ARTÍCULO

Desventuras del capitán Alatriste

 

El capitán Alatriste es una novela de aventuras. Hasta aquí, bien; a partir de aquí, las cosas dejan de estar tan claras. Una novela de aventuras promete a sus lectores paisajes humanos repletos de aventureros, brinda lugares donde las pasiones se especian con el aliciente de la intriga política, y donde se insinúan los forros nada limpios de la política oficial. Pero, claro, en la España actual hay pocos personajes aptos para interpretar papeles de reparto sobre semejante escenario; no me cabe ninguna duda de que deben de ser muy escasos los españoles que se identifiquen con orgullo con los señores Perote, Roldán o Conde. El autor de El capitán Alatriste, consciente de los riesgos de ser actual, ha preferido atender a los ecos de la historia de España. «Pero el eco de sus vidas singulares seguirá resonando mientras exista ese lugar impreciso, mezcla de pueblos, de lenguas, historias, sangres y sueños traicionados; ese escenario maravilloso y trágico que llamamos España». Y le ha salido una novela de aventuras, pero histórica. Es el caso que para amueblar el espacio desde el que se proyectan los ecos con los que se teje la trama de la narración se ha recurrido a una «investigación histórica general», para la que se ha necesitado del concurso de Carlota Pérez-Reverte –alumna de octavo de EGB– que, sin ironía de ninguna clase, sostengo que puede exhibirse como uno de los logros más apreciables del sistema educativo español.

No sucede lo mismo con el argumento. Aquí el autor, quizá porque ha concebido a los personajes como muñecos intercambiables, que harían los mismos gestos en Pondicherry o en Bofutatsuana, se ha dejado llevar por los recursos de cierta facilidad expresiva para ocultar la gratuidad y banalidad de una acción tan poco atractiva que linda con la frontera del aburrimiento. ¿Y los personajes? En pocas palabras, la novela demuestra, hasta la más ferroviaria redundancia, que los aristócratas son aristócratas; los corruptos, corruptos; los asesinos, asesinos; los inquisidores, inquisidores; y si dijera que los personajes adolecen de una falta de concreción que los hace parecer de cartón-piedra, mucho me temo que el cartón protestaría, porque alegaría que él finge ser piedra con mayor éxito.

Aún es peor que algún personaje finja profundidades psicológicas. Me concentraré en el capitán Alatriste. Cuando el lector tropieza con él, es un soldado español, veterano de Flandes que, como en el Far West, lleva la cuenta de los hombres que ha enviado al otro mundo: once en total; dos de ellos le causan tal remordimiento de conciencia que lo convierten en «uno de esos hombres que necesitan coartadas que mantegan intacto, al menos un ápice de su propia estimación». Pero no hay coartada, ni ápice, esta vez los asesinatos sí son asesinatos, sin atenuantes. Sin embargo, los delicados escrúpulos del capitán, en el momento en que se dispone a asesinar nada menos que a George Villiers, duque de Buckingham (honor reservado a John Felton), le mueven a cambiar de idea: perdona la vida de Buckingham, y, de paso, salva la de Carlos Estuardo, porque Buckingham, «a punto de morir, no pidió cuartel para él, sino para su compañero». Sin embargo, pocas páginas antes de hacer esta declaración, sin saber cómo era de sucio el asunto, había confesado el capitán, con admirable presciencia retrospectiva, que no había cumplido su misión porque el asunto «era demasiado sucio». Pero la suciedad no le había impedido asesinar a sangre fría a dos jóvenes que, al parece, no allegaban los méritos de distinción y relevancia política de Buckingham y Carlos Estuardo. ¿Qué hacer? Lo de menos es ese escenario incongruente, perfumado con unos deliciosos anglicismos y coloquialismos muy del siglo XX, que no dejan de tener su gracia en la boca presumiblemente barbada de un paje excedente de no menos de ochenta y un años, a finales del siglo XVII. La verdad es que los héroes que promueven las interesadas ideologías del orden social o de la crítica social (Haddock, Smiley o el Llanero Solitario) no dejan de tener contradicciones menores que los distancian del perfil de la santidad, pero las del capitán Alatriste son tan principales, que impiden al lector llegar a ese peldaño en el que es eficaz la literatura de entretenimiento; si el lector me autoriza a parafrasear a Fredric Jameson (El inconsciente político): la novela lucha infructuosamente por entrar en el no-lugar de la historia que es también el lugar de la lengua degradada, de la aventura y la fantasía, de la mercancia narrativa, de la pura distracción que ofrece la literatura menor.

01/02/1997

 
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