ARTÍCULO

Sospechas miserables

Galaxia Gutenberg/Círculo de Lectores, Barcelona
360 pp. 18,50 €
 

El ex comisario Sebastian Mol habla con los fantasmas. Están mucho más cercanos a él que las pocas personas de carne y hueso que lo rodean sin hacer mella en su soledad. Hace años que se separó de su mujer. Con su única hija, Leva, no ha hablado en casi un año, sin que esto le resulte extraño en absoluto. De sus ex colegas de la ciudad de Armenta, donde trabajó unos veinte años, sólo mantiene el vínculo con el inspector Aníbal Lodares, quien lo desconcierta aún más con frases lapidarias y certezas que su propia «alma imprecisa» no puede alcanzar.
Mol deambula a la deriva en la ciudad donde ha actuado como un pequeño dios, algunas veces absolviendo a los culpables, condenándolos en otras ocasiones, pero, como dice una de las personas ambiguas a quien ha administrado su particular sentido de justicia, «con el favor que nos hizo nos eximió de la culpa pero no de la penitencia».
Un día, en sus divagaciones, Mol se cruza por casualidad con alguien que al principio piensa que debe de tratarse de otro fantasma, pero resulta ser una persona real. Es el anciano Elicio Sedal, que muere en la miseria a los pocos días, no sin antes despertar en la mente del comisario jubilado el recuerdo de un crimen atroz que había ocurrido catorce años antes: el asesinato de un matrimonio mientras dormía en su cama. En aquel entonces, las sospechas apuntaban a Sedal, padre del marido asesinado. Sin embargo, la coartada del sospechoso había resultado inquebrantable, y la investigación se quedó en la nada.
Ahora, el ex comisario Mol se encuentra de nuevo, y muy a su pesar, siguiendo la pista del asesino. Al igual que un criminal, vuelve al escenario del crimen, y descubre que no es el único que visita el lúgubre lugar donde se cometió el asesinato. Sin querer, siguiendo los hábitos viejos de los cuales ya nunca podrá deshacerse, Mol se adentra otra vez en el mundo borroso del crimen. La figura del nieto de Sedal, Galo Cedal Covado, surge de la niebla. Poco a poco, van juntándose los indicios de su culpabilidad: pero, ¿a qué viene un juicio después de tanto tiempo, y en medio de tanta desidia? En el mundo de entropía que nos presenta Luis Mateo Díez, solamente quedan las palabras finales del asesino: «Tenga también piedad de mí, comisario. Apenas soy uno más entre la culpa de tantos».
Al igual que su protagonista, el escritor leonés Luis Mateo Díez se ha jubilado hace poco. A diferencia del ex comisario Mol, sin embargo, Díez parece estar gozando plenamente de su nueva libertad, con la publicación de una serie de libros de una calidad indiscutible. Con El animal piadoso vuelve a las cercanías de Celama, el territorio ficcional que viene apareciendo desde hace muchos años en sus novelas (y que ocasiona uno de los raros destellos de humor en este mundo más bien sombrío, cuando un médico en el asilo de ancianos comenta: «El Territorio es muy literario, y las Hermanas parecían personajes de un cuento popular»). Celama recuerda más que nada a la Santa María del gran escritor uruguayo Juan Carlos Onetti, donde el ex policía Mol sería una especie de Larsen menos corrupto y brutal, preso, sin embargo, de la misma consternación frente a la desolada condición humana.
Luis Mateo Díez involucra a sus personajes en la búsqueda de valores en un mundo donde no queda más que el lejano recuerdo de lo que podría ser un sistema moral capaz de ofrecer una respuesta fiable sobre los orígenes del bien y el mal. Lo que hay son sólo pequeños fragmentos: los espíritus piadosos como Mol, y los curas como su confesor, el padre Arintero, quien deja una botella de anís en la sacristía para ofrecer un poco de calor al viandante perdido en la niebla. Ni siquiera, sugiere Díez, nos acordamos de las características del mal que habría desbaratado un mundo más luminoso: lo que existe no es más que la sospecha y los sospechosos. Es en este sentido en el que los policías ocupan el centro de nuestro drama cotidiano. «El oficio de la sospecha está lleno de miseria», nos dice Mol, y el peso que debe soportar en nombre de todos nosotros es el de perseguir hasta el agotamiento estas sospechas, aunque no haya ningún esclarecimiento definitivo, y que la revelación del culpable no ofrezca ninguna satisfacción.
Porque al final es el río del tiempo el que todo se lo lleva. En la escena que clausura el libro, el ex comisario y el asesino se encuentran cara a cara en la ribera del río Margo. El culpable intenta en vano lavarse la sangre; el perseguidor busca inútilmente razones para detenerlo. Tanto aquí como en muchas otras ocasiones en esta novela magistral, las frases que construye Mateo Díez reflejan de manera inigualable la mezcla de consternación, angustia e impotencia que son para él las características de la vida humana: «La vida misma esparcida en el suelo como el desperdicio de lo que se nos va entre las manos, sin que el corazón responda ni la cabeza se entere, igual que un viento que nada anuncia ni se lleva o que un rumor que extiende el eco de la ausencia como la única señal del hueco que quedó, del vacío que la preserva».

01/01/2010

 
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