ARTÍCULO

Algunos mecanismos de la pasión

 

La aparición de Luciano G. Egido (1928) a una edad tardía daba que pensar en esa clase de narrador ocasional que debe su acierto al esfuerzo volcado en una solitaria fábula, cifra de ensoñaciones de una vida entera. Mucha más tela tenía, sin embargo, que cortar y lo ha venido haciendo a buen ritmo y en novelas de poderosa imaginación que ostentan también un estilo personal, producto de la sola voluntad de contar una historia como a él le parece. Esta indiferencia respecto de los gustos dominantes tal vez sea el rasgo más notable de la singular y versátil escritura de Egido: su primer título, El cuarzo rojode Salamanca, es una novela histórica, pero a su aire; el segundo, El corazón inmóvil, toma como modelo el fisiologismo neonaturalista y le da la vuelta; el siguiente, La fatiga del sol, sale por un nuevo registro, el alegorismo a lo Faulkner.

La cuarta novela de Egido, El amor, la inocencia y otros excesos, vuelve a una práctica semejante. En apariencia, se trata de una nueva incursión en un género establecido, y no ajeno a intereses suyos anteriores, la novela policiaca, pero transformado por la libertad del autor para hacer con ese marco codificado lo que le viene en gana. Conviene advertirlo para que este uso no se confunda con ese rasgo de la postmodernidad consistente en la reutilización y parodia de géneros precedentes. Egido va por libre y manipula el relato criminal hasta desfigurarlo del todo porque le sirve bien como leve soporte de una indagación acerca de algunos oscuros mecanismos de la pasión.

De entrada, el autor destierra de El amor, la inocencia y otros excesos el suspense producido por el descubrimiento del criminal como eje de la acción. Algo animan la lectura las pistas que conducen al asesino, pero ello cuenta poco. Lo sustancial está en la rigurosa disposición de un esquema narrativo perspectivista que permita ahondar en las razones de un comportamiento extremado y verlo desde varios puntos de vista. La novela, en última instancia, consiste en la suma de diferentes enfoques de unos mismos hechos.

Se abre el libro con la voz de un narrador que aporta conjeturas sobre unos asesinatos cuya investigación ha sido cerrada por falta de pruebas. Sólo el sentimiento de fracaso, convertido en obsesión, lleva a un policía a vincular cuatro casos sin nexos evidentes. La perspectiva del propio policía –que aduce informes, noticias e hipótesis, y se permite apostillas cultas o irónicas– domina esta obertura que da paso a la narración del propio asesino. Los detalles de las muertes se van encadenando en una especie de recitativo entre frío, irónico y culto dirigido a una segunda persona gramatical, causante de las acciones y todavía no explícita. Este destinatario, una mujer, toma la palabra en la secuencia siguiente y con ello muestra dos personalidades, la suya propia y la del anterior narrador, el asesino. La novela se cierra en paralelo con la primera secuencia: narra el policía, dialoga con el criminal y se produce un inesperado desenlace.

Puesto que la novela tiene un fondo especulativo, dicha organización circular bien podría representar el incesante girar de la naturaleza humana en el circuito de las pasiones, de la culpa y de la transgresión. Pero no hay que extremar interpretaciones de dudoso simbolismo porque antes podemos quedarnos con un dramático, desgarrado, desnudo e intelectual debate sobre la sustancia del amor, definido como un «complejo sentimiento, compuesto de sexo y lucidez, de comprensión y deseo, de razonamiento e instinto». Una caracterización intemporal, pero, además, volcada en el marco contemporáneo de una tercera edad cada vez más dilatada y numerosa cuyas peculiaridades subraya el narrador: una precaridad humana grande, un vivo sentimiento de la soledad, un horizonte de placeres ignorados por la juventud y una plenitud amorosa desconocida por quienes disponen de la vida entera por delante para olvidar.

Aborda, pues, Egido, el impulso entreverado de egoísmo y afán justiciero, y oculto bajo un disfraz de nobles principios, latente en la sinrazón de amor y no una historia pasional común. Con ese objetivo despliega una fábula que, sin detrimento de los valores narrativos, se arriesga por los caminos de la reflexión. Ello da hondura al asunto y justifica el gran peso de la cultura en un relato que se permite no ya excursos especulativos muy típicos de la narración moderna, sino incluso la pura discursividad ensayística. Toda la historia está impregnada de influencias o referencias librescas y estas últimas constituyen el soporte de su parte más singular y arriesgada, el relato en boca de la mujer, montado como una interpretación de las relaciones entre Odette y Swann en la magna narración de Marcel Proust. La aludida independencia en el modo de fabular de Egido alcanza aquí una prueba irrebatible.

Ese discurso de la mujer tiene momentos que mal pueden representar con verosimilitud ni siquiera la capacidad interpretativa de un lector avisado e instruido. Hay párrafos de crítica literaria muy fundada y exigente, de pura y dura exégesis narrativa que emplea hasta sofisticados tecnicismos. De aquí que tengamos que adjudicar las sagaces reflexiones al propio autor y no al personaje. Se saltan de esta manera las fronteras del naturalismo expresivo sin que, como sería esperable, se produzca un fallo en la construcción del texto. He ahí la señal de una originalidad al margen de tópicos y también ajena a deliberaciones vanguardistas. Es el modo serio y diferente que tiene Egido de construir una indagación propia sobre los mecanismos de la pasión, tema recurrente en el conjunto de su obra: novedosa en sus planteamientos y feliz en sus resultados, además de ajena a los rumbos trillados del momento y a las demandas actuales del consumo literario.

01/03/2000

 
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