ARTÍCULO

El «Consenso de Washington» y la economía global

 

John Gray es un historiador y analista de las ideas políticas –que se ha asomado, a veces, a la política real–, interesado, sobre todo, en el pensamiento liberal, en sus diferentes tendencias y en su evolución. Ha escrito sobre Mill, Hayek y, más recientemente, sobre Isaiah Berlin, acercándose, desde finales de los ochenta, a posiciones que pueden considerarse más conservadoras y menos liberalesJ.Gray, Hayek on liberty, Routledge, 1998 (1.ª ed. en 1984); Post-liberalism: Studies in Political Thought, Routledge, 1993; Liberalism (Concepts in Social Thought), Univ. of Minnesota, 1995; Enlightenment's Wake: Politics and Culture at the Close of the Modern Age, Routledge, 1995; Mill on liberty: A Defence, Routledge, 1996; Isaiah Berlin, Princeton Univ. Press, 1996.. En 1994 publicó un primer ensayo sobre las consecuencias del derrumbe de la URSS y los diferentes modelos de capitalismo, exponiendo ya entonces sus críticas a lo que él considera liberalismo fundamentalista y su escepticismo en cuanto a la posibilidad de poder aplicar universalmente un único modelo económico y socialJ.Gray, Post-Communist Societies inTransition: A Social Market Perspective, Social Market Foundation, Londres, 1994..

False Dawn («Falso amanecer»), subtitulado «Las vanas ilusiones del capitalismo global», es, en cierto sentido, una continuación ampliada del ensayo de 1994. La oportunidad también juega en el éxito de los libros y hay que decir que éste ha tenido suerte: la crisis internacional abierta con la moratoria de deuda declarada por Rusia, el pasado mes de agosto, ha hecho que algunas de las predicciones contenidas en False Dawn, o parte de ellas, parezcan haberse cumplido, y no es frecuente que la realidad trate tan bien a los libros. Pero esto no facilita el juicio sobre False Dawn, sino, más bien al contrario.

LIBERALES Y CONSERVADORES

False Dawn no es un libro simple. Contiene un hilo argumental básico, pero también veredas laterales, desvíos y alguna que otra divagación que obligan a una consideración matizada y harían inadecuado un juicio de una sola pieza.

Su tesis central es la siguiente: el modelo de capitalismo y mercado libre que se ha venido imponiendo en todo el mundo durante los últimos decenios –un fenómeno que se acelera e intensifica con la desaparición de la URSS y el total desprestigio de lo que se denominaba «socialismo real»– es, sin duda, el modelo de organización social que más favorece el crecimiento económico y el incremento de la productividad, pero es, también, el modelo de capitalismo que más favorece la inestabilidad y más socava la cohesión social. Esta es la primera parte del argumento.

La segunda puede resumirse así: cuando ese modelo de capitalismo y mercado libre se extiende a un gran número de países, con una fuerte conexión entre las diferentes economías a través del libre flujo de mercancías y capitales, se produce su «globalización» y, con ello, la extensión de los problemas de inestabilidad, inseguridad y destrucción de la cohesión social a nivel planetario.

Sobre este doble argumento, Gray concluye que por eficiente que sea ese capitalismo de mercados desregulados, no es sostenible a escala global, debido a que tiende, y tenderá cada vez más, a provocar reacciones políticas contrarias: «La paradoja central de nuestro tiempo puede ser formulada así: la globalización económica no refuerza el actual régimen global de laissez faire. Trabaja para minarlo. No hay nada en el mercado global de hoy en día que lo proteja o aísle contra las tensiones sociales que surgen de un desarrollo altamente desigual dentro de, y entre, las diversas sociedades»False Dawn, pág. 7..

En un artículo reciente, la revista Newsweek resumía así las tesis de John Gray: «Un mundo sin controles –reglas– es un mundo sin seguridad; en un mundo inseguro, en el que la gente se enfrenta a lo que temen pueda ser una anarquía, puede haber retrocesos hacia los abrigos del pasado... El capitalismo global arruina la cohesión social, perturba sin descanso a las naciones y comunidades, eliminando lo que alguna vez fue familiar –el trabajo, una tienda, una carrera profesional– y lo sustituye por un conjunto de arreglos constantemente cambiantes»Newsweek, 12 de octubre de 1998..

