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ARTÍCULO

El asunto de Benavente

Fundación José María de Castro, Madrid
916 pp. 50 €
 

Me gusta tanto el teatro que casi nunca voy a verlo, pero siempre quedará, afortunadamente, la posibilidad de leerlo e imaginarlo sobre un escenario interior, y leyendo ahora algunas piezas de Jacinto Benavente (las dieciocho, escritas entre 1892 y 1903, que constituyen la primera entrega de una selección de sus Comedias y dramas) he disfrutado y aprendido mucho más de lo que mis prejuicios temían. «El autor dramático ha de interesar y conmover, o, por lo menos, entretener al público; de esto no puede prescindir con ningún pretexto», dice un personaje de Modernismo, y lo cierto es que su creador lo consigue con frecuencia. Aunque entretiene mucho más de lo que interesa, también hace hablar a sus criaturas sobre aspectos que atraerán la atención de los intrigados por aquel cambio de siglo español (aunque aquéllos sean más sociales o estéticos que propiamente políticos, religiosos o económicos, y ni siquiera haya alusiones a los decisivos acontecimientos de 1898).
En este volumen hay algunas piezas de una trascendencia, digamos, limitada (la brevísima Teatro feminista, por ejemplo, a pesar de lo que el título parecía prometer), a veces en forma de comedias de enredo sentimental y malentendidos domésticos en las que sólo indirectamente late una reflexión social que casi nunca alcanza a ser protesta. Pero también hay obras más ambiciosas y notables, como La noche del sábado (seguramente la mejor de este libro, en el que no se incluye Los intereses creados), y otras que se leen con gusto por el color de aquel tiempo (en el que, según defienden los editores, Luis Tomás González del Valle y José Manuel Pereiro Otero, «la realidad social española no evidenciaba todavía abiertamente ni los graves conflictos ni los crudos antagonismos que surgieron posteriormente»), y todas ellas lo convierten en «el gran renovador del teatro español de finales del siglo XIX y comienzos del XX». Personajes en general ingenuos y adinerados, casi siempre bienintencionados y laístas, que tratan de formar una situación o un conflicto privado más o menos «realista» (lo cual, tratándose de teatro, casi nunca implica verosimilitud). Habrá que esperar a los siguientes dos volúmenes para leer La ciudad alegre y confiada, Santa Rusia y Aves y pájaros, a las que los editores dedican buena parte del prólogo, tomándolas como prueba de que el teatro de Benavente llegó a ser penetrante y controvertido y a expresar una visión del mundo muy particular.
El hecho de que tendiera a ser tan precavido y ponderado con lo que escribía consiguió que resultase demasiado atrevido para los más reaccionarios y demasiado formal para los más rupturistas, pero fue celebrado por la mayoría que no habitaba esos extremos (que lo llevó hasta el Premio Nobel de 1922), y en especial por la burguesía acomodada a la que pertenecía. Los responsables de la edición dedican también muchas páginas a intentar derribar la fama de Benavente como escritor cobarde y adulador de ese público privilegiado, y lo hacen con buenas razones, pero también se muestran posiblemente demasiado comprensivos con la cautela benaventiana al defender, por ejemplo, que «ni los conservadores ni los liberales del momento pudieron o quisieron entender su mensaje independiente, no alineado con las creencias de ninguno de estos grupos». Fue «independiente», pero lo de «no alineado» merecería matizarse, sobre todo porque son los propios editores los que nos recuerdan que Benavente se definió como conservador, se declaró germanófilo en la guerra de 1914 y llegó a ejercer de diputado maurista en 1918, y aunque es cierto que en la Guerra Civil defendió sinceramente en Valencia al gobierno constitucional, en Aves y pájaros (estrenada en 1940) volvería, al decir de muchos, a una ambigüedad casi culpable. Lo que importa, fuesen cuales fuesen sus convicciones a lo largo del tiempo, es que fue siempre un hombre moderado y un autor prudente y que, como tal, sabía medir muy bien la carga de crítica social o reflexiones corrosivas que el público sabría aceptar complacientemente (pues «evitaba en la mayor parte de sus obras los conflictos más polémicos para no incurrir ni en riesgos ni en afrentas»). Los editores insisten también en que no es justo exigir anacrónicamente a Benavente lo que no se pide a autores más prestigiosos en la actualidad como Valle-Inclán (a quien don Jacinto dio un pequeño papel en el estreno de La comida de las fieras y para cuyas Obras completas, publicadas por Rivadeneyra en 1944, escribió un prólogo) o García Lorca, quienes tampoco habrían llegado hasta el fondo en sus reproches a la burguesía, pero parecen olvidar que alguien como Galdós sí consiguió con Electra epatar a los católicos más ortodoxos en 1901, cuando Benavente llevaba ya varios años de teatro incisivo ma non troppo, de malevolencias calculadas y siempre amables (ese mismo año estrenó, entre otras, Lo cursi o La gobernadora, que hoy leemos aquí con cierta indiferencia, aunque no carezcan de audacias). González y Pereiro escriben, con razón, que nadie está obligado a ser un provocador (sobre todo si se vive del aplauso de aquellos a quienes tocaría juzgar: «pretendía despertar, hasta cierto punto, la conciencia de su público sin enemistarse con él»), pero también es cierto que sí hubo quien lo hizo y lo hizo muy bien, de lo cual no pretendo concluir que sea necesariamente mejor lo crítico que lo previsible. Cuando Sartre explicó a su caducado modo ¿Qué es la literatura? me faltaban más de treinta años para nacer, de modo que, pensándolo bien, lo que más importa de todo esto es lo obtenido tras la lectura, los buenos ratos que me ha proporcionado. Lo dice el mismo personaje de Modernismo: «El asunto es escribir bien».

01/03/2009

 
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