ARTÍCULO

¿Otra forma de revolución cultural?

 

Los europeos no saben mucho de los extraordinarios avances del cristianismo en el mundo en desarrollo, o incluso del resurgimiento ortodoxo en Europa oriental y Rusia. Puede que tengan vagas sospechas sobre el declive católico en España (aunque no en Italia) y que intuyan la espiritualidad o el materialismo poscristianos del norte de Europa. Es muy poco probable que se den cuenta de que, a partir de la década de 1960, los pentecostales han aumentado en Latinoamérica en muchas decenas de millones, hasta el punto de que una de cada cuatro personas de Buenos Aires es un pentecostal, o que a partir de la década de 1970 se produjo un movimiento similar en África, generando lo que en Ghana se conoce como fiebre del cristianismo. Este resurgimiento cristiano es tan masivo como el resurgimiento islámico, pero queda por debajo del radar de los medios de comunicación, porque no se ha matado a nadie y, en cualquier caso, las personas involucradas viven en la parte equivocada de la ciudad. Los cristianos en África eran una pequeña minoría hasta fechas muy recientes y en la actualidad ascienden a 350 millones de personas, o una de cada seis de la circunscripción cristiana global.
¿Qué es el pentecostalismo? Pentecostés es la tercera gran festividad de la Iglesia cristiana. Celebra una corriente tan intensa de energía espiritual sobre la Iglesia primitiva que traspasó las fronteras de las tribus y los idiomas simbolizados por la Torre de Babel para crear una asociación voluntaria transnacional. Esta asociación se correspondía en su alcance universal con lo que era entonces la sociedad global del Imperio romano. En la actualidad, el pentecostalismo representa la tercera gran fuerza del cristianismo y, en su dimensión universal y transnacional, se corresponde con nuestra realidad global contemporánea, de la que Estados Unidos constituye un pivote fundamental. Es simultáneamente global y local, y supone una ruptura radical, al tiempo que muestra notables continuidades con las tradiciones preexistentes. Es reconocible por doquier, al tiempo que está siempre cambiando, adaptándose, y en estado de fisión, y deshace redes territoriales orgánicas al tiempo que vuelve a formarlas como comunidades voluntarias de personas con una estrecha conexión espiritual. Viaja por las redes personales de individuos que se desplazan de un lugar a otro, al tiempo que utiliza todos los recursos de los modernos medios de comunicación. El movimiento pentecostal, en todas sus innumerables formas, ofrece a grandes grupos de personas que se desplazan una identidad individual y móvil, que no puede verse socavada por una sociedad anónima o desdeñosa más amplia porque ha sido conferida por Dios. Se sabe que se tiene esta identidad porque se ve despertada y confirmada por dones de poder espiritual conocidos con el nombre de bautismo en el espíritu. Estos dones resultan validados y promovidos en una comunidad disciplinada, que ofrece apoyo y afirmación, así como oportunidades de participación y de aprendizaje de nuevas técnicas de persuasión y liderazgo responsable.
Históricamente, el cristianismo se ha escindido con arreglo a líneas de falla sociopolíticas. En un primer momento se produjo la división entre Europa occidental y oriental, luego la que tuvo lugar en la Reforma entre el norte y el sur de Europa, y más tarde entre las iglesias monopolísticas y territoriales de Europa y el pluralismo competitivo de Norteamérica. El pentecostalismo emergió en este vórtice pluralista y competitivo del sur profundo y, sobre todo, en el lejano oeste de Estados Unidos. Después explotó globalmente como una lluvia de estrellas en todas las direcciones. Allan Anderson, en su Spreading Fires (2007), muestra cómo el pentecostalismo se extendió con una rapidez asombrosa por las redes misioneras ya creadas por los evangélicos y otros movimientos de santidad, hasta llegar a China, India y el sur de África, además de infiltrarse en Latinoamérica. También intentó, sin mucho éxito, hacer incursiones en Europa e incluso en el mundo islámico. Europa y el islam siguen siendo las partes del mundo más resistentes al mensaje pentecostal: Europa porque está individualizada religiosamente, y el islam por motivos territoriales y orgánicos. En la medida en que el pentecostalismo afecta a Europa, lo hace revistiendo dos formas: megaiglesias ultramodernas en lugares como Londres (y principalmente para inmigrantes), Uppsala y Budapest, o por medio de movimientos que operan en el sur y en el sureste del continente, donde las condiciones se asemejan a las de Latinoamérica.
