ARTÍCULO

Las quemaduras de la memoria

Alba Editorial, Barcelona, 1998
239 págs.
 

Cada vez es mayor el número de novelas que buscan caminos nuevos respecto a la tradición realista, novelas donde la tensión textual, artística o psicológica, suele ser superior a la argumental, y la ambientación se sale de los marcos familiares para el lector. Entre esas novelas se encuentra La mano que formula el deseo de José Luis de Juan, crítico y escritor de formación cosmopolita y autor de la novela breve El apicultor de Bonaparte (1996) con la que obtuvo el premio Juan March. La calidad de «camafeo esmaltado» que encontró Jesús Pardo en El apicultor de Bonaparte se mantiene aquí, pero ahora integrada en un verdadero torbellino, en una agitación que no abandona al lector. En este contraste entre una escritura que aspira a la perfección y los interrogantes que corroen la serenidad del relato reside posiblemente la mejor aportación de esta novela.

Novela que carece casi de línea argumental, si por argumento entendemos una sucesión de acciones que mantienen la atención del lector. Lo que interesa aquí es revelar el lado oculto de la realidad, ahondar en la relación entre arte y vida o, si vamos más lejos, entre naturaleza, arte, vida y amor; relación condicionada por el marco en el que se desarrolla lo que podríamos llamar la acción indagadora y la acción sentimental. Se establece así una red de relaciones que simultáneamente oscurecen el texto y lo iluminan, de la misma manera que todo proceso artístico está hecho de negaciones y revelaciones, de construcción y de destrucción, como ocurre también con el amor. Y del mismo modo que los lugares representan no sólo un descubrimiento, sino también una nueva relación con el pasado, es decir, con el tejido de lugares anteriores.

La importancia de los lugares aparece subrayada a lo largo de todo el libro, como espacios de encuentros emocionales que inciden en la evolución artística del narrador: «Como una señal, el relato entusiasmado de Frank de su viaje a Nueva Inglaterra y a Concord habían renovado mi confianza y optimismo en los lugares. Era una bocanada de aire puro, la intuición de estar ante un lugar mítico». E, instalado en este lugar mítico, presente de la narración, de este texto que el narrador escribe y a cuyo desarrollo asistimos nosotros, regresa a cada uno de los espacios anteriores. Reconstruye así, más que una vida, el significado de una vida y de su relación con otras vidas.

Que se remonta sin más detalles que los esenciales, y aun muchos de ellos escamoteados, a su infancia y adolescencia. «Evocando Ciudad Jardín, comprendo la importancia de los lugares [...] Ciudad Jardín me hizo lo que soy.» Allí, «donde todo era oscuro y brutal pero nadie lo sabía», en los campos sembrados de cebada, tuvo su primera experiencia sexual con Francisca. Si Ciudad Jardín es un espacio misterioso, del que apenas si tenemos detalles, Bruselas, con «sus calles amortajadas», aparece como el espacio conflictivo por excelencia. La ciudad está descrita o, mejor dicho, expresada, con especial eficacia y en términos con frecuencia negativos y al mismo tiempo intensamente poéticos. Allí conoce a la irlandesa Fiona y, a través de Fiona, a Muriel, judía norteamericana nacida en Suecia, que vivió en París, Londres, Madrid y la isla de Cabrera y, en el presente narrativo, en Nueva York. En Bruselas conoce asimismo a Frank, un crítico entusiasmado con sus piezas de algas y fibra de vidrio. A través de Frank conocerá la obra de Rudolf Schwob y, sobre todo, la de su abuelo Franz Schwob, pintor de un tema reiterativo, el Viejo Puente del Norte sobre el río Concord, con la peculiaridad de que el material utilizado es sangre, que muy bien podría ser sangre humana.

A los misterios del corazón humano se unen, pues, muy estrechamente, los de naturaleza artística. Pues es la pasión amorosa de Frank por Emma lo que le llevará al crimen. Pero en el puente no está sólo la clave de un misterio: el disparo de Frank nos remite a un disparo más lejano: el que marca la primera sublevación contra el poder colonial absoluto, «Concord vio el alba de todas las revoluciones llamadas burguesas», y cuyo testimonio podemos leer en el verso de Emerson: «The shot heard around the world», el disparo que se oyó alrededor del mundo, «una imagen que no se olvida» y que marca el nacimiento de esta América admirada por el narrador. Por eso se dirige a Concord, «el país de las posibilidades ilimitadas».

Las sanguinas de Franz Schwob ofrecen «esa imagen sencilla y prodigiosa de América, el puente sobre el río Concord». Y si Schwob tenía el puente y la sangre, el narrador tiene Walden: «En mis piezas de corteza está Walden enraizado de manera parecida a como el viejo Schwob, que pintaba con sangre, enraizaba el alma en el puente sobre el río Concord y lo dibujaba miles de veces».

El ansia de perfección y de trascendencia, la complejidad de las relaciones, la escritura concebida como materia, hacen más visibles algunos de los defectos de esta novela, entre otros cierta oscuridad innecesaria, algunas generalizaciones, sobre todo sobre las nacionalidades (entre ellas, las referidas a los judíos), la falta de humor y un efectismo que contrasta con el eficaz tono lapidario de muchas reflexiones. Ninguno de estos defectos llega a afectar seriamente a todo lo que de valioso tiene esta propuesta de José Luis de Juan. El juego de relaciones que establece, los cambios de escenario y de relaciones amorosas que coinciden con la evolución artística del narrador, no tienen nada de arbitrario. A diferencia de tanto escritor cosmopolita que se apoya en la imprecisión, aquí los espacios geográficos tienen verdadera consistencia. Una consistencia que no nace de descripciones anecdóticas sino de su esencia más profunda. Y lo mismo ocurre con los distintos personajes, especialmente los femeninos.

Lo que más sorprende de esta novela, en todo caso, es que la exigencia del narrador forme parte del desarrollo narrativo y que, de las abundantes referencias a la pintura o a la escultura, lo que más interesa no sea la obra artística ya realizada, sino la vida de los materiales utilizados: la cebada, la piedra, la corteza y, sobre todo, las algas y la sangre. Y todo (naturaleza, personajes, hasta la misma historia) tiene una calidad artística que, por lo que encierra de dramático, adquiere la verosimilitud de lo vivido...

01/01/1999

 
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