ARTÍCULO

El brillo de la ausencia

Planeta, Barcelona
442 pp. 21,50 €
 

«Mira que yo sí que registro todo, to­da emoción, toda reac­ción, toda idea, toda palabrita por sosa e insignificante que parezca, es importante para mí»: son palabras de Martín, el personaje filósofo-profesor-escritor de El metro de platino iridiado, casi al final de esa novela que destacó a Álvaro Pombo entre los narradores españoles. Releídas ahora, quince años y siete novelas después, esas líneas pueden servir como clave muy concisa del trabajo de Pombo hasta entonces, así como del impulso que allí tomaba para su desarrollo posterior: su disposición y desinhibición para recoger cada detalle y, a partir de ellos, encarar con profundidad y atrevimiento distintos caracteres, conductas y situaciones. Recordar de entrada las palabras de Martín en aquella novela que podía ser, a su vez, la novela que él estaba escribiendo como parte de la acción, es también una forma de enlazar con Juan Campos, el último personaje filósofo-profesor-escritor de Pombo, viudo de Matilda Turpin (y parte de su fortuna), o con Javier Salazar, el editor jubilado de la también reciente Contra natura, todos sagaces y capaces de manejar emociones, reacciones e ideas.
A lo largo de estos años, según Álvaro Pombo iba ganando en aceptación como escritor y su propia imagen pública iba adquiriendo cierto aire de personaje novelesco –hiperbólico en su decir, controvertido en sus opiniones, histriónico en sus modales, culto, contundente, desenfadado y entusiasta–, también su obra se ha hecho reconocible por la amplitud de variaciones que le permiten su formación filosófica y tradición ­literaria (James, Greene, Machado, San Juan de la Cruz, Spinoza, Rilke, Ortega, Kierkegaard y Sartre, entre otros), su mundo complejo (alta burguesía –sirvientes incluidos–, cristiano, heterodoxo, homosexual), su mirada atenta (analítica, minuciosa, entusiasta), su lenguaje de amplio registro (desde la abstracción filosófica a la procacidad callejera) y su temática reiterada (familia, amor, amistad, muerte, religión, sexualidad): un repertorio para encarar con solvencia «modos de ser esenciales descritos en toda su complejidad», según su discurso de entrada en la Real Academia Española.
En línea con este repertorio está La fortuna de Matilda Turpin, también centrada en la familia, ahora la de Matilda Turpin y Juan Campos, «dos soledades que mutuamente se respetan y reverencian», sus tres hijos (dos muy convencionales y un tercero brillante, desvalido y homosexual) y la adición (peculiar y anglófila) de otro matrimonio, Emilia y Antonio Vega, amigos y sirvientes. Este es el grupo cuya descomposición tiene lugar en varios momentos: cuando Matilda, al cabo de dieciocho años de vida conyugal, emprenda su vida profesional como economista junto a Emilia (y ésta se convierta en una especie de secretaria, hija, amante); cuando Matilda enferme de cáncer a los cincuenta y seis años y, en sus muy dolorosos días finales, deteste a su marido; y cuando Juan Campos, su viudo, catedrático de Filosofía razonablemente rico –gracias sobre todo a la herencia de ella–, decide más de un año después de esa muerte aislarse en una casa confortable de la costa cantábrica que antes perteneció a su suegro, éste sí, riquísimo.
Ese cerramiento, ese asubiarse a partir del vacío dejado por Matilda, «es en sí mismo todo un proceso hermenéutico» que se inicia con la evocación de lo que su matrimonio tuvo de «felicidad presupuestada» y rumiando la desatención a los hijos. La iniciativa de Juan Campos recuerda una reflexión lateral de C. S. Lewis en Una pena en observación, cuando se pregunta si los afligidos no tendrán que ser confinados, como los leprosos, en reductos especiales, porque ellos y su pérdida se convierten en un estorbo para los demás, que no saben cómo relacionarse con ellos. La obra de Lewis, tan distinta en múltiples aspectos, resuena en esta novela por lo que tiene de esfuerzo radical de alguien –ser histórico o ente de ficción– para entender y expresar algo que no puede dejar de sentirse después de una gran pérdida: «Gran parte de una desgracia cualquiera –dice Lewis– consiste en la sombra de la desgracia, en la reflexión sobre ella».