La empresa misionera pentecostal fue casi tan costosa en términos de enfermedad, desilusión y muerte como las primeras misiones metodistas a África occidental y, como la mayoría de las misiones cristianas, su éxito dependía de los catequistas autóctonos. Aunque los pentecostales se remontan mayoritariamente a la explosión espiritual que se vivió en Los Ángeles en 1906 como el acontecimiento fundacional original, hubo también otros muchos movimientos anteriores en lugares tan alejados como Gales e India. La interpretación pentecostal contemporánea oscila entre el papel preeminente del renacer de Los Ángeles, encabezado por el evangelista negro William Seymour, y una visión más multicéntrica que subraya la variedad de los orígenes pentecostales en diferentes partes del mundo. El pentecostalismo es, por tanto, un poderoso híbrido que, en su fusión de negros y blancos, puede traspasar cualesquiera barreras de tipo cultural para encontrar y satisfacer las necesidades en el mundo en desarrollo. Combina un sentido de los «poderes» de «este mundo» sometidos a juicio con un sentido optimista de que pueden ser derrotados aquí y ahora en esta vida gracias a la concesión de poderes divinos. Es un movimiento de personas que se desplazan, la opción de los pobres más que una opción para los pobres, un ejemplo de movilidad y movilización más autónomas que auspiciadas.
El imperio cultural de Estados Unidos es, por supuesto, en esto tan dominante como en cualquier otra cosa. No importa cuánto se contraríe o se plante cara a Estados Unidos, que el país sigue proporcionando un punto de referencia de qué es lo que se tiene por moderno. Los pentecostales quieren ser modernos. Son personas que han sido apartadas, o que se apartan ellas mismas, como sucede con un gran número de hombres y mujeres jóvenes, de los mundos más antiguos de sus mayores y sus familiares para explorar el mundo moderno más diverso que ponen a su disposición los medios de comunicación globales. Éstos les llegan procedentes del mundo moderno y utilizan los medios de comunicación para establecer su propia presencia como agentes activos en ese mundo, y para crear nuevas comunidades imaginadas que son dirigidas por ellos y por nadie más.
Sin embargo, la misión avanza en todas direcciones, incluida la misión en la Europa infiel. Como un híbrido sin centro con una extraordinaria capacidad para indigenizar, el pentecostalismo supone el final de la época misionera, no un nuevo capítulo. Desde el principio, los promotores religiosos locales, embargados personalmente por la confianza en el poder del espíritu, se alejaron de sus grupos para dirigir sus propias organizaciones del modo que les pareciera mejor. En Chile, hace casi un siglo, las semillas fueron lanzadas por estadounidenses, pero sólo germinaron cuando los chilenos rompieron amarras y fundaron su propia Iglesia Metodista Pentecostal. Del mismo modo, los estadounidenses plantaron la semilla en Sierra Leona, pero sólo brotaron cuando viajaron al interior y fueron cuidadas y regadas por el pueblo mossi de Burkina Faso. A partir de entonces fue el propio pueblo mossi el que llevó el mensaje a los países circundantes. Estadounidenses y escandinavos lanzaron las semillas en Etiopía, pero los agentes eficaces han solido ser los estudiantes etíopes. A veces el imperio contraataca, como cuando la brasileña Iglesia Universal del Reino de Dios se ha extendido a Portugal, así como al África lusófona.
Corea es un caso especial. Hace mucho tiempo los estadounidenses plantaron la semilla en Corea, y floreció como en ningún otro lugar en el Lejano Oriente gracias a su asociación con la conciencia nacional coreana y con la modernización coreana. Hoy hay misioneros coreanos de varios tipos carismáticos por toda Asia y el Pacífico. Los encuentras en Afganistán, en el norte de Kirguizistán, donde hay actualmente una floreciente presencia pentecostal, y a millares en Filipinas.
Hay dos escenarios posibles. El primero procede de la teoría clásica de la secularización. La teoría de la secularización describía e incluso prescribía cambios en Europa, y los enmarcaba en un drama de la gran transición desde la superstición y la opresión hacia la ilustración, la ciencia y la liberación. Desde este punto de vista, el pentecostalismo es simplemente un inestable hogar de paso, parte de la transición hacia una modernidad universal, no una de las numerosas formas viables de modernidad. Es simplemente el descendiente directo en el mundo en desarrollo de las masivas movilizaciones religiosas que acompañaron a las primeras etapas de la modernización en Europa. Al igual que ellas, se apagará, convertida quizás en políticas nacionalistas o reformistas, o resultará redundante debido a la prosperidad, el bienestar y la educación estatales. El pentecostalismo es también el descendiente directo en la angloesfera de las movilizaciones religiosas de grupos subordinados emergentes por medio de asociaciones voluntarias entusiastas y disciplinadas. Dejando a un lado a algunos evangélicos de buena posición, como los famosos «Siete de Cambridge», muchos de los reclutados para trabajar en las misiones procedían de miembros de estas asociaciones voluntarias, integradas por personas relativamente marginales. Podría decirse que un grupo marginal salía para hablar a otro grupo marginal aunque, por supuesto, los europeos marginales tenían más estatus y recursos muy superiores, además de ver el «paganismo» como un reino de la oscuridad. Hoy, según opinión de los teóricos de la secularización, el triste declive del metodismo británico, y de sus herederos de los movimientos evangelistas que fracturaron el ámbito religioso en Escocia y Gales, proporciona todas las pruebas que se necesitan de la secularización que aguarda a los movimientos paralelos que proliferan actualmente por todo el mundo en desarrollo.
