ARTÍCULO

Salvado de la piqueta

 

Hasta hace poco cultivar la novela realista en España era motivo de estigmatizacón. A partir de los sesenta, cuando la escritura marxista dejó de recitar el Evangelio según San Lukács y experimentó con el «nouveau roman» y el mítico Faulkner de Yoknapatawpha, le tomó ojeriza a todo material novelesco con marbete «realista». La literatura de posguerra se inauguró con el realismo tremendista del Cela de Pascual Duarte y la sensibilidad femenina y testimonial de Carmen Laforet en Nada; se administró luego en dos versiones: de un lado, un realismo coral que el propio Cela anticipó en La colmena y otro realismo integrado en el sistema cultural del franquismo que diseccionaba la tragedia española y que firmaron Ignacio Agustí, José María Gironella, Luis Romero, Tomás Salvador, Sebastián Juan Arbó o Mercedes Salisachs. Escritores valiosos, su «pecado» era pertenecer al bando vencedor y sus obras eran despachadas o, mejor, despechadas por la crítica progre como «realismo decimonónico», que era lo peor que se le podía atribuir a una novela.
El tercer realismo era el social y los manuales literarios dicen que conjugaba el objetivismo descriptivo y el compromiso ideológico que patrocinaba Sartre desde su feudo del boulevard Saint Germain. Al memorizar esa corriente, uno empezaba con El Jarama, de Rafael Sánchez Ferlosio y enumeraba otros títulos hirsutos con resonancias de Revolución de Octubre y neorrealismo zavattiniano: La piqueta, de Antonio Ferres, Central eléctrica, de Jesús López Pacheco, La mina, de Armando López Salinas, La zanja, de Alfonso Grosso... En ese frente popular literario estuvieron en sus primeros años los hermanos Goytisolo (Juan hasta Señas de identidad y Luis en Las afueras, antes de hacer Recuento). También el editor Barral quiso que Juan Marsé fuera «escritor obrero» en la justamente olvidada novela Esta cara de la luna.
Con el auge experimentalista, el boom hispanoamericano del realismo mágico y los viajes faulknerianos de Benet a Región, el realismo social pasó a asociarse con los compañeros de viaje del PCE, y sus detractores pasaron a llamarlo «realismo de la berza». No es extraño que Sánchez Ferlosio prefiera no mencionar la novela que le dio fama, El Jarama, y que un escritor de la categoría de Antonio Ferres (Madrid, 1924) haya pasado varias décadas en una clandestinidad literaria hasta que editoriales como Gadir recuperaron su extensa y variada producción, que se expresa en géneros diversos: la novela (Los vencidos y Crónica de amor de un fabricante de perfumes); el relato breve (El caballo y el hombre); la crónica de viajes (Caminando por las Hurdes y Tierra de olivos); la poesía (La deslumbrada memoria, La inmensa llanura no creada y La desolada llanura); o el teatro infantil (El Torito Negro). En los cuentos de El caballo y el hombre, Ferres destila todos los registros narrativos que han puesto en pie una producción literaria a la que la etiqueta generacional parecía haber condenado al olvido. Recuperamos «Cine de barrio», un cuento que mereció el Premio Sésamo en 1954 sobre la atmósfera represiva de posguerra y que permaneció inédito; o «El camino», que tuvo adaptación televisiva, una historia de cárceles y persecuciones. La ajustada descripción de los ambientes se aquilata con la metáfora moral y lo que se muestra cobra potencia sin necesidad de prolijas consideraciones ideológicas. Los ambientes rurales, con ecos trágicos de guerra civil, enmarcan «La esposa» o «Cañas dulces», paisajes que el propio Ferres conoció en Caminando por las Hurdes y Tierra de olivos, aquel viaje de 1961 por los pueblos de Jaén y Córdoba. Entre esas «cañas» que fueron lanzas asoman los jornaleros de Miguel Hernández que nunca llegaron a poseer las tierras que trabajaban, la memoria de la represión y la emigración a la gran ciudad: la única alternativa a la hambruna: «Los campesinos huyendo temblorosos. Un temblor secreto e indeterminado por la justicia o la injusticia impuestas toda la vida únicamente sobre su carne, sobre savia animal, impuestas oscuramente, rota cualquier relación que no fuera el propio terror». De los cuentos más recientes, destaca el que da título al volumen, «El caballo y el hombre», dos páginas magistrales de un elaborado simbolismo que atraviesa también «El extraño mundo», «El color amaranto» y narraciones de realismo urbano sólo aparente, como «El baile de los perros atados» y «Mendigos». Comentario aparte merecen «E. T. A.» y «La luna del comienzo del mundo», donde Ferres, desde su autoridad moral antifranquista, expresa su compromiso contra la violencia terrorista y la banalidad de un mal que se enquistó con medias palabras y comentarios indiferentes de alguna clase política. El asesinato del suboficial de la banda de música le lleva a rememorar en clave autobiográfica las causas que comprometieron y entusiasmaron a toda una generación, como el nacionalismo vasco, el comunismo, o el Israel de los kibbutz. En «E. T. A.», el protagonista recuerda a sus amigos de la universidad y certifica la defunción de unos ideales que degeneraron en totalitarismos: «Cantaba bien su compañero, y a veces explicaba también historias de los “gudaris” o soldados vascos que habían luchado contra Franco. Siempre todo estaba mezclado en esos tiempos de estudiantes. Hasta tenían un amigo hebreo que les hablaba de las comunas de Israel [...] Y los que eran comunistas juraban que Rusia era el faro guía de la Humanidad [...] Todo andaba revuelto. Aunque era maravilloso. Y les sostenía vivos aquella clandestina juventud del franquismo. Pero se había ido hundiendo todo lo heroico, y ahora sólo quedaba ETA, que ni él ni nadie sabían bien lo que era». La etapa norteamericana del escritor, catorce años de profesor universitario, inspira «El eclipse», «El colibrí con su larga lengua» y «En los claros ojos de John», story road que refleja, desde una mirada femenina, paisajes, microclimas y reflexiones multiculturales con el inquietante estribillo de la violencia de la sociedad estadounidense, con el atentado a JFK y el Vietnam de trasfondo: «Es blanco y tiene ojos de loco, como John, o como el loco que mató al Presidente; o como el loco que mató al loco que mató al Presidente; o como el loco que va a matar al nuevo loco...».
Medio siglo después de La piqueta, Antonio Ferres demuestra en El caballo y el hombre la variedad de su escritura y hasta qué punto etiquetas de manual escolar pueden perjudicar una trayectoria creativa. Lúcidamente escéptico, con su independencia personal forjada con exilios voluntarios y frustraciones políticas, el octogenario escritor soslaya la «piqueta» con la que algún crítico apresurado quiso derribarlo a golpe de prejuicio. Liberado de la dictadura de los géneros, Ferres compone una obra completa y compleja. Su denominador común: la autoexigencia literaria.

01/11/2008

 
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