La tesis central de False Dawn no es nueva. Recoge la tradicional animadversión del conservadurismo británico hacia el capitalismo liberal que, para simplificar y entendernos, podemos denominar «hayekiano». John Gray formó parte de la «Nueva Derecha», el grupo de intelectuales y políticos que proporcionó sustento intelectual a la señora Thatcher en su ascenso al poder y en su primer mandato; con False Dawn vuelve al cauce conservador tradicional: como si, huyendo de la intemperie liberal, volviera a la vieja casa tory.

Ian Gilmour, una de las figuras más destacadas del Partido Conservador británico a finales de los setenta, en su libro Inside Right: A Study of Conservatism –una obra que jugó un papel en la recuperación conservadora frente al laborismo sindicalista de finales de los setenta–, decía: «Los conservadores están de acuerdo en que la competencia es indispensable en una sociedad libre. Pero no hacen de ella un dios, e, incluso, si hicieran de ella un dios, no estarían de acuerdo en que la competencia es el único dios... La total libertad económica no es un seguro de libertad política; desde luego, puede llegar a socavar la libertad política... Los conservadores son profundamente conscientes de que la empresa privada es incomparablemente preferible, tanto en sentido económico como político, al socialismo, que es incompatible con la libertad política. Sin embargo, no son ciegos a las imperfecciones de la libre empresa y del mercado, y están dispuestos a, y deseosos de poner remedio a esas imperfecciones. No creen que el motivo del beneficio resuelva todos los problemas económicos»Ian Gilmour, Inside Right: A Study of Conservatism, Hatchinson of London, Londres, 1977, págs. 117 y 168..

Apoyándose, precisamente, en la reiterada proclamación de Hayek, según la cual el liberalismo difiere tanto del socialismo como del pensamiento conservador, Gilmour insistía, en 1977, en que los conservadores están lejos del liberalismo hayekiano, en la medida en que éste defiende la menor intervención posible del Estado en la economía, la menor regulación posible de los mercados y, aún más importante, acepta –incluso con entusiasmo– los efectos revolucionarios de un capitalismo de esas características. Pues bien, Gray coincide con Gilmour en su ataque a Hayek como representante máximo de ese liberalismo, centrándose en dos argumentos que, aunque inicialmente pueda parecer que tienen algo de «boutade», no hacen sino aprovechar, en favor de su argumento, algunas de las ideas centrales manejadas por los que han estudiado el funcionamiento de los sistemas democráticos con criterios económicos y, en primer lugar, la escuela del «Public Choice»A. Seldon, Capitalismo, Unión Editorial, Madrid, 1994, puede ser una primera aproximación a la literatura de los últimos 40 años dedicada al análisis económico de la acción política, el funcionamiento de los sistemas democráticos y del derecho..

Estos dos argumentos son: en contra de lo que sostienen Hayek y sus seguidores, lo natural, lo espontáneo, no es el mercado libre y sin regulaciones, sino los mercados regulados e intervenidos: conseguir mercados libres, no regulados, exige un gran esfuerzo de ingeniería política y social por parte de los gobiernos; en segundo lugar, democracia y mercado libre no son aliados, sino rivales, porque los mecanismos de la política democrática tienden a generar intervención y regulación, no al contrario; o, dicho de otro modo, sólo en condiciones de ausencia de democracia política es posible sostener duraderamente mercados realmente libres y desregulados.

CAPITALISMO A LA AMERICANA, OTROS CAPITALISMOS Y «GLOBALIZACIÓN»

El modelo de capitalismo globalizado y desregulado que se ha venido imponiendo en muchos países en los últimos decenios significa, según Gray, la expansión a escala planetaria de un modelo particular de sociedad y economía capitalistas, el modelo que los gobiernos y la clase dirigente –política y económica– norteamericana viene propugnando desde la elección de Reagan, y con más intensidad desde la desaparición de la URSS. Según Gray, este modelo capitalista no es el único, no ya de los posibles o teóricos, sino de los que existen, efectivamente, hoy en día.