El punto de vista alternativo, asociado especialmente con Peter Berger, es que Europa es excepcional. Es cierto que Norteamérica muestra signos de secularización en la generación más joven. Pero es un caso diferente de Europa porque Estados Unidos rompió muy pronto el nexo entre una Iglesia dominante, jerárquica y territorial, y el Estado. Lo que surgió, en cambio, fue un sistema pluralista basado en la competencia entre las asociaciones voluntarias al servicio de diferentes grupos sociales y tipos de clientela. Latinoamérica vuelve a ser diferente porque se ha caracterizado por una Iglesia jerárquica desorganizada y por partidos laicos radicales que se asemejan a los de la Europa latina. Pero éstos no eran más capaces que la Iglesia de afectar a la espiritualidad sincretista de las masas. África es también diferente, aunque hay elementos que recuerdan el monopolio europeo, especialmente en el África francófona, que pueden explicar por qué el pentecostalismo se expandió primero por el África anglófona, y hubo de esperar a la desregulación política y económica para despegar en los países francófonos.
Sea cual sea el escenario verdadero, las suposiciones europeas incorporadas al primero de ellos nos impiden valorar fácilmente lo que está sucediendo en el cristianismo contemporáneo. Está, antes de nada, el espectacular avance del cristianismo en el África subsahariana, de tal modo que su centro de gravedad se ha desplazado al sur global. Ese no era el giro de los acontecimientos que se esperaba con el fin del colonialismo. Luego está el avance del pentecostalismo en una buena parte del mundo en desarrollo: en África, en Latinoamérica, en China, en los países de la costa del Pacífico. Eso tampoco formaba parte del guión previsto. No era la primera vez que las ciencias sociales han esperado a los acontecimientos para cobrar conciencia de la gran historia. Revoluciones predichas no han llegado a materializarse o simplemente fracasaron, y revoluciones prohibidas se han materializado y han triunfado.
Uno de los principales divulgadores académicos del avance hacia el Sur, sobre todo en África, ha sido Philip Jenkins en libros como The Next Christendom (2002) y The New Faces of Christianity (2006). Jenkins ha sido un crítico notable de las suposiciones de las élites intelectuales occidentales sobre qué tipo de religión preferirían, o sería probable que prefirieran, los pueblos del Sur global. Afirma que lo que cuenta como religión auténtica depende mucho de cada persona, y que los africanos se han apropiado siempre del cristianismo, y sobre todo del texto de una Biblia abierta, con la mirada puesta en aquello que tiene sentido para ellos. Lo que funciona es más importante que lo que resulta aceptable para las élites tanto en Europa como en África. Además, una parte muy numerosa y cada vez mayor de estos lectores de la Biblia, en África y en otros países del mundo en desarrollo, son pentecostales. Los votantes pentecostales constituyen cada vez más una fuerza con la que hay que contar. Los políticos son fundamentalmente realistas y toman nota cada vez más de una minoría pujante que en muchos países puede llegar al 10% o más de la población. Si los políticos europeos no se preocupan de igual modo es porque no existe ninguna alternativa pentecostal violenta que genere noticias. Los economistas son también realistas y es normal que se interesen por personas que se niegan a ser víctimas, que se organizan para ayudarse unos a otros y para fomentar aspiraciones. Pueden verse como un batallón de irregulares en la lucha contra la pobreza. Los pentecostales de todo el planeta creen que han recibido el poder del Espíritu Santo para superar el espíritu de pobreza. Con trabajo duro y disciplina personal, especialmente en la familia, ser ricos para con Dios se traduce en mejoras en todos los sentidos. David Maxwell, uno de los estudiosos más admirables del pentecostalismo, afirma en su African Gifts of the Spirit (2006) que sólo unos pocos triunfan pero la mayoría alcanzan una modesta seguridad.
El pentecostalismo es, por supuesto, controvertido, en parte porque su avance en África ha sido a costa del cristianismo tradicional y de las iglesias cristianas independientes africanas. En Latinoamérica es controvertido en parte porque compite con éxito con las comunidades de base, los cultos espiritistas y los protestantes históricos. Los pentecostales preocupan en todo el mundo a los nacionalistas culturales, porque son transnacionales y atraen a aquellas personas que quieren ser modernas en vez de preocuparse por ser auténticas y tradicionales. No atraen ciertamente a los guardianes culturales de Rusia o Ucrania. De algún modo no cabe esperar una megaiglesia fundada por un nigeriano en Kiev, o encontrarse con cristianos renacidos en Tashkent. Al escribir sobre Latinoamérica, David Lehmann, en su Struggle for the Spirit (1996), afirma que sobresalen como personas indiferentes al respaldo y la aprobación de los eruditos.
