ARTÍCULO

Tratado de morbosidad

Tusquets, Barcelona, 352 págs.
Trad. de Carlos Fortea
 

El caso Arbogast fue una de las novelas alemanas más elogiadas y, habría que añadir, desiguales del 2001, año excepcionalmente rico en títulos notables. Desde entonces va por la quinta edición y ha sido traducida a siete lenguas. La recreación de un error judicial de los años cincuenta deslumbró a críticos y lectores no sólo por su hechura perfecta y su dramaturgia hábil, sino por el cuestionamiento del sistema judicial alemán y por la reproducción minuciosa de una época de ingrato recuerdo en la memoria de los alemanes: la puritana e hipócrita era Adenauer. Y supuso una gran sorpresa que precisamente Thomas Hettche, quien se había ganado fama de «irritador intelectual» con sus extravagancias narrativas en Nox (Tusquets, 1999) y Ludwig debe morir (1989) –ejercicios virtuosos de ardua intertextualidad, presentara un relato tan convencional y consumible.

El caso Arbogast combina inteligentemente los ingredientes de la novela negra con la investigación periodística al relatar el caso real de un encuentro amoroso con desenlace fatal. Lo que ocurre entre Hans Arbogast y la refugiada de guerra Marie Gurth, desde que el vendedor de mesas de billar la lleva en autoestop por las carreteras de la Selva Negra, lo sabe el lector desde el primer capítulo, sin que por ello la novela pierda suspense. Después de pasar el día juntos de paseo, hacen el amor apasionadamente y, en medio del acto, fallece la mujer. Arbogast se entrega, y lo que parecía un accidente se convierte, por los prejuicios morales de los jueces y la prensa, en un «crimen bestial». Ante la opinión pública Arbogast es un «perverso» –la muerte se produjo tras una penetración anal– y como tal es condenado a cadena perpetua por homicidio.

Con absoluta profesionalidad desarrolla el autor los intrincados preliminares del proceso y, a continuación, las idas y vueltas para su revisión. Pasan catorce años hasta que ésta se consigue; el tiempo que el protagonista está recluido pertenece a lo mejor, en cuanto a verosimilitud y densidad de atmósfera, de la novela. La estancia en prisión en el temido penal de Bruchsal, institución modélica con régimen de incomunicación, transforma al reo en un ser muerto, «vestido tan solo con las paredes de la celda, piel muerta sobre su carne, que se mantenía insensible e inmóvil». Hettche tiene el buen tino de describir de forma indirecta, a través del comportamiento de Arbogast, esta transformación paulatina del preso, que al principio tiene dificultades para respirar en los treinta metros cúbicos de aire, y con los años se adapta tanto a su confinamiento que la celda se convierte en su casco de protección. Cualquier cambio le produce pánico, incluso cuando le asignan otra celda mejor.

Sin embargo, lo que a primera vista se presenta como una obra técnicamente perfecta, hace aguas en la argumentación psicológica. El fuerte de Hettche es la descripción de hechos, pero cuando hay que echar mano a la imaginación, resbala y se desliza irremediablemente hacia lo tópico. De ahí que, mientras maneja el abundante material documental con que se abasteció –desde actas del proceso, recortes de periódico, mapas y modelos de coches, pasando por canciones y anuncios de la época, hasta el diseño y la consistencia del tejido de la ropa de los años cincuenta y sesenta–, el autor se mueva con soltura. Hettche trabaja con esmero y disfruta con la minuciosidad (cosa que no se puede decir del traductor), como ilustra el informe de autopsia que aparentemente utilizó para describir con todo lujo de detalles la vivisección del cuerpo de la muerta: «Con cuidado, el doctor Bärlach aplicó el escalpelo a una cápsula renal, se lavó la sangre de las manos y sacó la cizalla de su maletín. Retiró en silencio el esternón y las costillas».