Los capitalismos «corporativos», alemán y japonés, los capitalismos autoritarios asiáticos –Singapur, Taiwan o Malasia– y el tipo de economía mixta que está surgiendo desde hace dos decenios en China, pueden ofrecer mayor estabilidad y seguridad que el norteamericano, aunque ello sea a costa de un menor crecimiento económico. Según Gray, un cambio de menor crecimiento material por más estabilidad y más cohesión social puede resultar, a la larga, preferible al modelo propuesto por el denominado «Consenso de Washington»: total libertad de transacciones comerciales y financieras, intervención mínima del gobierno en la economía y en la regulación de los mercados, libre movimiento de capitales a escala mundial.

En su crítica al «Consenso de Washington», Gray se aproxima mucho a la tesis de quien en estos momentos es el especulador más famoso del mundo, George Soros. «La historia confirma que los mercados libres no se autorregulan. Son inherentemente volátiles, proclives a las alzas y bajas especulativas... Dado que los mercados están conformados por las expectativas humanas, su comportamiento no puede predecirse racionalmente. Las fuerzas que rigen los mercados no se desarrollan en procesos mecánicos de causa y efecto. Son lo que George Soros ha denominado "interacciones reactivas". Dado que los mercados están constituidos por interacciones altamente combustibles entre diferentes creencias, no pueden autorregularse.»False Dawn, pág. 197.

Soros, en efecto, insistiendo en cuál es la auténtica lógica de los mercados y el tipo de disciplina que tal lógica impone, dice: «La economía global se caracteriza no sólo por el comercio libre de bienes y servicios, sino, aún más, por el libre movimiento de capitales... Los mercados financieros globales ejercen una tremenda influencia sobre las condiciones económicas... Los mercados globales están, en gran medida, fuera del control de las autoridades nacionales o internacionales... Los mercados financieros son intrínsecamente inestables y hay necesidades sociales que no pueden satisfacerse por las fuerzas de un mercado sin freno ni regulaciones. Desafortunadamente, existe la creencia generalizada de que los mercados se autorregulan y de que la economía global puede florecer sin necesidad de una sociedad global...»The Crisis in Global Capitalism, Public Affairs, Nueva York, 1998, págs. 14-27..

Si recordamos lo que decía Gilmour hace veinte años y citamos lo que dice ahora Soros es para mostrar que lo original de False Dawn no es su análisis del impacto de los mercados desregulados sobre la cohesión social, el bienestar y la seguridad en las diferentes sociedades, empezando por Estados Unidos. Tampoco su énfasis en lo que significa ese modelo aplicado a escala planetaria –o casi– en las condiciones tecnológicas modernas, cuando señala que el solape de mercados desregulados y tecnología «globalizadora» ha creado un sistema financiero internacional nuevo, proclive a movimientos explosivos, de un gran potencial para afectar a la estabilidad social y, por ello, a la sostenibilidad política del propio régimen capitalista a largo plazo.

Además de todo esto, Gray lanza algunas ideas no vulgares: por ejemplo, su descripción de la lucha, que ha durado tres cuartos de siglo, entre el modelo soviético y el capitalismo occidental, no como la pelea entre dos fuerzas radicalmente distintas y opuestas, sino como «una querella de familia entre ideologías occidentales»; o su afirmación de que el derrumbe de la URSS y del régimen soviético fue el derrumbe del «régimen occidentalizador más ambicioso del siglo»False Dawn, pág. 102.; de igual modo, los desastres maoístas en China (el «Gran Salto Adelante» en los años cincuenta y la «Gran Revolución Cultural» de los años sesenta) se entienden por Gray como el fracaso de un intento delirante de occidentalización acelerada, y no como el intento de imponer opciones sociales y económicas contrarias al modelo básico occidental, derivado de la Ilustración, apoyado en el progreso científico y en la creencia en valores universales.

Pero el argumento central de John Gray es su defensa de modelos capitalistas diferentes al que representa el «Consenso de Washington», como opciones más sostenibles a largo plazo que el modelo norteamericano. Gray sostiene que la organización social y económica basada en la propiedad privada y en el mercado, lo que llamamos «capitalismo», no tiene por qué ser idéntico en todas partes y en las diferentes culturas, y que el intento de imponer un modelo único, hecho a imagen y semejanza del que propugna la nueva derecha anglosajona puede, a la larga, provocar desastres tan agudos como el propio «socialismo real».