También es controvertido el reciente cambio desde las formas anteriores, más humildes y a menudo apolíticas de pentecostalismo, que hacen hincapié en la santidad, hacia formas más enérgicas, más dogmáticas y más activas políticamente. Como recién llegados a la arena política, los pentecostalistas pueden ser en ocasiones ingenuos, o sucumbir a tentaciones que debilitan sus afirmaciones. Pastores con clientelas en el ámbito religioso pueden tratar de entablar relaciones de modo oportunista con personas poderosas con clientelas en el ámbito político. David Maxwell, en su estudio de las Asambleas de Dios África de Zimbabue, muestra cómo su líder Ezekiel Guti se acercó a Mugabe en un momento dado y se escoró hacia el Movimiento para el Cambio Democrático en otro. Las transformaciones y purificaciones a nivel personal en todo el mundo siempre han generado problemas en el complejo mundo moral de la política. David Maxwell también señala que cuando el pentecostalismo surge sobre un telón de fondo de violencia política, como en Uganda, Mozambique, Zimbabue y Suráfrica, resocializa a los jóvenes con maneras y costumbres pacíficas. Lo mismo se ha dicho de Latinoamérica, donde las mujeres pueden llegar a hartarse de las agresivas actitudes machistas y donde, según John Burdick en Looking for God in Brazil (1993), los hombres que comparten en privado esos sentimientos pueden salir y ser respetados como no violentos una vez que han pasado por la conversión pentecostal.
Los científicos políticos tienen por ello reservas sobre su potencial democrático, aunque podría preguntarse cuánto tiempo hizo falta que transcurriera en Europa para que emergiera una democracia viable. Por otro lado, los antropólogos que trabajan sobre el terreno reconocen que, cuando las personas conceden prioridad a la reforma espiritual y forman una cordada en aras de una disciplina y seguridad mutuas en pendientes morales y económicas resbaladizas, es probable que surjan a renglón seguido amplias aspiraciones de mejora. El pentecostalismo diferencia entre derroche caótico y frágil seguridad. Sólo necesita de hombres que renuncien al caos de las drogas, el alcohol y la promiscuidad, y que abracen las disciplinas del trabajo, la vida hogareña y una comunidad de fe férreamente unida, con perspectivas de mejorar, aunque puede que sea necesaria una generación o más para que los efectos se dejen sentir plenamente.
Puede despacharse lo que sucede en una iglesia pentecostal como otro ruidoso éxtasis de los pobres sin aprehender por completo la relación existente entre éxtasis en la Iglesia y disciplina y confianza en el hogar y en el trabajo. La confianza es, al fin y al cabo, una de las grandes virtudes económicas. La fe es otra gran virtud económica, y la fe en la divina Providencia les proporciona a los pentecostales confianza a raudales. Según Maxwell, creen que han sido salvados del espíritu de pobreza en todos los sentidos de la palabra. En Latinoamérica sus consignas son «Del suelo al cielo» y «Todo es posible».
Yo he visto en Latinoamérica millares de pequeñas iglesias que pueblan los barrios más pobres de las ciudades del continente, a veces vinculadas a un pequeño negocio familiar o gestionadas por trabajadores de la economía informal. También las he visto por todos los centros de las densas barriadas de inmigrantes en el corazón de Johannesburgo. Estas iglesias son nuevas, células protectoras de intensa energía moral, o lo que los sociólogos suelen llamar capital social autocreado, y se encuentran entre los inmigrantes de las megaurbes de cualquier parte, de Nueva York y Boston a Santiago, de Lagos a Shanghai o Seúl. Están en Manila, están en La Habana y, según mi taxista, están en Teherán, aunque cabe imaginar por qué su presencia no está anunciada ni en Cuba ni en Irán.
En un artículo publicado en tres entregas por The New York Times a partir del 14 de enero de 2007, David Gonzalez describía una iglesia diminuta de unas sesenta personas en una zona pobre de Nueva York. Se llama El Arca de la Salvación para el Nuevo Milenio y sus miembros son en su mayor parte inmigrantes dominicanos. Entre ellos hay «traficantes de droga y mujeriegos reformados, empleados de cafeterías que apenas ganan lo suficiente para pagar las facturas, y mujeres cuyos hijos o maridos están en la cárcel». Creen en los milagros, elevan sus brazos hacia el cielo, cantan con entusiasmo con el alegre acompañamiento latinoamericano de un grupo de adolescentes, y se visten sencilla pero respetablemente de un modo que no deja traslucir su atuendo profesional. Su iglesia a pie de calle fue antes un local en que se trapicheaba con droga, y aquí es donde supuran y disfrutan de una feliz intimidad. La única guía de estas personas son las Escrituras y un pastor que de día trabaja en una fábrica. Este tipo de iglesias surgen constantemente y también desaparecen por todo Harlem, y quienes acuden a ellas encuentran una disciplina que hace que la vida sea llevadera, y que probablemente acabará por empujarles suavemente hacia la clase media.
