ARTÍCULO

El camino del tabaco

 

Hay novelas en que los aspectos estructurales tienen gran relevancia. En ellas se parte de un proyecto minucioso, que tiene en consideración la importancia formal de cada aspecto de la novela, el juego de las diferentes voces y puntos de vista y la necesidad del equilibrio y armonización del conjunto. Como señaló en su día Michel Butor, Ulysses, de James Joyce, está hecha al modo de una composición musical. Sin embargo, hay también novelas cuya realización no parece haber partido de un plan previo ni de una idea de conjunto. Es copiosa la biblioteca que ha originado el estudio de El Quijote desde la perspectiva de los aleatorios aportes narrativos, las interpolaciones gratuitas de la trama y hasta los titubeos y contradicciones del autor. El camino del tabaco (Alba) debería adscribirse a este segundo tipo de novelas, nacidas más a través de un proceso de intuiciones sucesivas que de una previa planificación de todos los aspectos a desarrollar.

Aunque la división en capítulos aparente unificarla, El camino del tabaco ofrece una considerable dispersión. Para empezar, los capítulos I a IV no hubieran necesitado presentarse independientemente. Su división es un mero artificio, pues todos ellos, al modo de los planos-secuencia del cine, tratan el mismo asunto sin cambiar el punto de vista y sin que se produzca ninguna ruptura ni transición temporal entre ellos. Lov Bensey pasa por casa de su suegro Jeeter Lester cargado con un saco de nabos, para quejarse del comportamiento de su jovencísima esposa Pearl, que se niega a acostarse con él, y los miembros de la familia Lester, acuciados por un hambre atroz, acechan al fornido Lov con la esperanza de quitarle los nabos. Ellie May, de horrible rostro pero de cuerpo atractivo, engatusa a Lov, y el patriarca de la familia consigue escapar con los nabos. Al terminar el capítulo IV, concluye una parte unitaria y homogénea del libro, y hasta se podría decir que se remata un cuento bien realizado, que no necesitaría más aportes para su perfección.

Sin embargo –he ahí lo maleable de lo novelesco– los capítulos V y VI amplían el acontecimiento narrativo que parecía suficientemente cumplido y expresivo con esos primeros cuatro capítulos. Por un lado, el capítulo V comienza con una pequeña transición temporal, y el punto de vista, que antes abarcaba a toda la familia Lester y a su visitante, se centra ahora solamente en Jeeter, escondido en un bosque para devorar los nabos. Por otro, entra en escena la hermana predicadora Bessie Rice, madura, desnarigada y parlanchina, que como sabremos enseguida siente una gran atracción física por el joven Dude Lester, y el punto de vista vuelve a abarcarlos a todos. Si el relato concluyese cuando termina el capítulo VI, también se habría cumplido una especie de cuento, que podría ser independiente o estar unido a los capítulos precedentes. Aunque el relato no resultaría tan redondo como el que componen los cuatro primeros capítulos, sería lo suficientemente expresivo como para haber creado un vigoroso mundo de ficción.

Pero la novela continúa, y uno de sus grandes aciertos está en la situación de los siguientes capítulos, VII y VIII, que nos dan en ese punto una información sintética pero rica sobre la familia Lester, su decadencia, la disgregación de sus miembros, sus taras y sus temores, todo ello inscrito en el marco económico y social que ha originado el clima de espantosa miseria material y moral que los lectores han podido conocer. De modo que, cuando concluye el capítulo VIII, los relatos anteriores han cobrado una significación peculiar, y la bisagra hacia la novela ha quedado instalada. El libro ya no se conforma con el sólido cuento –o cuentos-que nos presentó en sus inicios, sino que tiene evidente aire y pretensiones de novela.

A partir del capítulo IX, y hasta el capítulo XIV –con la interpolación del capítulo XIII, en que Jeeter rumia sus frustraciones y problemas– la novela narrará cómo Bessie y Dude compran un automóvil, sacan una licencia de matrimonio, celebran un peculiar enlace conyugal y van haciendo algunos viajes que deterioran el flamante coche en muy poco tiempo. La historia disparatada de Bessie y Dude forma otro fragmento narrativo dentro del conjunto y, aunque aparecen los miembros de los Lester que viven en la casa familiar, no se sabe nada de Lov y de Pearl. Luego, los capítulos XV y XVI componen una nueva unidad narrativa, que podría ser un cuento independiente: la aventura de Jeeter, Bessie y Dude en Augusta, a donde han ido a vender infructuosamente una carga de leña. Los capítulos XVII, XVIII y XIX resuelven dramáticamente la trama, primero con la trifulca en que la abuela resulta atropellada, y por fin con el incendio de la casa, que se produce como consecuencia de la tardía resolución de Jeeter de quemar la maleza, con el propósito de preparar la tierra para unas labores que el lector sabe de antemano irrealizables.

El tratamiento de los personajes resulta tan errático como el de los fragmentos narrativos, pero están compuestos con fuerza y economía de elementos. Lester, el patriarca, es el más rico en matices, aunque su decisión final de quemar la maleza resulte demasiado repentina, como un recurso técnico, con el puro objeto de precipitar el desenlace. Son muy sugerentes esa Pearl a la que sólo conocemos a través de los demás, la abuela fortificada en su marginación, o la predicadora acuciada por el deseo carnal. Dude y Ada quedan más confusos, y también Lov y Ellie May pueden resultar en exceso esquemáticos, si cierto esquematismo de tono expresionista, y hasta esperpéntico, no fuese precisamente el elemento estético fundamental de esta novela.

Con su irregular y endeble estructura, o precisamente gracias a ella, El camino del tabaco consigue una intensa y certera vibración de vida. Su reedición, bajo el epígrafe «clásicos modernos», hace justicia a su naturaleza de novela mayor. Y la versión que nos ofrece Horacio Vázquez Rial transmite muy bien su espíritu de crónica concisa, caprichosa, descarnada, implacable, cargada de una extraña piedad burlona.

01/02/1998

 
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