Esta es la primera ocasión de muchas en las que el autor señala la belleza de un cadáver humano. En adelante no parará de asegurarnos del atractivo de su desvalido estado: «Yacía sobre el costado izquierdo, con los ojos cerrados, la cabeza apoyada en el lecho, y los labios, casi negros en el negativo, abiertos expectantes como en un sueño. [...] En medio, uno de sus pechos, cuya desnudez de noche oscura enfatizaba aún más la postura casi avergonzada con la que parecía encogerse en el zarzal como bajo una manta». Parece que todos los implicados en el caso, el abogado Klein, el periodista Mohr, la forense Lavans, padecen de una necrofilia latente (aparte de Arbogast, naturalmente, que recuerda en continuo reprise el momento en que se quedó con el cuerpo inerte entre las manos).

Abundan pasajes que ejemplifican una estética del objeto –que incluye el cuerpo humano– y una ética en la que predomina la inercia del mundo material, muy en boga en la narrativa actual, cuyo representante español más destacado sería Javier Marías. Su novela Mañana en la batalla piensa enmí coincide en algo más que la muerte de una mujer durante el acto sexual con El caso Arbogast: la enorme frialdad humana, la acumulación incontrolada de detalles y los tópicos a la hora de tratar las emociones. En Hettche se añaden la obsesión por el cuerpo y la muerte, por el deseo y sus proyecciones destructivas, que componen un macabro leitmotiv en su obra. Sólo así se explica que la morbosidad se revele como móvil central para la actuación de todos los personajes, por muy cultos y refinados que se les describa, vicio que se viste, por añadidura, con las asociaciones más trilladas: «–¿Cómo será morir en mitad del amor? Fritz Sarrazin sintió como si un frío beso acariciara sus labios. [...] Le sostenía el cuello con la mano, sobre la que caería el peso del cráneo, tan flexible como nunca en vida. Luego, su piel silente. [...] Se preguntó si en ese preciso momento dejaría de amarla o si velaría junto a ella y esperaría a que se enfriara».

La especialidad de Hettche es intercalar entre los hechos más objetivos y sobriamente relatados un elemento lúbrico, que suelen aportar los cuerpos femeninos en la novela. De hecho, las mujeres resultan bastante artificiales y cumplen, como en Marías, una función principalmente erotizante. Especialmente en los personajes secundarios llama la atención que la exposición de sus cuerpos sea completamente fortuita, como cuando se presenta a Fritz Sarrazin, el veterano escritor que consigue la reapertura del caso: «Su mirada se deslizó por la mesa del desayuno y los cabellos rubios todavía despeinados de su esposa [...], y siguió después la solapa abierta de su bata, que se abría sobre la mesa. La axila de ella se tensó y un pecho reposó en la bata, aún cansado del sueño y tan suave como si fuera mucho más joven aún que esos treinta años que tenía».

Donde definitivamente se le va la mano al autor es en los devaneos sexuales del personaje femenino central, Kaja Lavans, la forense de la RDA, que con su riguroso dictamen decide el exitoso desenlace del proceso de Arbogast. Esta señora digna, madre de una niña de nueve años y profesional seria y eficaz, inicia, nada más llegar a su destino de trabajo, un idilio con el abogado penalista, Ansgar Klein, circunstancia que le permite desarrollar una feminidad sorprendente para una mujer, «con cierta indiferencia hacia sí misma, que también se ponía de manifiesto en la forma en que Katja se vestía y comportaba». Ahora se compra ropa elegante, perfumes caros, una peluca roja, y se convierte en una hembra irracional y voluptuosa, que, a pesar de la felicidad con el abogado, no se resiste al potente reclamo sexual que emana de Arbogast, con quien repite, ataviada con la peluca que imita el peinado de la víctima, el transcurso del crimen casi hasta el final mortal.

Estos delirios y otros por el estilo, junto a los ocasionales deslices de imaginería de porno barato y, no en última instancia, el volumen excesivo, son la razón por la que una novela tan excitante y bien pensada decaiga notablemente a partir de la mitad. Sin embargo, no se queda en un producto de género, porque tiene el mérito de retratar con lucidez el espíritu de una época, cuya estrechez y mojigatería avivaban la hipocresía y la morbosidad que llevaron a Hans Arbogast a la cárcel y que, paradójicamente, también lo sacaron de allí.

01/05/2003

 
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