The Christian Science Monitor publicó dos artículos los días 18 y 19 de diciembre de 2007 con los explícitos titulares de «En Colombia mujeres utilizan la nueva fe para lograr la igualdad», «Colombia: las mujeres superan la guerra», o «Brasil: traficantes de drogas renuncian a sus armas por Jesús y convierten a otros». Colombia es un país muy católico, al menos en algunas regiones, pero hay que imaginar cómo las mujeres a merced de un estilo de vida machista encuentran en el pentecostalismo una fuente nueva de fuerza espiritual y de confianza. Esto les permite insistir en roles compartidos y en una autoridad compartida con sus maridos, e incluso en ejercer como pastores. En Colombia, miles de personas se han visto desplazadas del campo a chabolas miserables por la violencia de la izquierda y de sus adversarios de la derecha. Alrededor de la mitad de las familias desplazadas tienen a una mujer al frente. En ambientes de este tipo, el pentecostalismo es un movimiento de mujeres para crear un orden doméstico decente, ya sea en pequeñas iglesias situadas en bajos comerciales o en megaiglesias. La iglesia es el lugar donde se escuchan su dolor y sus protestas, donde acuden juntas a crear redes, incluidas sus propias agencias de servicios sociales para ayudar a sus miembros indigentes y para poner fin a la violencia. Hombres y mujeres por igual se niegan a tenerse por víctimas y prefieren considerarse agentes, capaces en especial de reunir a parejas que de lo contrario se habrían separado, o de encontrar nuevos cónyuges fiables.
En Río de Janeiro el problema no es una guerra civil, sino un desmoronamiento civil, sobre todo guerras organizadas entre traficantes de drogas y asesinos en los nidos de miseria de las favelas. De algún modo, los pentecostales, por ejemplo un grupo llamado «Pescadores de la Noche», se asegura el respeto de los miembros de las bandas, e incluso convierten a algunos de ellos en pastores, valiéndose para ello de una autoridad espiritual directa. Tienen una especie de poder del que carecen, de forma notoria, la policía y el ejército. El tirón de la calle frente a las disciplinas del hogar es muy fuerte, por supuesto, y uno de cada cuatro o uno de cada tres desisten, pero lo cierto es que uno de cada cinco residentes en las ciudades de Brasil es pentecostal, y quizá uno de cada seis en el conjunto del país. Las proporciones no son quizá muy diferentes en Suráfrica.
David Lloyd, un periodista del Financial Times de Londres, escribe sobre un tipo diferente de pentecostalismo en Uganda. Da cuenta del crecimiento de las megaiglesias neopentecostales que tienen el aspecto de grandes empresas. Los pentecostales clásicos buscaban una curación del cuerpo y del alma como un nexo de santidad y holismo, y eran conscientes de los peligros de las riquezas. Los neopentecostales proponen una relación mucho más directa entre el reforzamiento espiritual y la salud y la riqueza. Los justos tienen su recompensa, como se supone que sucede en las partes más optimistas del Antiguo Testamento. En términos del Nuevo Testamento, si Dios pasó a ser pobre por nosotros, lo hizo para que pudiéramos enriquecernos. Esto suscita, naturalmente, el escepticismo de los medios de comunicación, porque algunas de estas iglesias, ya sea en Johannesburgo o en Accra o en Ciudad de Guatemala, son muy grandes, con auditorios que pueden acoger a varios miles de personas, y con una oferta de servicios en consonancia. La controvertida confesión brasileña conocida como La Iglesia Universal del Reino de Dios presume de contar con el auditorio más grande de Suráfrica, y está situada en el vasto municipio africano de Soweto. Al mismo tiempo, es muy posible que los miembros que invierten en estas iniciativas no hayan sido engañados ni sean estúpidos, y sepan perfectamente bien qué es lo que van a recibir a cambio.
Estas megaiglesias alejan a la gente de las instituciones tradicionales más serias (y, de cuando en cuando, más críticas socialmente), y empujan a estas iglesias hacia un estilo más marcado de cristianos renacidos con objeto de poder competir. Del mismo modo, la Iglesia católica en Brasil intenta cobrar ventaja sobre el atractivo pentecostal gracias a los esfuerzos de sacerdotes carismáticos que se valen de todos los recursos de los modernos medios de comunicación. Resulta interesante que David Lloyd cite al subdirector del más importante periódico progubernamental de Uganda, que sigue asistiendo a los servicios anglicanos, pero que ve a los cristianos renacidos, con sus cánticos y sus bailes, como más africanos y espiritualmente vitales. Éstas son precisamente las iglesias que pueden ser consideradas, por ejemplo por el respetado estudioso Paul Gifford, como influidas por Estados Unidos, y por David Maxwell como un reflejo del espíritu del neoliberalismo. Al mismo tiempo, un mercado de dioses que sirve de base para poder entregar bienes a los buenos es algo enteramente tradicional, tanto en África como en Latinoamérica, o también en los países del área del Pacífico.
