ARTÍCULO

Divulgación fallida

Gedisa, Barcelona
Trad. de Silvia Jawerbaum y Julieta Barba
206 pp. 19,90 €
 

Apenas sería una provocación sugerir que la literatura es independiente de los materiales con que se construye: de pobres recuerdos han salido obras maestras, mientras que historias extraordinarias naufragaban en manos de un mal escritor. El artista y el matemático pertenece a esta segunda categoría. En 1928, Roman Jakobson acuñaba el término «lingüística estructural»; siete años después, nacía el grupo Bourbaki; en 1943, André Weil y Claude Lévi-Strauss colaboraban en el apéndice algebraico a Las estructuras elementales del parentesco; y cuando Bourbaki y el estructuralismo alcanzaban su esplendor, el taller de literatura potencial Oulipo se proponía la «búsqueda de formas y de estructuras nuevas [...] que podrán ser utilizadas por los escritores como mejor les parezca»Georges Charbonnier, Entretiens avec Raymond Queneau, París, Gallimard, 1962, p. 140.. En contra de la opinión extendida de que Bourbaki fue un fenómeno del todo aislado de la cultura de su época, Amir Aczel quiere mostrar los puntos de contacto entre el estructuralismo, la literatura potencial y las matemáticas. A este estudio se había dedicado ya el artículo de David Aubin «The Withering Immortality of Nicolas Bourbaki: A Cultural Connector at the Confluence of Mathematics»Science in Context, vol. 10, núm. 1 (junio de 1997), pp. 297-342., del que proceden gran parte de las ideas del libro, sin que el autor reconozca su deuda más allá de la atribución de una docena de citas.
Las buenas dotes como divulgador que Aczel muestra aquí y allá podrían haber convertido El artista y el matemático en una versión para el gran público del trabajo de Aubin. A la bibliografía que allí se analizaba el autor añade una extensa presentación de los personajes y un comentario de las memorias de André Weil y de Alexandre Grothendieck, pero su propósito no es «dejar hablar a los textos», sino manipularlos cuanto sea preciso para que se ajusten a la trama de envidias académicas con que pretende seducir a los lectores. Según la distorsionada visión que en el libro se presenta, Weil habría sido un matemático muy culto, aunque ¡poco creativo!, que comenzó a odiar a Grothendieck al darse cuenta de que era mucho más brillante que él, pues sus ideas no venían de la tradición, como las de los demás matemáticos, sino de una terra incognita que sólo él era capaz de descubrir. Poca credibilidad merece Aczel si él mismo se contradice cien páginas después, cuando explica que el objetivo último de la empresa grothendieckiana no era otro que demostrar las conjeturas de Weil.
Por lo que respecta a Bourbaki, el proyecto habría sido tan importante para Grothendieck que tuvo que abandonarlo, porque sus miembros no se lo tomaban lo bastante en serio. Para Aczel, el ejemplo paradigmático de esta dicotomía vuelve a ser Weil, pues «en la última página de sus memorias, resume los logros de su vida [...] pero en ninguna línea de esa síntesis menciona la fundación de Bourbaki [...]; de su autobiografía se desprende claramente que lo que a Weil le seducía del proyecto eran las infantiles bromas» (p. 177). Quizás el lector pueda pasar por alto que las «infantiles bromas» que Aczel denuncia en Weil sean las mismas con las que él calla la identidad de Nicolas Bourbaki durante los cuatro primeros capítulos. Más difícil resulta no advertir la diferencia entre las ediciones conocidas de Memorias de aprendizaje y la que ha manejado el autor, porque la página a que se refiere no es en ningún modo el examen de una vida, sino sólo una descripción rápida de las ocupaciones de Weil a partir de 1947, cuando ya ha ocurrido todo lo que le interesaba contar: «Desde la vuelta a Brasil, he llevado la vida apacible de un matemático, iluminada de vez en cuando por la alegría del descubrimiento matemático, pero también por el placer de los viajes (casi siempre en compañía de Eveline) y por la contemplación aquí y allá de obras maestras»André Weil, Souvenirs d’apprentissage, Basilea, Birkhäuser, 1991, p. 201.. De la presencia discreta de las matemáticas en ese párrafo también podría haber deducido Aczel que a Weil nunca le interesaron de verdad, y esta discordancia no habría sorprendido a quienes, conociendo la advertencia del prólogo de las citadas memorias («De mi hermana tampoco se hará nunca mención»), hayan leído en la página 113 que «En sus memorias, André escribe a menudo sobre las ideas y opiniones de su hermana y traza un paralelismo entre la visión de ambos».
Otro de los aspectos en que insiste Aczel al menos siete veces es que el declive de Bourbaki fue una consecuencia de la decisión de no cimentar las matemáticas en la teoría de categorías, sino en la simple teoría de conjuntos, «con sus paradojas inherentes» (p. 163), que suponen una «multitud de vacíos teóricos» (p. 167). Algunos autores comparten esta idea, pero no desde luego por las razones que indica Aczel, que ignora, por un lado, que las grandes paradojas de la teoría de conjuntos se habían resuelto ya en las primeras décadas del siglo XX y, por otro, que todas las contradicciones que puedan existir en la teoría de conjuntos se reproducen al trabajar con las categorías, aún a la espera de unos fundamentos sólidos.
El artista y el matemático podría haber sido una pieza muy sugerente de divulgación, pero las continuas imprecisiones –cuando no la mala voluntad– ocultan sus aciertos, y de nada sirve la pésima traducción de Silvia Jawerbaum y Julieta Barba, que se diría que han aplicado al original alguno de los métodos de escritura automática del Oulipo. No puede exigirse a un traductor que domine la variada terminología matemática que aquí se emplea, pero sí que se haga asesorar por un experto, que no confunda al interlocutor de las citas (p. 79), que no transforme el «álgebra conmutativa» en «permutaciones» (p. 103) o que no invente un «potencial de las palabras» donde el texto dice «la palabra potencial» (p. 149), por señalar sólo algunos ejemplos entre la treintena de errores que he recogido sin necesidad de hacer un cotejo minucioso.

01/03/2011

 
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