ARTÍCULO

El amigo Pepín

Residencia de Estudiantes / Fundació Caixa Catalunya
300 pp. 25 euros
 

Hay muchas y muy diferentes formas de no hacer nada, y a la que se ha entregado José Bello Lasierra durante sus casi ciento cuatro años de vida es tal vez la más fecunda y simpática de todas ellas: lo suyo ha sido ociosidad militante y activa, holganza feliz y creadora, inquietud cultural alérgica a cualquier erudición, tendencia a reflexionar sin angustia ni desasosiegos, pasión por recordar sin melancolías. Bello llegó a la Residencia de Estudiantes en 1915 y se encontró con lo mejor que podía ofrecer entonces una ciudad que no era especialmente próspera. El año anterior Ramón Gómez de la Serna había retratado para siempre El Rastro, con su triste miseria (que él supo tratar con lúdico desenfado). Un año antes, en 1913, José Gutiérrez Solana había entregado la «primera serie» del tosco Madrid, escenas y costumbres, a la que seguiría en 1918 la segunda. Galdós moriría en 1920, pero los desheredados a los que dedicó lo mejor de su descomunal talento seguían callejeando por una ciudad que ese mismo año Valle-Inclán iba retratando en España como «un Madrid absurdo, brillante y hambriento». Josep Pla, en 1921, también contempló y describió las chabolas, pero a la vez aseguraba haber conocido a «un empleado del Estado que un día puso en la puerta de su despacho oficial: Horas de oficina: de una a una y media», lo cual parece perfectamente verosímil en el Madrid de la época, que no escondía sus enormes contrastes sociales, que eran los de siempre y también los de ahora. La Residencia de Estudiantes quería ser otra cosa. Desde 1910 en la calle Fortuny y desde 1917 en «los Altos del Hipódromo»,Alberto Jiménez Fraud ­aconsejado por sus maestros institucionistas y con la complicidad, entre otros, de Juan Ramón Jiménez­ la había diseñado con comodidades pero sin lujos, pensada para una juventud que pudiese formar una generación intelectual que renovase el país. Bien conocido es todo lo que allí se hizo entre 1910 y 1936 (y lo que se ha hecho, de nuevo, desde 1986), pero también merecería la pena escribir la historia de lo que no se ha hecho, ya que la pereza y dispersión que la paz de la Residencia inspiran tradicionalmente en los que estamos predispuestos a ellas ha producido también grandes ideas, y entre ellas, seguramente, algunas de las que han convertido ese lugar en un sitio tan especial. Los nombres de Lorca, Dalí y Buñuel son inevitables cada vez que se habla de él, pero es que también son imprescindibles al hacer recuento de lo mejor que ha dado la cultura española del siglo XX . En 1922 ya estaban los tres en la Colina de los Chopos, y, siempre entre ellos, Pepín Bello. Para homenajearlo, la Residencia ha editado las actas del congreso que se celebró allí en 2004 para analizar algunos aspectos de la obra de sus tres geniales amigos. En ellas, tras una presentación de Christopher Maurer que quiere también actualizar el estado de la cuestión, se recogen trabajos brillantes de Agustín Sánchez Vidal (con nuevos datos sobre los desencuentros entre Buñuel y Dalí),Andrés Soria Olmedo (diseccionando la «Oda a Salvador Dalí») o Ricard Mas Peinado (analizando al detalle la gestación de El gran masturbador y todo lo que lo rodeó), junto a otros de Román Gubern (a vueltas sobre la autoría y fuentes de Un perro andaluz), Juan José Lahuerta (detectando apasionantes topoi científicos y filosóficos en las obras del pintor y el cineasta) y C. Brian Morris (el más insatisfactorio, que emparenta a Buñuel con Benjamin Péret y Buster Keaton). Pepín Bello es un personaje secundario en estas páginas, pero se alza como protagonista de la larga entrevista que le hicieron en diciembre de 2006 David Castillo y Marc Sardá, y que Anagrama se ha apresurado a publicar. Quienes estén familiarizados con la figura de Pepín gracias a las memorias de Buñuel, Alberti o Moreno Villa, el testimonio de Bergamín, el rigor de Sánchez Vidal o el ingenio de Enrique Vila-Matas, recordarán datos y anécdotas ya conocidos, pero aquí se llega más lejos, aunque no, por desgracia, todo cuanto era posible. El desorden de las preguntas queda más o menos justificado por las circunstancias de la entrevista (fueron «unos diez días»), pero se hace más difícil comprender el limitado interés que muestran por la vida de Bello desde el final de la Guerra Civil, época mucho menos conocida (y mucho más extensa). Los entrevistadores manejan alguna bibliografía sobre los años de la Residencia, pero no acaban de aprovechar las posibilidades de un conversador tan superdotado y dispuesto, que se muestra en todo momento con ganas de hablar, incluso de asuntos dolorosos o más o menos comprometidos. En ocasiones se equivoca (al decir, por ejemplo, que José María de Cossío ­otro formidable ocioso­ sólo tenía libros de autores españoles en su inmensa biblioteca [p. 166], o al creer que Leopoldo Panero murió en accidente de tráfico [p. 175]) y en otras, como todo buen conversador, exagera, pero muestra siempre una lucidez y una elocuencia que deberían haber sido mejor explotadas. Con todo, estos libros vienen a ampliar con calidad las reflexiones sobre una figura fascinante y una opción creadora que a la sensibilidad literaria posmoderna le cae muy bien: ese silencio tan locuaz, esa humildad tan tozuda, esa felicidad tan extraña que, por una parte, le ha hecho pasárselo en grande (aunque él protestó a menudo contra la fama de vividor que a veces le adjudicaban) y, por otra, no impidió que afirmara rotundamente que «preferiría no haber nacido» (p. 199).Ahora, tras su triste desaparición, Pepín Bello siempre seguirá siendo un amable misterio. Apenas hizo nada, pero nadie podrá decir que perdió el tiempo.

01/03/2008

 
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