fulgores transfigurara las aguas» (Caballos). ¿Un fanatismo de fulgores? La prosa, flotando en lo indefinido, a veces dice una cosa y hace la contraria: «La tierra ondulada cobra potencia colorista: el verdor de los árboles y sembrados, los grises sucios de las piedras, el achocolatado de los terrenos, las manchas de un azulado incierto, las pinceladas de amarillo, todos se excitan y resplandecen, puros, sin matices». Nótese que acaban de nombrarse matices muy precisos de colores. Dado que el estilo de Porcel juega con la historia e imita ritmos del pasado, uno se pregunta si el barroquismo no será un pastiche. Y a veces, de hecho, lo es. Pero también encontramos al autor articulando prolijas cursilerías con su propia voz en el ensayo Mediterráneo: «abstraeros en la gran cabalgata de silencios corporeizados en metamorfosis cromáticas, o sea, cada nube y todas ellas en el mediodía radiante o el anochecer de los azules puros o de los rojizos expectantes». Al terminar esta miscelánea, uno siente que mejor sería no abstraerse tanto.

01/04/2010

 
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