Como en otras novelas de Pombo, hay en ésta recintos domésticos que alguno de los personajes centrales llena de resonancias simbólicas al moverse en ellos como si de ese interior se adueñara un monstruo, aquí Juan Campos frente al «laberinto que es la muerte de su mujer», armado con un rencor antiguo que irá destilando contra los suyos –hijos, amigos y sirvientes–, obligado a reconocerse, nada fue verdad y «ése es el fundamento de su cronificada melancolía de superviviente». «Soy un impostor», se dice, tres palabras que requerirían «una explicitación de mil folios»: la novela sale de ahí, de esas tres palabras, y se va hasta las 442 páginas –unas cuantas más de las necesarias si se prescinde de ciertas reiteraciones–, y en ellas se recogen temas ya habituales de Pombo a los que va incorporando otros de ahora mismo: las distintas variedades de la maldad deliberada, la muerte, el suicidio, las relaciones entre amistad y servidumbre, el dinero, las relaciones entre padres e hijos, la homosexualidad y, sobre todo, el matrimonio, el trabajo femenino, la maternidad, la exaltación de «lo mujer», así llama el resentido y accidental Juan Campos a «aquella eterna juventud emprendedora» de Matilda, sustancial, activa, alegre, aún más necesaria después de morir porque la luz de esa ausencia permite que los otros vean algo de sí mismos.
El andamiaje del relato está construido con materiales muy próximos: casa, costa y clima. La primera es casi un escenario teatral donde los actores hablan mientras se mueven, leen, comen –hay muchas comidas aquí, quizá como parte de la atención que Pombo dedica a la vida material–; la costa abrupta –cuevas, acantilados– prolonga ese escenario mientras pa­sean; el mar «plomizo como un espinazo mutante» y el clima áspero son correlatos eficaces para mostrar situaciones emocionales vividas por los personajes: se menciona expresamente Cumbres borrascosas y no se puede olvidar la alargada sombra de T. S. Eliot. Con todo esto, y un equipaje de citas filosóficas y literarias rayanas en la pedantería para apuntalar la frecuente reflexión que rodea a cada anécdota, el narrador está a menudo en los límites de lo verosímil porque igual escudriña lo más escondido de una conciencia que interpela y explica al lector, juega con el tiempo intentando que lo sucesivo suceda como simultáneo, que el pasado resuene en el presente e incluso se haga futuro, se adentra en los huecos y en los llenos dejados por ese personaje ausente en los demás, pormenorizando las grietas que su falta produce en sus relaciones: la insuperable pena para Emilia, el desconcierto y la desconfianza de Antonio Vega –perdida la consideración de amigos para ser enemigos pagados–, la seducción ridícula de la nuera Angélica, o el desvalimiento de Fernando Campos, el hijo homosexual, cuya historia no deja de resultar un añadido en la principal, un personaje casi «de cuota» que podría ser recuperado en cualquier otro relato: la novela va inclinándose definitivamente hacia lo bufo como si el narrador estuviera harto de unos personajes a los que acaba despreciando tras su vapuleo moral y desmenuzamiento psicológico, pequeños egoístas reducidos a la pusilanimidad y al rencor, casi diluidos en ese momento final a las puertas del cementerio, en el límite entre los vivos y los muertos.
Registrando emociones, reacciones e ideas, buscando en la sombra de la desgracia el brillo de la ausencia, Pombo ha hecho un trabajo a base de oficio y repertorio –es experto en variaciones–, con su habitual entusiasmo –hasta la más sombría de sus novelas rebosa entusiasmo–, atento a la actualidad –las mujeres trabajan, viajan, deciden–, y así se lo ha reconocido el Planeta, un premio considerado ya con alguna reticencia en El metro de platino iridiado, cuando Martín arrinconaba los libros del abuelo para colocar los suyos. Tan dudosa estima parecía mantenerse hasta hace muy poco: en Contra natura, encuadernados con lujo y nunca abiertos, sus volúmenes están colocados en un piso de Marbella, junto a figuras de Lladró y la urna con cenizas de una muerta. Un sitio inquietante, aunque se permanezca en él poco tiempo. 

01/04/2007

 
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