ARTÍCULO

El atlas perdido de Texeira (1634)

 

Para otorgar a Pedro Texeira un lugar destacadísimo en la historia de la cartografía española bastaba, hasta ahora, su famosa Topographia o plano en perspectiva de la villa de Madrid, de 1656. Poco más se conocía de él hasta tiempos recientes, aunque reiteradamente se citaba el texto de una Descripción de las costas y puertos de España , que acompañaba a un atlas dado por perdido; ausencia que venía a mermar la ya de por sí escasa producción cartográfica de la España del siglo XVII . Pues bien, como resultado azaroso de una investigación con otros fines, los historiadores del arte Fernando Marías y Felipe Pereda han localizado en Viena el códice del atlas de Texeira. Un hallazgo que, por sí solo, cambia el panorama de la cartografía española del siglo XVII , del mismo modo que los estudios que acompañan a su edición transforman su historia.

Se deben esos estudios a los propios Marías y Pereda, al también historiador Richard Kagan, y a los geógrafos Agustín Hernando y Daniel Marías. En ellos, a la luz de novedades documentales, se traza la personalidad del portugués Texeira, ingeniero militar y cartógrafo, y se describen, analizan y contextualizan los trabajos que, como tal, llevó a cabo para la Corona de los Austrias españoles desde 1615 hasta su muerte en 1662. En algún caso, como ocurre con el capítulo «Imágenes de ciudades españolas», de Fernando Marías, hay que destacar, además, lo que se aporta acerca de la cartografía de la época en general.

El valor e interés de esos estudios no impiden que sea la edición facsimilar del atlas de Texeira, al que acompañan, lo más destacable del libro que comentamos. Un mapa general de la Península y Baleares, doce mapas de las regiones y reinos del perímetro peninsular, y un espléndido mapamundi, se añaden a las ochenta y ocho vistas particulares de puertos y ciudades del litoral; en total, ciento dos vistas y mapas. Un número llamativo por su entidad, aunque más llamativos, en realidad deslumbrantes, resulten la plasticidad, colorido y precisión de esas imágenes.

De los mapas en sentido estricto hay que destacar, por su interés, el de Portugal y territorios limítrofes, y el del reino de Valencia, los cuales representaron en su tiempo aportaciones de primer orden a la cartografía regional europea; en menor medida, los de Andalucía, Cataluña y la frontera con Francia.

En cuanto a las vistas, son siempre pseudoperspectivas aéreas, atentas a transmitir, con la mayor fidelidad posible, los rasgos del litoral representado, imprescindibles para el entendimiento de sus condiciones físicas (presencia de calas, ensenadas y surgideros, de bajíos y arrecifes, de rías, juncales, esteros, marismas, playas, arenales, acantilados, etc.), la mayor parte de ellos señalados mediante signos convencionales de carácter realista que permiten su lectura directa. Se trata de precisiones no inocentes pues, al fin y al cabo, las costas eran las fronteras marítimas de la Corona, expuestas a no menores riesgos que las terrestres; de ahí la necesidad de su conocimiento preciso que, en el caso de la mayor parte de la costa portuguesa, llega hasta incluir indicaciones batimétricas de sus puertos y barras.

Una representación de la línea de costa sorprendente por su exactitud (dentro de lo que permitían la intención del trabajo, el método y la escala), y de excepcional interés por lo que nos dice acerca de ciertos hechos o rasgos de la morfología litoral modificados desde entonces; valga como ejemplo la representación del delta del Ebro, o la de no pocas albuferas hoy inexistentes.

Aunque más escasas, no tienen menos interés las representaciones de hechos humanos, desde astilleros de ribera y atarazanas hasta puentes, molinos fluviales, de marea o de viento, atalayas, muelles y dársenas, fortificaciones y, con carácter simbólico, incluso la indicación del «árbol de Guernica» en la panorámica de la costa vizcaína.

Pero lo más llamativo del atlas de Texeira es su belleza. Todas la imágenes son espléndidas, pero algunas lo son aún más; es el caso, por ejemplo, de la vista de Pontedeume y Betanzos, de las de Marbella y Tánger, o de la perspectiva del estrecho de Gibraltar, que abarca desde Conil a la desembocadura del Guadiaro y desde el cabo Espartel a Ceuta.

Un atlas excepcional que se halla entre los más bellos de su tiempo, que es tanto como decir de todos los tiempos, cuya modélica edición y ejemplar estudio transforman la imagen de la cartografía española del siglo XVII e iluminan la figura de su más brillante protagonista.

01/03/2003

 
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