En estas iglesias ugandesas, al igual que en Latinoamérica, la conversión suele empezar con un psicodrama, en el que las fuerzas espirituales de la vida y la muerte luchan por hacerse con el alma enferma por el pecado. La persona aquejada jura elegir la vida y la salvación a cambio de verse liberada. Dios pone a prueba al individuo, y el individuo pone luego a prueba a Dios, en una decisión existencial impulsada por la fe que le reportará el bien y los bienes en un solo paquete. Esta versión de la relación entre la fe y sus consecuencias reviste atractivo no sólo entre los pobres de Uganda, sino que es también influyente entre las clases educadas y adineradas. No constituye ninguna sorpresa, por tanto, que los políticos de África oriental, igual que sucede en Latinoamérica, empiecen a hacer acto de presencia en sus reuniones y a aprender su lenguaje.
De nuevo, al igual que en Latinoamérica, los pastores a cualquier nivel, desde la iglesia situada en un local comercial a pie de calle hasta la empresa basada en la fe, constituyen un estrato de promotores religiosos educados por la experiencia y no por el seminario, y eso significa que operan en una economía que carece de regulación religiosa. Predican con la manera de hablar del pueblo, y predican moralidad, decencia, respeto a las mujeres, educación para niños y niñas, la no violencia, y tienen una extraordinaria autoridad a ojos de sus seguidores. De hecho, si no la tuvieran, sus servicios acabarían sumidos en el caos y su mensaje perdería toda su eficacia. Las balsas en mares encrespados sobreviven sólo con una férrea disciplina. Pero hay un precio que pagar en términos de oportunidades para la explotación y los estilos de vida fastuosos entre los promotores religiosos de más éxito. Los principales pastores pasan a ser arzobispos y, en consonancia, necesitan un Mercedes. Y es más fácil demostrar que has abandonado el espíritu de pobreza cuando el principio de invertir en Dios para que te den a cambio esa suma multiplicada por cien cuenta con la intervención del presidente de tu empresa.
La realidad social es compleja y ambigua. Ya se ha afirmado más arriba que el pentecostalismo es tanto ruptura como continuidad. David Maxwell ha defendido la continuidad entre la purificación del pasado ofrecida por el pentecostalismo y los cultos de erradicación de la brujería. En un estudio etnográfico clásico, Translating the Devil (1999), realizado en Ghana, Birgit Meyer ha defendido que el Cristianismo del Espíritu Santo está absolutamente familiarizado y es continuación del pasado, porque se toma en serio mundos animistas aun cuando se valga de ellos para incorporarlos y demonizarlos. En su trabajo sobre el virtuosístico despliegue de todos los modernos medios de comunicación, Meyer muestra cómo las serpientes demoníacas y las escaleras para la salvación, así como la lucha de las fuerzas espirituales en los culebrones pentecostales, recurren profusamente a la imaginación africana.
Birgit Meyer también nos previene contra el intento de tratar el nuevo tipo de pentecostalismo como algo estrictamente diferente de un congregacionismo anterior. Esto sale a la luz en el estudio realizado por Asonzeh Ukah sobre la Iglesia Cristiana Redimida de Dios, que ha conocido un éxito extraordinario en Nigeria. Tenía sus raíces en la Aladura, una Iglesia Independiente Africana, pero posteriormente su nuevo líder, un profesor de matemáticas de universidad, la convirtió en un evangelio de salud y riqueza para los emprendedores. Eso no quiere decir que todas o la mayor parte de las Iglesias Independientes Africanas hayan perdido por completo su atractivo. En ocasiones el cambio se produce en la dirección contraria. Los Apostólicos del Viernes de Zimbabue, estudiados por Matthew Engelke en A Problem of Presence (2006), ponen el énfasis en la primacía del Espíritu a costa de la letra de la Biblia, y eso permite la vuelta del profetismo. En su estudio de cómo los pentecostales han desplazado tanto a los cultos afrobrasileños como a las comunidades de base en el noreste de Brasil, Miriam Cristina M. Rabelo afirma que andar jugando con el Espíritu Santo tiene ecos de juramentos tradicionales a la Virgen María. Jane Soothill, en Gender, Social Change and Spiritual Power (2007), muestra cómo los hombres y mujeres pastores de las megaiglesias de Accra se asemejan a los Grandes Hombres y las Grandes Mujeres de la así llamada sociedad tradicional y, sin embargo, en las bases está produciéndose una auténtica revisión de los papeles del hombre y la mujer en el marco de una familia nuclear reformada y moderna.
