ARTÍCULO

SEBASTIÁN GUTIÉRREZ. EL BESO DE JUDAS

El beso de Judas, de Sebastián Gutiérrez, está distribuida por U.I.P.
 

El final del verano invita a divagar un poquito. Y además estaba previsto que viera Eyes Wide Shut para comentarla relacionándola con la novela en que se inspira, Relato soñado, del austríaco Arthur Schnitzler, libro, por cierto, que podría ser un claro antecedente del estupendo El sueño delos héroes de Bioy Casares, aunque esto no es de aquí ni de ahora, así que dejémoslo.

Las cosas son como son y, porque no se había estrenado la película de Kubrick, me metí a ver El beso de Judas para constatar al menos lo mucho, lo muchísimo, que cambian los tiempos. Con este o parecido título allá por los cincuenta se hizo una película española que protagonizaba Antonio Vilar, un actor lusitano afincado en España, y que creo dirigía Ignacio F. Iquino. La cosa iba de grandes pecados y de más grandes arrepentimientos: un hombre malvado, a quien, por ser como era, sus vecinos siempre asignaban el papel de Judas en la representación de la muerte de Cristo que todo el pueblo hacía durante la Semana Santa, se redime hasta el martirio, arrebato místico mediante, cuando, llevado de su vanidad, consigue representar a Jesucristo.

La verdad es que la película tenía su interés, que no era fácil ni gazmoña, y que, aunque pueda parecer mentira, era todo un alivio en aquellas carteleras de Semana Santa que, por imperativo legal, se llenaban en exclusiva de túnicas y bienaventuranzas. En El beso de Judas se podía vislumbrar al menos lo que era un pecador de nuestro tiempo, un hombre con pasiones, y eso distraía algo.

Hoy, sin embargo, hablamos de una cosa muy distinta. Este beso de Judas es, como casi resulta inevitable en nuestra actual cartelera, una película norteamericana con algún actor de reclamo mundial en el reparto, como la inglesa Emma Thomson, aunque el director sea un joven desconocido de nombre hispano, Sebastián Gutiérrez, del que sólo sabemos que es joven por haberle visto en fotografía, pero del que ignoramos nacionalidad y residencia.

La historia, muy lejos de resultar sencilla, trata de un secuestro que en el momento de llevarse a cabo produce un asesinato aparentemente casual o accidental, lo que portavoces de la OTAN denominarían un daño colateral. De modo que la investigación se divide: la local, el homicidio, corre a cargo del policía de Nueva Orleans que protagoniza Alan Rickman; la federal, el secuestro, es competencia del FBI y la lleva a cabo Emma Thomson en el papel de la agente especial Sadie Hawkins. Dos investigaciones distintas, como también distintas trayectorias delincuentes: las de la pareja organizadora, la del especialista en comunicaciones telefónicas que se encarga de establecer los contactos con los allegados del secuestrado –protagonizado por Gil Bellows, hoy muy de actualidad por su interpretación en la serie de Ally McBeal–, y la del psicópata que disfruta matando.

Hay, pues, complejidad en la trama, más si tenemos en cuenta que lo que parecía accidente no lo era, o sea que el daño colateral –y sigue viniendo como anillo al dedo la terminología OTAN-era intencionado, y, sin embargo, en ningún momento pierde el espectador el hilo, lo que a mi juicio es el mayor mérito de la película: contar bien una historia. Quizá en su parte final, en la intersección obligada de las distintas peripecias, en ese punto en que todas las líneas necesitan cruzarse –los policías buenos, los policías corruptos, los delincuentes de buen corazón, los traidores, los delincuentes psicópatas, las muertes, los disparos, el premio y el castigo–, un desenlace que casi parece de cómic ablanda algunos grados la historia.

Pero si empezábamos hablando de la filmografía antidiluviana hispana era para hablar del estilo. Hay en Sebastián Gutiérrez una fidelidad a las raíces de su nombre que merece atención, siquiera sea porque los especialistas gustan de devanarse los sesos buscando la esencia del estilo.

La película de Gutiérrez recrea en sus primeras tomas, merced a una intencionada iluminación que se hace especialmente patente en los interiores, una atmósfera visual muy peculiar, la de una Nueva Orleans espesa y agobiante que es casi un estilo en sí misma; luego, gracias a un discurso cínico que penetra en lo narrativo, el modo de hacer de Tarantino, con atisbos de los hermanos Cohen –aquel inolvidable Fargo o Muerte entre las flores–, se deja sentir en la pantalla, y eso es también un estilo. Pero se ve que la raíz hispana del director pesa lo suyo y ya que la protagonista, de nombre Coco Chávez, interpretada por una espléndida Carla Gugino, es también de raigambre hispana, el amor ha de ser entonces no sólo fogoso y directo, sino tan crudo como la carne roja que pende de los ganchos en los mataderos, y ahí, precisamente ahí, colgando de uno de esos ganchos, se realiza la escena amatoria cumbre de la película, absolutamente innecesaria, por cierto.

Y es una lástima que no baste contar muy bien para hacer una gran película. Porque El beso de Judas transita por todos esos estilos sin ser capaz de homogeneizarlos, dejando así al descubierto lo que todo estilo tiene de sucesión de tics o, dicho de otra manera, de articulación de tics, siendo el hispano quizá el más llamativo. Pero, ya lo ven, hasta Hollywood hemos llegado. Porque, aunque el amor como trifulca estentórea ha pasado al cine universal, sólo en la cinematografía española más reciente ha adquirido categoría de signo distintivo. Los hispánicos, sin la excepción siquiera de los del hecho diferencial, se aman en la pantalla con el ruido y la furia de bisontes o de jabalíes. Es un modo de verse a sí mismos distorsionado hasta la caricatura, en el que el pudor, la delicadeza, el acercamiento progresivo queda para espíritus pusilánimes, hipócritas o reaccionarios. Supongo que, pasado algún tiempo, una vez que se pueda ver con suficiente perspectiva el cine que hoy hacemos, no quedará más remedio que seguir incluyéndolo en aquello que se llamaba la españolada, sólo que ahora la españolada ha cambiado de signo.

Ya dije al principio que iba a divagar.

01/10/1999

 
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