ARTÍCULO

El blog de Arcadi Espada

Espasa Calpe, Madrid
504 pp. 21,90 euros
 

Arcadi Espada, de cuyo blog (http://www.arcadi.espasa.com/) me confieso lector puntual y devoto, ha publicado ese peculiar diario correspondiente a 2004 en forma de libro. Su lectura facilita un repaso bastante pormenorizado de las numerosas e importantes cosas que nos sucedieron en ese año crucial, lo que no es pequeño servicio vista la importancia que esos doce meses han tenido y seguramente seguirán teniendo en nuestra historia inmediata.Ver los acontecimientos que cada día nos sobresaltan enlazados de una forma que llega a parecer casi lógica (pues ya son en cierta manera inmodificables) supone una invitación muy fuerte a la búsqueda de sentido, a algo que, finalmente, suele escapar: la edición en forma de libro de unos textos escritos al riguroso ritmo de los días que pasan da lugar a una lectura un tanto especial, conflictos de género según los llama el autor en el prólogo escrito para el caso.
El texto se acompaña, de cuando en cuando, de otros anónimos que comentan, matizan, ensalzan o complementan los de Espada o que se refieren, simplemente, a los hechos que han dado pie a la escritura original. Son, sin duda, una parte muy menor de los que podrían aducirse y su lectura produce una sensación rara, un peculiar desconcierto en el lector que no sabe cómo tomarse esas palabras que, además de ser frecuentemente disonantes respecto del discurso principal, introducen al lector en un escenario que tiene poco que ver con la lectura convencional y que, además, no acaba de ser sino un pálido remedo de la lectura en Internet, una situación en que más parece que los textos nos asalten o nos escojan a nosotros que al revés. Esta progenie de autores se llaman a sí mismos con la jerga que se ha hecho peculiar en estos casos: los editores han confeccionado un índice onomástico de estos nuevos sujetos literarios que ocupa más de cuarenta páginas añadidas al final del libro.
No sé si los editores han acertado con esta forma de presentar unos textos que pueden parecer escritos a vuelapluma pero que, en cualquier caso, tienen originalidad, interés, consistencia y un gran valor polémico. Sí me parece claro, por el contrario, que estas meditaciones de Espada representan una aportación original y valiente al debate público y que merecen especial atención tanto por lo que tienen de testimonio de unos acontecimientos que merecen comentario como por lo que representan de empeño ciudadano. Espada se esfuerza denodada e incansablemente en llamar la atención sobre lo que está pasando y sobre cómo nos lo tomamos y aporta una visión personal de cuanto nos afecta. No es exagerado, por tanto, encontrar en estos textos aparentemente dispersos una meditación de fondo sobre buena parte de los asuntos que interesan a la opinión pública y sobre la supuesta lógica de los valores más comunes que en ella se manifiestan.
Haré una breve mención de algunas de las líneas de pensamiento que se ofrecen en estas meditaciones de urgencia. Su tema, nos dice el autor, es el periodismo e, indirectamente, el lenguaje político y moral, algo que, si siempre tiene interés, es especialmente digno de atención a la vista del terremoto político provocado en España por la matanza que singulariza el año que se recuerda. Desde que se produjo el atentado terrorista del 11 de marzo, ese acontecimiento y sus consecuencias de todo tipo constituyen una especie de telón de fondo de la mayoría de cuestiones que se ventilan en estas páginas. La postura de Espada ante tal asunto está llena de interés no ya por la indudable importancia del tema, sino porque Espada lo aborda con un notabilísimo empeño en mantener el ideal de objetividad que se impone como primer mandamiento de su ética como escritor. Es una cuestión crucial porque sobre ella es demasiado fácil optar cuando no hay que hacerlo: ese refugio en la opción supone un notable riesgo de autoengaño, de manipulación, de sinsentido, una tentación de la que Espada se libra con agilidad y brío. Con la misma impavidez con la que da por hecho que el Gobierno de Aznar ni mintió ni ocultó nunca información (aunque se le notasen las ganas de que las cosas