ARTÍCULO

Los ojos abiertos

 

Es inusual que de una obra pueda decirse que sólo tiene de malo el título, dada la frecuencia con la que el título es lo único bueno que de muchas otras puede señalarse. Aquí, sin embargo, es el caso, no tanto porque el título sea malo, que lo es, como por el contraste que produce al servir de encabezamiento a un trabajo sobresaliente. Y aunque el irónico subtítulo tiene mayor capacidad descriptiva, porque de un «hiperviaje al apocalipsis climático» se trata, la fotografía de cubierta –que muestra a un jovencísimo pescador africano de mirada entristecida– insinúa un tipo de producto editorial distinto al que el lector acaba encontrando. Y es que Martín Caparrós no ha escrito un manual de buena conciencia, sino una impecable reflexión, ajena a los lugares comunes, sobre la idea del cambio climático, probado que su realidad no puede todavía experimentarse –personalmente– en ningún sitio.
Más exactamente, el autor argentino relata su periplo alrededor del mundo en busca de los escenarios y protagonistas del calentamiento global: de la Amazonia a Nueva Orleans, de Níger a la isla Zaragoza, de Rabat a Sidney. Y lo hace con una prosa espléndida, sin rastro de inflación retórica. La obra superpone cuatro niveles narrativos: la meditación ensayística sobre el cambio climático; el relato de los personajes y lugares relacionados con él; la mirada del autor sobre sí mismo; las reflexiones sobre el fracaso de la sociedad argentina. No hay artificialidad alguna en esta composición, que tiene la virtud de asumir sin ambages el carácter personal de la crónica de viajes y muestra al lector la trastienda vital de las reflexiones suscitadas por el viaje. Moverse, mirar, pensar. Pero no desde un punto de vista neutral, sino desde el lugar que ocupa un argentino de cincuenta años, a quien le duelen el paso del tiempo y su país, alguien, en fin, que gusta de poner en práctica su capacidad de observación: «Soy un voyeur; lo bueno es que pude convertirlo en un oficio» (p. 271). Es una crónica encarnada en un hombre; de ahí, acaso, la inesperada libertad de sus juicios.
Su punto de partida es la sospechosa unanimidad alrededor de un cambio climático al que el autor responde con inquisitivo escepticismo. ¿No será que este problema nos sirve para eludir otros? Caparrós visita tanto ciudades ricas como países pobres, habla con sus habitantes y lee literatura especializada, pero no consigue ver el cambio climático: sólo constatar que hablamos de él. Y nos recuerda que en los años setenta se alertaba contra una inminente edad de hielo. Su postura es la de muchos ciudadanos que no saben si esta amenaza, tan abstracta, es grave o no; porque no pueden saberlo. Menos aún cuando se ha convertido en la última versión del apocalipsis ambiental, nuevo episodio de una tradición milenarista que parece responder a una necesidad psicosocial. Sobre todo en una época en la que –un poco incomprensiblemente– la idea de progreso ha perdido todo atractivo. Pero, ¿es que la profecía va a cumplirse en esta ocasión? Posible, improbable: «Quizás alguna vez sea cierto. Siempre puede ser cierto, alguna vez» (p. 20). Sea como fuere, muchas de las razones que invocan los catastrofistas no son ciertas, y a ellas se aplica el cronista.
Sostiene Caparrós que el ecologismo es la forma más prestigiosa del conservadurismo. En sentido estricto: como deseo de conservar las relaciones socionaturales en un momento determinado, asumiendo que el pasado fue mejor y la evolución debe detenerse en este punto. Y su corolario: «Si Pedro Picapiedra hubiera tenido estas ideas –si hubiera conseguido imponer estas ideas–, todos seguiríamos siendo Picapiedra» (p. 259). Se trasluce aquí lo que denomina «mito de origen de la ecología», esto es, la idea de que el hombre trae el mal a una naturaleza pastoril a la que sería bueno regresar. Sin embargo, los pescadores de la diminuta isla Zaragoza no disfrutan del mar cuando dejan de trabajar en él: «Vivimos contra la naturaleza, gracias a la naturaleza, en espacios que la deshacen y la niegan. En espacios de un orden antinatural» (p. 152). No podemos, insiste el autor, oponernos al cambio; el cambio sucede. Por otra parte, ¿por qué temerlo? «A mí me parece que vivir en la ciudad de Buenos Aires es más interesante que vivir en una toldería querandí –con perdón de sus madres» (p. 175). El verdadero cambio, constata en Hawai, es el mestizaje que la globalización trae consigo, la futura disolución de las culturas nacionales. Del otro cambio, del cambio climático, se ocupará el ingenio humano. De ahí su conclusión: «Entiendo que es un problema; no estoy seguro de que sea una catástrofe» (p. 277).
Para él, la catástrofe es la pobreza. Y el compromiso básico de una sociedad no es ni con el mundo natural ni con las generaciones futuras, sino con los desfavorecidos: «Insoportable –auténticamente insoportable– es no comer. Y eso, por ahora, no depende del cambio climático» (p. 43). Para eso, Caparrós no tiene una solución definitiva. Incluso incurre en el error de concebir la economía mundial como un juego de suma cero, donde el bienestar occidental depende del malestar de los países pobres, precisamente ahora que tantos países están empezando a dejar de serlo. Pero tiene claro que la prioridad es la pobreza y no el cambio climático: aunque sólo sea para soportar mejor, en la riqueza y mediante la riqueza, las consecuencias del calentamiento.

01/04/2011

 
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