ARTÍCULO

¿Le gusta a usted el morbo?

Alfaguara, Madrid, 241 págs.
 

Uno de los rasgos más característicos y superficiales de la posmodernidad consiste en retomar asuntos y motivos ya tratados y revestirlos con otros ropajes argumentales o estéticos para simular una pretendida originalidad que aporte novedad, aunque rancia y efímera, a la literatura y al arte de nuestros días. Se trata, sin, duda de una actitud que ya se prolonga demasiado y de una situación en la que el «todo vale», siempre que se traduzca en productos correctos, sigue contribuyendo al beneficio del mercado.

Luis G. Martín recibió en 1990 el apoyo de la crítica por su libro de relatos Los oscuros, y ahora, después de dos novelas, vuelve al género que le dio prestigio con El alma del erizo, un libro que recoge ocho cuentos y una novela corta de terror y misterio, configurados al más puro sentido posmoderno por las referencias y recreaciones culturales, la imitación manierista de géneros narrativos y la fundamentación de las tramas en ingredientes y elementos provocadores, exagerados y tremendistas.

El autor recurre, por tanto, a motivos y personajes míticos o literarios para modelar unos contextos actuales o históricos y unos mundos atenazados por las obsesiones, las casualidades, las frustraciones o las venganzas, que emulen a los modelos originales. De esta forma, en un cuento recrea la historia bíblica de Pedro el pescador, que sólo perdona setenta veces siete, según el mandato evangélico, las infamias sufridas; en otro, la figura inocente del «buen salvaje» calderoniano o rousseauniano que, encerrado en una torre desde su nacimiento por una disputa sobre la belleza, acaba asesinado; en otro, el mito de Frankenstein a través de un hombre que se convierte en otro, en otro ser físico y moral, para enamorar a su amado; en otro, la venganza del conde Montecristo encarnada en el odio de un joven que vive para vengar la muerte de su padre; en la novela corta, en fin, revive la obsesión de Madame Bovary en la degradación de una mujer después de abandonar a su amado.

Estas narraciones, sin embargo, carecen de la fuerza viva de sus antecedentes, ya que están concebidas con propósitos inalterables y cortadas por el mismo patrón, por lo que no recogen el sentido prístino de sus modelos, sino que persiguen convertir lo ya transitado en novedoso: por un lado, imitando a los géneros de misterio y terror, con el fin de provocar en el lector una estupefacción gratuita mediante situaciones morbosas y elementos tremendistas que empiezan y acaban en sí mismos; y, por otro, organizando los textos en una estructura que desarrolla una anécdota cotidiana con el estallido de un final que, lejos de ser sorpresivo, resulta previsible.

Véanse en cada caso, por ejemplo, la perversidad del titulado «Bertrand Romaild» y su explicación innecesaria en el desenlace; el determinismo folletinesco de «El álbum de fotografías» y su final determinado por las casualidades; la atmósfera morbosa de la pedofilia en «Los amores del rey Baltasar» y su espiral obsesiva hasta la solución prevista; el submundo irrespirable de «La muerte del general» y su desenlace igualmente previsible; o la extrema degeneración humana en la novela «Toda una vida», que concluye igualmente con una explicación argumental innecesaria. Sobra decir que los cuatro cuentos restantes recurren a golpes semejantes de tremendismo –en «Las obras de arte» se cuenta otra degradación de una mujer– y a soluciones violentas que el lector adivina de antemano.

Y todo esto sucede porque los textos de este libro dan prioridad a los argumentos, a las peripecias desmesuradas y a los impactos efectistas, a historias melodramáticas, folletinescas y explícitas que no requieren la complicidad y la implicación del lector; es decir, a ingredientes y formas de fácil digestión, en lugar de ofrecer, como ha de hacer siempre un buen cuento o una buena novela corta, la intensidad y la condensación argumentales fundamentadas en la sugerencia y el efecto sorprendente basado en la diferencia estética, y no en el fogonazo de la morbosidad que se apaga al punto de ser leído.

Difícil es entonces encontrar sentido a estas piezas, a no ser la insistencia en seguir una moda ya añeja. Cuando los románticos de antaño llevaban su mundo y sus personajes –antecedentes claros de los de Martín– a los límites de la realidad y la imaginación, al trasmundo entre lo visible y lo invisible, su sentido era una cuestión de coherencia y derivaba de una actitud personal por reflejar el hastío y la disidencia frente a los moldes de una sociedad que no compartían. En El alma del erizo, por el contrario, no se percibe la disidencia ni la rebeldía frente a la realidad, sino la continuidad mimética de contenidos y formas y, lo que es peor, el puro regodeo en la provocación. En consecuencia, conviene concluir con algo que también puede decirse de otras obras actuales, a saber, que las nueve narraciones responden a lo que exige el mercado y a lo que demanda y espera un gran número de lectores de nuestros días: un tipo de obra acorde con una escritura correcta, fluida y sin complejidades, y no en menor medida, unos argumentos y unas formas narrativas orientados al entretenimiento en los que brilla más el ingenio que el genio. Ambas condiciones favorecen, sin duda, una lectura rápida y cómoda, pero también, por desgracia, un rápido olvido.

01/09/2002

 
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