hubiesen sido de otro modo), o con la que afirma que la izquierda manipuló el asunto a sus anchas entre el 11 y el 14 de marzo de 2004, sostiene que la mayor parte de las supuestas informaciones sensacionales sugiriendo una reinterpretación del atentado y/o de su autoría son pura especulación, ganas de confundir deseos con datos, cuando no pura estrategia comercial para incrementar la venta de periódicos o aumentar la fidelidad de un núcleo bien preciso de clientes. No sé si Espada acierta en su diagnóstico, pero es evidente que lo intenta, que ni acude presuroso en auxilio del vencedor ni se empeña en alimentar y sostener la hipótesis más difícil y costosa. De todos modos, tal vez no sea este el mejor de los casos para emplear sin vacilaciones la navaja de Occam.
Espada está muy persuadido de que el mismo afán por la objetividad que es propio de la ciencia seria tiene que presidir el comportamiento del cronista y del analista político. Su idea de la escritura tiene más que ver con el ensayo científico, cuyos héroes más populares comparecen frecuentemente en sus comentarios, que con la literatura de ideas o con la poesía: nada que ver, en cualquier caso, con la increíble creencia de que, puliendo las palabras, se modifican las cosas.
Espada, que suscribiría seguramente aquello que decía Russell –la lógica consiste esencialmente en el arte de no sacar conclusiones–, se muestra muy escéptico con la inquietante capacidad deductiva de algunos policías o con el empeño en desvelar conspiraciones partiendo de supuestos indicios levísimos y sutiles. Espada está contra cualquier forma de ocultación de lo real, contra la predisposición a dejarse cegar por el odio que se reservan los inquilinos de un mismo inmueble. Siguiendo esa clase de preceptos, Espada se convierte en un escritor bastante refractario al tópico y a la veneración, en alguien capaz de cantarle las cuarenta al primero de los intocables, de modo que su lectura ofrece ejemplos realmente sabrosos de desmitificación, como se decía antes. Nuestro autor abomina de la costumbre de combatir mentiras con mentiras porque esa práctica olvida que de tales choques nunca se obtiene la verdad sino el delirio, una intoxicación que se retroalimenta persistentemente con la tendencia a santificar la opinión olvidando la obligación de procurar información precisa.
En su análisis, esta exaltación de la opinión es consecuencia de una cierta contabilidad: la narración de los hechos resulta menos rentable que la rueda de las opiniones, un negocio que florece de manera espectacular en un campo abonado por cierta manera de entender y explotar el pluralismo, una beatería que termina por consentir una especie de blindaje totalitario de las opiniones. Un resumen de esta situación rezaría aproximadamente del siguiente modo: para el común de los ciudadanos parece como si la cultura hubiese suplantado a la naturaleza, como si el pluralismo hubiese desterrado para siempre la mera posibilidad de creer en alguna forma de objetividad.
La trayectoria pública de Espada está apoyada en unas creencias muy firmes en la posibilidad de conocer la verdad, en la capacidad de contarla y en la obligación de hacerlo. La objetividad no puede consistir en una especie de equidistancia, en un cálculo de resistencias sino que, por el contrario, tiene que constituir un objetivo extremadamente arduo y que implica inevitablemente una lucha con el lenguaje, con la opinión establecida, con los favores y las conveniencias.
Arcadi Espada es un escritor brillante, eficaz, un tanto dado a ciertos culteranismos (como si quisiera dar a entender que su aprecio de la objetividad no implica simpleza) y que se vale muy frecuentemente de sobreentendidos y alusiones que hay que descifrar con códigos que seguramente no son siempre ni tan universales ni tan asequibles como el autor da en suponer (y por eso tiene sus lectores). En cualquier caso, adentrarse en los senderos que Espada dibuja es un placer y una continua incitación a la inteligencia libre y atrevida, incluso cuando sus opiniones puedan parecer, como en ocasiones es el caso, menos fundadas de lo que desearía.

01/08/2006

 
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