ARTÍCULO

Un bastardo algo dantesco

Plaza & Janés, Barcelona
288 págs. 2.750 ptas.
 


El difunto Bioy Casares nos deja, entre mucha bisutería borgesiana, una recopilación de artículos breves de crítica literaria titulada La otra aventura, que no está nada mal, y en cuyas páginas se establece un catálogo de las cosas que conviene evitar en literatura; entre ellas, «novelas en que la trama guarda algún paralelismo con la de otro libro», y pone como ejemplo, el más evidente, o cuando menos, el más conocido: Ulises, de James Joyce. La inconveniencia del procedimiento se multiplica cuando además ese paralelismo ya ha sido explotado en otras obras de extraordinaria resonancia; me refiero a Bajo el volcán, de Malcolm Lowry, y a El primer círculo, de Alexander Soljenitzin, que toman como referencia o punto de partida La Divina Comedia, el vasto poema medieval de Dante Alighieri. Lowry pretendió escribir la Comedia adaptándola a su tiempo, y si no pasó de ese Infierno clamoroso que es Bajo el volcán fue porque se quedó allí. La violencia, el color y el fragor del libro no podrían repetirse en el Purgatorio y en el Paraíso, que inevitablemente evocan universos más sosegados, y Lowry, al igual que Orfeo, en lugar de encaminarse como Dante hacia el agujero redondo «e quindi uscimmo a riveder la stelle», echó una mirada hacia atrás, no para perder a Eurídice, sino para perderse él. Por su parte, Soljenitzin utiliza el Infierno dantesco como pavorosa metáfora política. Ni uno ni otro camino sigue Carlos Rojas en su novela más reciente, El bastardo del rey, en la que no se reduce al primer canto del Dante, sino que abarca la Comedia entera: «Las tres cantigas a la vez y enhebradas cada mañana un poco al azar, porque tengo el convencimiento de que toda la obra forma la unidad inquebrantable de una estroma muy bien tejida. Digan los eruditos lo que les plazca, también creo que zigzagueando entre el infierno, el purgatorio y el paraíso compuso Dante la Comedia –proseguía Rodríguez Durán, tal como si me leyera parte del pensamiento, como si saltara de un tema a otro, a la pértiga o a tropezones».

Los motivos por los que Rojas recurre al texto dantesco resultan menos complejos que los que justifican los paralelismos establecidos por Lowry y Soljenitzin, ya que se sirve de La Divina Comedia para llevar la novela a su terreno, que no es otro que la historia española de este siglo, a la que dedicó libros numerosos y enjundiosos: Diez figuras ante la guerra civil, La guerra civil vista por los exiliados, ¡Muera la inteligencia! ¡Viva la muerte! Salamanca 1936, Momentos estelares de la guerra de España, Los Borbones destronados, la novela Azaña, polémica en su día... En cualquier caso, yo me pregunto si la guerra civil última y la historia reciente española merecen la evocación del gran poema de Dante. Podría haber recurrido asimismo a cualquier obra literaria cargada del suficiente prestigio. Mas, muy hábilmente, Rojas explica la elección de este poema, y no de otro, porque el protagonista de la novela, Daniel Rodríguez Durán, se encuentra traduciendo La Divina Comedia. Henry James no aconsejaba reproducir en una novela en la que aparezca un escritor lo que éste escribe, porque podría conducir a decepciones grandes. Pero si en lugar de ser narrador o poeta, nuestro personaje traduce La Divina Comedia, ¿quién le pone objeciones a Dante? Yo no se las pongo, desde luego.

Resuelto este problema, que a mi juicio es central, si añadimos que el personaje es hijo bastardo del rey de España, ya tenemos novela, o lo que haga falta tener. Por si esto fuera poco, el personaje, Daniel Rodríguez Durán, acude al propio Carlos Rojas, para que le escriba su historia, como si lo fuera de una «nivola» de Unamuno.

Lo de ser hijo ilegítimo de un rey puede dar mucho juego en los géneros más diversos: el melodrama lacrimógeno, la ópera bufa, el cuento de hadas, etc. Pero al tratarse de un bastardo que traduce La Divina Comedia y es libertario a su modo, se requiere un planteamiento más grave del personaje y de los hechos en los que interviene. ¿Interviene realmente en algo Daniel Rodríguez Durán? Este punto tiene su importancia en el desarrollo de la novela y determina el punto de vista. Porque el referido Daniel Rodríguez Durán, hijo por detrás de la sacristía (como popularmente se dice) de Alfonso XIII, pertenece a una familia que es protagonista en la España del siglo XX ; mas su condición de bastardo le mantiene necesariamente apartado del flujo principal de la Historia (digámoslo con adecuada retórica). En consecuencia, el traductor de Dante está relegado a la condición de testigo: el estado ideal del personaje de la novela histórica.

Si tenemos en cuenta los hechos que se relatan, incluida la inevitable guerra civil con «los hielos de Teruel y los soldados ateridos en las cabinas de los camiones», los personajes, fantasmales («Junto a Carlos IV, Azaña cierra el círculo alrededor de Manuel Godoy») o con una intervención efectiva (Salvador Dalí, los restos de Godoy, Franco como referencia al fondo), El bastardo del rey es una novela histórica, y además culta: hasta se menciona a Dostoievski (págs. 213-214), autor, por cierto, de otro espeluznante descenso a los infiernos, Memorias de la casa muerta. Con admiración señalo que, desde La visita, de Fernando Quiñones, no he visto novela con tantas citas librescas. Mezclar a reyes y a presidentes de la República «con la Estigia al fondo» o escribirle una carta a Juan Carlos I llena de citas literarias, qué duda cabe de que es original. Pero si consideramos a La cartuja de Parma como novela histórica, esto no es ni novela, ni histórica.

01/10/1999

 
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