Y Gray da un paso más; no sólo sostiene que en el mundo hay capitalismos reales que en sus contextos históricos y culturales parecen estar funcionando mejor que el capitalismo a la americana en el suyo; se atreve también a decir que, en algunos casos, esos capitalismos implican, además de mayor regulación, un menor énfasis en los derechos humanos «inalienables», o que el liberalismo anglosajón considera tales. «Aceptar que los países pueden alcanzar la modernidad sin reverenciar el individualismo, sin inclinarse ante el culto de los derechos humanos, o sin compartir la superstición ilustrada del progreso hacia una civilización mundial, es admitir que la religión civil americana ha sido falsificada... Pero las conexiones entre capitalismo e individualismo no son ni necesarias ni universales, son accidentes históricos... Los regímenes políticos que satisfagan esas necesidades [control del riesgo económico, seguridad contra crimen y corrupción, buenos servicios públicos e instituciones que proporcionen el sentido de participación y pertenencia a la sociedad] serán legítimos, sean o no democráticos, mientras que los regímenes que no satisfagan esas necesidades, serán débiles e inestables, por muy democráticos que seanFalse Dawn, págs. 131, 169 y 191..

EL CASO DE RUSIA

Coincidiendo con Soros, Gray considera que el laissez faire global puede llevar a una crisis incontrolable de las instituciones financieras y de las bolsas de todo el mundo. «La enorme, en la práctica imposible de conocer, economía virtual de los derivados financieros, incrementa los riesgos de un "crash" en todo el sistema» False Dawn, pág. 198. .

Hay que reconocer que, aunque no es probable que el «crash» de este final de 1998 signifique el derrumbe del sistema global, sí que ha mostrado sus debilidades y, al menos en cierta medida, ha justificado la señal de alarma lanzada por Gray, entre otros.

Pero, más allá –o más acá– de la reflexión sobre los peligros de un sistema económico globalizado, tan vulnerable a las explosiones especulativas y a las crisis de confianza, la crítica de Gray se dirige –creo que justificadamente– contra el simplismo y la ignorancia histórica con que, a veces, se defiende el «Consenso de Washington».

El tratamiento de Rusia por el FMI y por el Tesoro norteamericano –un capítulo de False Dawn está dedicado íntegramente al caso ruso– es, quizá, el ejemplo más llamativo de tal actitud. Ya nadie niega que el proyecto –apoyado por la Administración norteamericana y presentado en la envoltura del FMI– de convertir a Rusia, en unos pocos años, en una economía de mercado moderna, basada, en definitiva, en el modelo del capitalismo anglosajón, ha fracasado dramática y espectacularmente: el FMI ha desembolsado en torno a 26.000 millones de dólares durante los últimos seis años, no ya sin resultado aparente positivo, sino con un resultado aparente absolutamente negativo: el PIB ruso debe de estar hoy en un 50% del que era en 1991, y los mejores conocedores de la economía rusa creen que si hoy se consiguiera estabilizar la situación, Rusia tardaría entre diez y veinte años en recuperar el nivel de producción y renta de finales de los ochenta.

La insistencia del FMI, a partir de 1992, en la urgencia y prioridad absolutas para Rusia de acometer una liberalización radical –incluida la total desregulación de precios y la completa abolición de cualquier control sobre los movimientos de capitales–, sus bendiciones (o, al menos, su benevolente neutralidad) a una operación de privatización que –nadie lo duda– ha significado un expolio descomunal de propiedades públicas en favor de muy pocos, y una política de control de déficit público basada, en medida significativa, en que el Estado no pague los sueldos y salarios que debe, han provocado –o al menos, han contribuido a provocar– una total dislocación de la economía rusa y enormes sufrimientos para su población: una auténtica catástrofe de la que Rusia tardará bastantes años en recuperarse.

Por supuesto, la salida del régimen soviético no habría sido, en ningún caso, fácil; pero parece imposible aceptar que el desastre era el único camino; parece difícil creer que no hubiera podido iniciarse una transición hacia el Estado de derecho y hacia una economía de mercado «normal» –en términos occidentales– por un procedimiento más gradual y ajustado a la historia y a las posibilidades de la sociedad y la cultura rusas: una transición que hubiera tenido más en cuenta las restricciones y deformaciones producidas por setenta años de régimen soviético.

