ARTÍCULO

Enigmas y divorcios: dos propuestas de la «nueva» narrativa porteña

Destino, Barcelona, 205 págs.
Alfaguara, Madrid, 344 págs.
 

Hoy todavía resulta difícil hablar de literatura bonaerense y no hacer memoria de la intensa polémica que sostuvieron, a lo largo de la década de los años veinte, los escritores afiliados al grupo Florida –Borges, Leopoldo Marechal, Oliverio Girondo, entre otros– y los adeptos al bando Boedo –los hermanos González Tuñón, Roberto Arlt o Nicolás Olivari, por ejemplo–. Con el tiempo, se ha podido comprobar que dichos núcleos literarios no encarnaban valores estéticos perfectamente homogéneos y definidos sino que, por el contrario, daban cabida a diversas concepciones artísticas. Prueba de ello es que los integrantes de uno y otro colectivo compartieran con frecuencia espacios de publicación en teoría reservados a los partidarios de cada grupo. Sin embargo, a pesar de esta relación de reciprocidad no siempre señalada, las discusiones en el contexto de la confrontación Florida-Boedo habrían de legar a las siguientes generaciones una dicotomía literaria, antirrealismo/realismo, de fronteras sutiles pero de indudable utilidad esquemática. Las últimas publicaciones de dos jóvenes narradores porteños, Pablo de Santis (1963) y Marcelo Birmajer (1966), son susceptibles de ser abordadas bajo esta perspectiva dual. El primero apuesta por una novela de tintes fantásticos, mientras que el segundo se decanta por una colección de relatos donde la realidad aparece como la verdadera protagonista.

En El calígrafo de Voltaire, De Santis cuenta la vida y desventuras de Dalessius, un copista huérfano que, ya en la madurez, ha tenido que emigrar a algún sitio no especificado del Nuevo Mundo. Apenas si ha podido escapar de los desenfrenos de la victoriosa revolución francesa, que ve en el oficio del calígrafo una rémora del antiguo régimen, y entre sus escasas pertenencias (tintas que al cabo del tiempo se vuelven invisibles, papeles en blanco que se tiñen de letras al conjuro de invocaciones mágicas, plumas letales de animales desconocidos) se encuentra un frasco que contiene el corazón de Voltaire. Y es que Dalessius, antes del estallido popular, estuvo al servicio del cáustico enciclopedista, aunque de esos días parisinos no queda más que el triste recuerdo de un órgano conservado en formol. Desde su exilio, el amanuense rememora esa época pretérita en la que, bajo las órdenes de su señor, tuvo que ir descifrando los acertijos de unos acontecimientos que desembocarían en un plan de lunáticos: la conjura de un cónclave de dominicos para perpetuarse en el poder mediante la suplantación del difunto obispo de Mazy por un autómata. Siniestra confabulación cuyo último objetivo era, recuerda Dalessius, atajar las luces del enciclopedismo –su impío resumen del mundo–, restituir la oscuridad de la fe perdida, el sentido trascendente de la religión católica.

Aunque el autor sitúa el argumento en la época prerrevolucionaria francesa, su propósito no es hacer una reinterpretación histórica de dicho período, y sólo se sirve de él para proporcionarle marco a una narración donde aparecen mujeres-pergamino y complicados alfabetos hechos con hojas y ramas. Más que las convenciones de la novela histórica, lo que De Santis atiende a rajatabla son las leyes del género policíaco, pero intenta enriquecerlas con su aplicación dentro de una atmósfera de caligrafías alquímicas, mensajes secretos y apariencias engañosas. Una prosa seca y una estructura muy bien construida plantean al lector una serie de enigmas que el novelista pretende resolver sin ambivalencias. En este sentido, El calígrafo deVoltaire es una obra paradigmática de la mecánica detectivesca, aunque a veces la profusión de claves misteriosas hace que se pierda el hilo narrativo. El texto, por otra parte, quizá hubiera ganado más de no haber incurrido en algunos excesos, por ejemplo, la reiteración de motivos que no llegan a ser paródicos ni a cuajar en símbolos: «viajar de incógnito en ataúdes», «la búsqueda de la mujer amada», «el corazón de Voltaire», etcétera.

Distintas características ofrece la propuesta literaria de Marcelo Birmajer, anclada, como el mismo título de Historias de hombres casados sugiere, no en los escenarios estrambóticos de una intriga en torno a un obispo robot, sino en la cotidianeidad más inmediata. Profundamente realistas, estos relatos alternan el formato de la narración extensa, la viñeta urbana, la estampa fotográfica o el fragmento de conversación para ir confeccionando un repertorio de infidelidades, frustraciones y desengaños sufridos activa o pasivamente por un mismo y repetido protagonista: el hombre que ha caído en las redes de la institución matrimonial. Cuentos como «El cuadro», «En las alturas» (que pudo muy bien haberse titulado «pueblo», ya que dicha palabra aparece repetida diecisiete veces en cuatro páginas) o «Ella sabía» dan cumplida y detallada cuenta del pérfido cinismo con que alguien puede traicionar la confianza de su cónyuge. «De ahí provienen todas vuestras desdichas» o «En la isla» constituyen, más bien, pequeñas fábulas morales del tipo: ¿querríamos igual a nuestras esposas si hubiera una invasión de hermosas venusinas incapaces de procrear? ¿Tendría alguna clase de valor el matrimonio si los esposos vivieran abandonados en un lugar desierto? Textos todos que, en suma, hablan de un desencanto específico, de un desamor de orígenes institucionales. No deja de ser llamativo, al margen del correcto funcionamiento de la mayoría de los diecisiete relatos, que se parta de una concepción tan dirty realism del matrimonio, en la que basta que la mujer se dé la vuelta para que el marido se abalance sin contemplaciones sobre la vecina o sea traicionado con su mejor amigo. A propósito de un posible ascendiente en lengua inglesa, en una entrevista Birmajer ha reconocido expresamente la influencia de Somerset Maugham, aunque al leer Historias de hombres casados parece ineludible la evocación de autores como Raymond Carver o incluso Hemingway, sobre todo por lo que toca al empleo de técnicas de construcción que privilegian más lo que se lee entre líneas que lo que se dice, lo que está debajo de la punta del iceberg que lo que asoma por arriba de la superficie.

Rigurosas con la estructura, escritas con un lenguaje sobrio y funcional (no en vano los dos autores proceden de las canteras del periodismo) que desprecia los virtuosismos, las obras de De Santis y Birmajer dan noticia de la buena salud que goza una narrativa porteña en la que, como en los años de Florida y Boedo, la fantasía y la vida cotidiana siguen siendo preocupaciones literarias fundamentales.

01/03/2002

 
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