ARTÍCULO

La república gramática

Destino, Barcelona .
489 págs. 2.900 ptas
 

A pesar de su carácter misceláneo, en apariencia irreductible a un solo hilo conductor, El alma y la vergüenza constituye en el fondo un largo ensayo sobre lo que podría llamarse la filosofía moral y política de la prosa. No se trata de un juicio de intenciones acerca de una obra heterogénea que, como esta y otras de R. Sánchez Ferlosio, puede suscitar en el lector el relativo desconcierto que provoca lo insólito, sino de subrayar el hecho sólo a medias visible de que la escritura y las ideas del autor, indisociables de algo semejante a una «teoría práctica» de la prosa, van a dar de manera consecuente en la forma ideológica del ensayo. Es inusual entre nosotros que un escritor –de quien por lo demás los críticos-dómine casi han dejado de esperar obras «de inventiva»– se esfuerce por hacer del género ensayístico, sin concesiones bastardas o móviles prebendarios, ese difícil híbrido que requiere la tensión y el rigor de una colaboración más o menos pacífica entre littérateur y philosophe. A su modo, El testimonio de Yarfoz (1986) no deja de ser tanto un artefacto novelesco que da muestras de una deslumbrante destreza narrativa fundada en el vigor épico y la ductilidad del estilo, cuanto un ensayo singular de paleografía literaria que analiza, paródica pero respetuosamente, la severidad y la excelencia de una prosa de arte cronística repleta de las posibilidades expresivas de que proveían los viejos subgéneros retóricos. Esta doble faceta de Ferlosio, novelesca al tiempo que ensayística, demostrada de nuevo por las brillantes tentativas de un libro como Vendrán más años malos (1993), continúa pareciendo rara o extraña a quienes se consideran deudos de una tradición que, en virtud de nuestra peculiar división estamental y administrativa del trabajo, propende a dejar en manos de funcionarios expertos o de periodistas probadamente leídos las tareas del pensamiento, mientras confía el resto, que es literatura, al esmero de quienes dicen dedicarse en exclusiva y con denuedo a las bellas letras.

Desde el título del ensayo inicial que da nombre al conjunto, El alma y la vergüenza indica explícitamente el dualismo de la concepción de la prosa que, a mi entender, encierra la obra de Ferlosio. El alma no es aquí una cosa intangible, confinada en el reducto íntimo e insular de lo espiritual, sino el cuerpo místico, vocacionalmente sociable, en torno del que giran las expresiones también corporativas de lo moral y lo político. La vergüenza es, como el rubor irreprimible de un rostro, espejo del alma no sólo por denunciar un estado subjetivo eventualmente pasional, sino también y sobre todo porque evidencia un ánimo moral ligado de raíz a la socialidad que promueve tal sentimiento. La lucidez con que examina Ferlosio formas del alma tan tenazmente evadidas o disimuladas como la vergüenza, la violencia, la culpa, el arrepentimiento o el remordimiento responde a un interés por explorar las fuentes de la discordancia entre moral y política. La abyección política de la moral y el envilecimiento moral de la política, el posible apareamiento teratológico de ambas en el derecho, la promoción social de la estupidez y la irresponsabilidad son ocasión de un tratamiento ensayístico que se sirve de los diversos registros de una prosa incisiva y dilatada, irónica y circunspecta, concertada por un despliegue digresivo que amalgama acordemente argumentación y narración. El estilo de Ferlosio, fraguado en los moldes maleables de la novela y el ensayo, nace de una conciencia crítica cuyo lenguaje delata las variedades de la escisión entre un pasado atávico y una actualidad que se piensa progresiva, entre la comedia del destino y la tragedia del carácter (benjaminiano modo), entre lo privado y lo público, el burgués y el ciudadano... En un sentido históricamente estricto, el ensayo es, junto con la novela, la configuración literaria de una doble conciencia que no logra mistificar o sublimar del todo las contradicciones que halla en sí y ante sí, que se revuelve contra las coacciones reales e imaginarias impuestas por la policía moral o política que la vigila desde dentro y desde fuera. Inseparable de esa conciencia, la retórica de Ferlosio es de suyo prosística en la misma medida en que es, por así decir, republicana, pues a estos efectos el arte de la prosa no es menos una virtualidad de cierto orden gramatical que una manifestación esquemática de cierto orden público.

Antes que en la agudeza crítica de sus observaciones o en la congruencia envolvente de sus argumentos, el mayor mérito de la prosa republicana de Ferlosio consiste en el análisis de valores morales y políticos troquelados por las formas históricas de la lengua. De ahí su pasión gramatical por estudiar y remedar la plétora estilística de la prosa castellana de los siglos XV, XVI y XVII, en la que el idioma exhibe una especial aptitud para la hipotaxis o subordinación sintáctica. Las frases «de largo aliento» que prodigan las penúltimas obras conocidas de Ferlosio remiten, como él mismo ha declarado en alguna ocasión, a la multiformidad retórica y funcional de una prosa administrativa que incluía polifónicamente relaciones, dictámenes, informes, testimonios, alegatos, etc. Es en esta mixtura de géneros y fórmulas refundibles en las construcciones de una sintaxis ramificada y florida donde cabe detectar una articulación de lo moral, lo social, lo jurídico y lo político cuyas funciones jerárquicas, dispositivas y subordinantes serían solidarias de los procedimientos literarios que las expresan y estatuyen. Ya se trate de meticulosos ensayos lingüísticos que nuestros preclaros académicos tal vez reputarán de advenedizos (véase, por ejemplo, «El castellano y la Constitución»), o ya de artículos periodísticos de varia lección sobre asuntos cotidianos e inmediatos, la escritura de Ferlosio entraña una arqueología literaria en la que la devoción por «la prosa de Estado» propia de una modernidad española que se quedó en incipiente deja entrever lo que podría haber sido una República de las letras que cabalmente no hemos llegado a conocer.

ecía Max Jacob que es en la sintaxis donde se revela el individuo. Lo mejor del último Ferlosio se encuentra en una prosa de arte cuya orquestación sintáctica contiene, más allá de su virtuosismo formal, una crítica de la tarea literaria en la que la subordinación siempre conflictiva de un estilo a una gramática corresponde a la contradicción –típicamente republicana– entre la sujeción a lo moral y la dependencia de lo político. La maestría de tal prosa radica así en una «ordenada subversión», en una precisión y una abundancia que en la actualidad suelen resultar extemporáneas y excesivas, pues están lejos los tiempos en los que el talento de un escritor se podía cifrar en una sola página y aun en una sola frase (recuerdo, por ejemplo, aquella coda rotunda e imprevisible que cierra unas líneas muy de Ferlosio referidas a la ferocidad de algunos conquistadores de las Yndias: «y otra mucha alimaña de la misma mortífera camada»). Los usos cada vez más indigentes de una prosa que se da por literaria se han ido convirtiendo en una necesidad cuyas supuestas virtudes tienden a eximir de la mera ineptitud en el oficio. De una prosa castiza que, proclive a impostaciones populares, ha sido a menudo tributaria de una «tradición moderna» demasiado citerior, mediocre y renqueante, se pasa fácilmente a esas maneras que Juan Benet calificó de tabernarias en La inspiración y el estilo. Hay sin duda excepciones que, sin embargo (¡oh, sin embargo!), no confirman norma alguna, porque una tradición que se pretenda hecha de excepciones es un oxímoron. Digamos entonces que la obra de Ferlosio participa de este sesgo anómalo y paradójico de la literatura española, y que una prosa decente, susceptible de vergüenza, tendrá que inclinarse forzosamente hacia el exceso.

01/04/2000

 
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