UN NUEVO «CAMINO DE SERVIDUMBRE»

La propuesta más interesante –y conservadora– de Gray es: el capitalismo no debe ser una sola cosa: la historia y la cultura de cada país determinan lo que es adecuado –y posible– en cada ámbito nacional o estatal; tratar de imponer modelos únicos sólo contribuye a la inestabilidad política y al desorden económico. Y esta consideración resulta aún más importante en las condiciones de «globalización» inducidas por las nuevas tecnologías con las que ahora vivimos, y con las novísimas, que, sin duda, vendrán.

Pero, ¿pueden los capitalismos «buenos» resistir en el «escenario global» la competencia del capitalismo «malo»? ¿Pueden los capitalismos más corporativos, menos revolucionarios y más intervenidos resistir frente al capitalismo de tipo norteamericano, que antepone la reducción de costes y el máximo incremento de la productividad a cualquier otra consideración?

Gray es pesimista respecto a la capacidad de supervivencia de los capitalismos que él considera «mejores»: «En cualquier competencia que se desarrolle con las reglas del laissez faire global, diseñadas como reflejo del mercado libre americano, las economías sociales de mercado de Europa y Asia están en desventaja sistemática. No tienen futuro a menos que se modernicen con reformas rápidas y profundas»False Dawn, pág. 78.. Más aún: «La cuestión que enfrentan las economías sociales de mercado no es si pueden sobrevivir con sus instituciones y políticas presentes –que no pueden–; es si los ajustes que resultan imperativos van a hacerse a través de una nueva ola de reformas neoliberales, o mediante políticas que sujeten y adapten los mercados a las necesidades humanas»False Dawn, pág. 92.. Pero ¿cuáles?

Gray no responde a esa pregunta y sus comentarios van, más bien, en el sentido de reconocer que las economías que él llama «sociales» de Europa y Asia sólo podrán sobrevivir perdiendo su contenido de tales: «Los costes sociales que soportan los negocios en las economías sociales de mercado les permiten funcionar sin minar la cohesión de las sociedades en las que operan. Al mismo tiempo, esos costes sociales son cargas en cualquier competencia con empresas que operan en mercados libres. Las firmas americanas tienen pocas de tales obligaciones»False Dawn, pág. 79..

Pero no sólo están condenadas las «economías sociales de mercado»; también los modelos socialdemócratas, al menos, tal como los conocemos ahora: «Los mercados globales de capitales hacen inviable la socialdemocracia. Por socialdemocracia entiendo la combinación de pleno empleo financiado por déficit, amplio Estado de bienestar y políticas fiscales igualitarias que existieron en el Reino Unido hasta finales de los setenta y que han sobrevivido en Suecia hasta comienzos de los noventa» False Dawn, pág. 88. .

Los capitalismos distintos al modelo norteamericano estarían, así, condenados a la extinción, porque en el mercado global desregulado, obediente al «Consenso de Washington», no podrán resistir la presión sobre costes y productividad; la socialdemocracia también está condenada, por lo mismo; el mercado global, cuya envolvente es un mercado financiero global, caracterizado por la completa libertad en los movimientos de capitales y el juego libre, interactivo y acumulativo –y, a veces, explosivo– de las expectativas de sus participantes, provocará crisis y dislocaciones graves, incluso políticas, cuyo alcance y consecuencias no podemos prever. Dado que las propuestas de Soros sobre una regulación global no parecen realistas en un horizonte temporal razonable, y dado que se apunta la necesidad de reformas en las «economías sociales de mercado» europeas o asiáticas pero no se sabe cuáles, la conclusión es que la humanidad ha iniciado un camino que recorre fatalmente, sin poder abandonarlo, aun sabiendo que conduce al desastre.

La única esperanza –siguiendo un principio hayekiano que Gray acepta– es que, dado que somos incapaces de conocer las implicaciones del presente y predecir el futuro, exista, a pesar de todo, una vía para organizar un capitalismo mejor regulado y tolerable políticamente a largo plazo. La verdad es que no tenemos ni la menor idea de cómo se planteará la cuestión, no ya en un siglo –ciclo vital del socialismo colectivista, el «falso amanecer» de comienzos del XX -sino, ni siquiera, en veinte o treinta años –el ciclo vital de muchas ideas que parecían firmes o profundas y, finalmente, no lo eran tanto.

01/03/1999

 
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