Jane Soothill es muy consciente, por supuesto, de la controversia que rodea lo que Bernice Martin ha calificado como la paradoja pentecostal del género. El mismo tema se retoma en el estudio sobre dos iglesias pentecostales de Kristina Helgesson, Walking in the Spirit (2007), una de color e india, y otra mayoritariamente blanca, en diferentes partes de Durban. En ambas hay liderazgo masculino en la familia, pero se pone un énfasis cada vez mayor en el liderazgo como servicio y responsabilidad, en ambas hay pastores hombres pero oportunidades para el liderazgo de las mujeres, y no sólo en las instituciones paralelas exclusivamente femeninas. Helgesson también saca a colación interesantes diferencias entre estas dos iglesias en relación con el grado de apoyo a los judíos y a Israel. En general, los pentecostales se encuadran dentro de las tradiciones filosemíticas (y anticatólicas) del protestantismo angloamericano.
David Maxwell, en African Gifts of the Spirit, reafirma el tema de la paradoja. Así, mientras que las Asambleas de Dios África de Zimbabue son una organización que se asemeja a un híbrido de la estructura de la empresa y la institución del Gran Hombre, también puede dar cabida a un pequeño espacio de participación, ofreciendo esperanza y seguridad en medio de la nociva sociedad que le rodea. También puede combinar la autoridad carismática con la burocracia y hacer uso de sus contactos y fuentes económicas estadounidenses no sólo para reforzar el poder de la influencia ejercida por los dirigentes, sino para reforzar la autonomía de la iglesia, y propagar temas de orgullo negro. Las Asambleas de Dios África de Zimbabue surgieron en la misma zona de Harare que vio nacer el nacionalismo zimbabuense, pero contamos sólo con pruebas muy modestas de una transición de la religión a la política, o de lo que los europeos ven como la línea divisoria entre religión privada y política pública. Quizá Peter Berger tiene razón: dentro del panorama mundial, Europa es la excepción.
En el pasado, los antropólogos solían lamentarse de la ruptura de la red de relaciones parentales locales y preferían estudiar bien la sociedad tradicional, bien el congregacionismo africano. Ahora se muestran interesados cada vez más en cómo la combinación pentecostal o carismática de continuidad y ruptura permite a los hombres y mujeres, especialmente a aquellos que se dirigen a las nuevas aglomeraciones urbanas, negociar la transición. Actualmente, la expansión de algún tipo de variante de cristianismo carismático pentecostal o evangélico en el mundo en desarrollo es virtualmente inevitable, ya hablemos de Nigeria, Brasil, Guatemala, Nueva Guinea, Corea o China. Antes de que el antropólogo Joel Robbins viajara a Nueva Guinea le dijeron que evitara el cristianismo. Aquello resultaba difícil y el resultado es que escribió un importante trabajo etnográfico, Becoming Sinners (2004). Incluso el gobierno chino, siempre alerta y en busca de revoluciones culturales autónomas, reconoce implícitamente que ciudadanos formales y disciplinados, que se enfrentan a la ruptura de extensas relaciones parentales reuniéndose en familias nucleares y en las fraternidades ficticias de las comunidades de fe, tienen un papel positivo que desempeñar.
La investigación más reciente, que confirma los resultados que acaban de resumirse, ha sido llevada a cabo desde un punto de vista puramente laico y comercial por un think-tank surafricano, el Centre for Enterprise and Development de Johannesburgo. Suráfrica fue uno de los primeros países que recibió una inyección de genes pentecostales, no sólo con iglesias específicamente pentecostales, como la Misión de la Fe Apostólica, sino con iglesias iniciadas africanas como, por ejemplo, los dos o tres millones de sionistas. La Suráfrica posterior al apartheid ilustra la capacidad del espíritu pentecostal para traspasar barreras de tipo cultural, aunque las cosas no han sido siempre así.
Suráfrica es cristiana en un 80% y, dentro de la comunidad cristiana, alrededor de doce millones (uno de cada cuatro de la población total) se sitúan al margen de la corriente tradicional, así como por debajo de los medios de comunicación y el radar intelectual. Están creciendo muy deprisa. En relación con las megaiglesias, la iglesia situada en las afueras de Rhema cuenta con un edificio enorme y con una congregación de unas ocho mil personas, en la actualidad negras en un 80%, mientras que anteriormente era blanca en un 80%, y con numerosos satélites con «razas» mixtas. Las personas que acuden a los sucesivos servicios un domingo por la mañana, que son muy parecidos a los conciertos de rock, lo hacen en todo tipo de vehículos, desde Mercedes hasta autobuses contratados ad hoc. Entre el resto de «servicios» ofertados se encuentra una escuela de gestión de empresas.
Los pentecostales ponen el énfasis en la familia y en las obligaciones con los compañeros creyentes, y en inculcar las virtudes comerciales. Son optimistas, y es justo que así sea, según las investigaciones, porque medran y progresan con más rapidez que la mayoría. Políticamente, se hallan repartidos por todo el espectro, aunque les preocupa el énfasis en los derechos a costa de las obligaciones, así como la cultura afectada por el sida, la alta mortalidad infantil, la pornografía y la desintegración de la familia. Los investigadores distinguen entre un tipo anterior de pentecostal negro, que busca mejorar, educación, adquirir nuevos recursos técnicos, y que cree que Dios ayuda a quienes se ayudan a sí mismos, y un tipo más reciente, con menos aspiraciones, porque tiene ya una posición relativamente desahogada, y al que le preocupan el crimen y las prestaciones sanitarias. Los pentecostales de cualquier tipo buscan la respetabilidad y evitan las deudas y los despilfarros. El panorama descrito, por ejemplo, por David Martin en Tongues of Fire (1990) y Pentecostalism: The World Their Parish (2002) vuelve a confirmarse.
Como conclusión podría plantearse la pregunta de si el avance del pentecostalismo ha sido a costa de otros cristianos, como los católicos en Latinoamérica y los protestantes tradicionales en África. Esto es sólo cierto en parte, porque puede producirse al mismo tiempo un resurgimiento católico, como ha sucedido en Guatemala y Corea, y también porque otros cristianos emulan los argumentos de venta más populares de los pentecostales, como hacen los católicos en Brasil y México y los luteranos en África oriental. En Corea, donde los cristianos ascienden al 25% de la población, se ha producido un resurgimiento budista paralelo, lo cual puede afirmarse también de Singapur. En China, aunque los protestantes son ahora más numerosos que los católicos, una comunidad cristiana global de –digamos– ochenta millones, entre ellos muchos pentecostales de iglesia doméstica, tiene su origen únicamente en las conversiones. Estamos hablando de una expansión multicéntrica del cristianismo que está revistiendo unas dimensiones sin precedentes, y que sugiere que Europa occidental es la excepción y no la regla.

Traducción de Luis Gago

Escrito especialmente para Revista de Libros

 


BIBLIOGRAFÍA

•  Allan Anderson: Spreading Fires. The Missionary Nature of Early Pentecostalims, SCM Press, Norwich. 
El pentecostalismo. El cristianismo carismático mundial, traducción de Ana Juliá, Madrid, Akal.
•  Philip Jenkins: The Next Christendom, Nueva York, Oxford University Press. 
The New Faces of Christianity. Believing the Bible in the Global South, Nueva York, Oxford University Press.
•  David Maxwell: African Gifts of the Spirit. Pentecostalim and the Rise of a Zimbabwean Transnational Religious Movement, Oxford, James Currey.
•  David Lehmann: Struggle for the Spirit. Religious Transformation and Popular Culture in Brazil and Latin America, Cambridge, Polity Press.
•  John Burdick: Looking for God in Brazil. The Progressive Catholic Church in Urban Brazil’s Religious Arena, Berkeley y Los Ángeles, University of California Press.
•  Paul Gifford: Ghana’s New Christianity. Pentecostalism in a Globalising African Economy, Londres, Hurst.
•  Birgit Meyer: Translating the Devil. Religion and Modernity Among the Ewe in Ghana, Edimburgo, Edinburgh University Press.
•  Asonzeh Ukah: A New Paradigm of Pentecostal Power: a Study of the Redeemed Christian Church of God in Nigeria, Trenton, African Research & Publications.
•  Matthew Engelke: A Problem of Presence. Beyond Scripture in African church, Berkeley y Los Ángeles, University of California Press.
•  Miriam Cristina M. Rabelo: «Afro-Brazilian religion, progressive Catholicism, and Pentecostalism in north east Brazil», en Toyin Falola (ed.), Christianity and Social Change in Africa, Durham, Carolina Academic Press.
•  Jane Soothill: Gender, Social Change and Spiritual Power. Charismatic Christianity in Ghana, Leiden, Brill.
•  Kristina Helgesson: Walking in the Spirit. The Complexity of Belonging in two Pentecostal Churches in Durban, South Africa, Uppsala, Universidad de Uppsala.
•  Joel Robbins: Becoming Sinners. Christianity and Moral Torment in Papua New Guinea Society, Berkeley y Los Ángeles, University of California Press.
•  David Martin: Tongues of Fire. Explosion of Protestantism in Latin America, Oxford, Blackwell. 
Pentecostalims: The World Their Parish, Oxford, Blackwell.
•  Paul Alexander: Signs and Wonders. Why Pentecostalim is the World’s Fastest Growing Faith, Oxford, Blackwell (publicación prevista en abril de 2009).

01/02/2009

 
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